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05 de Mar de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Guardaparques nacionales

Una vez que visitaba el hermoso bosque que rodea el lago La Yeguada, encontré a la entrada en una pequeña cabaña a un hombre, bastante m...

Una vez que visitaba el hermoso bosque que rodea el lago La Yeguada, encontré a la entrada en una pequeña cabaña a un hombre, bastante mayor de edad, quien me dijo que era el guardaparque. Su identificación me sirvió para hacerle varias preguntas relacionadas con el lugar y sobre la población de peces que existía bajo las aguas del enorme estanque. De toda esa información, lo más impactante fue saber que tenía allí casi 40 años de labor.

Dedicarse a proteger un patrimonio natural que pertenece al país durante tanto tiempo, debe darle a quien lo ejercite, un conjunto de cualidades, satisfacciones, méritos; además, el conocimiento detallado de la flora y fauna en esos ámbitos de conservación.

Este valeroso señor, poseía completos valores profesionales, pero existía un aspecto que no le daba motivo para estar satisfecho. Pronto se habría de jubilar y su pensión no reflejaría para nada los años de trabajo. Había invertido esfuerzos en una cuidadosa atención al público visitante, en la conservación del bosque y el resto de los recursos de los alrededores y en los cotidianos recorridos diurnos y nocturnos, como parte de sus delicadas tareas.

En Panamá se presenta una extraña paradoja; mientras que aumenta la cantidad de áreas protegidas y porcentaje del territorio en estas condiciones, la cifra de los guardaparques y guardabosques disminuye en relación al perímetro por resguardar. Es innecesario calcular sobre dichos indicadores para saber que cada vez es más difícil y complejo recorrer semejante terreno para prevenir y enfrentar amenazas a su ecosistema.

El papel de los guardaparques es sumamente importante para proteger a cada una de las especies que abundan o tienen cabida en estos sitios.

La responsable de una ciénaga en Azuero me explicó sobre cómo los gavilanes caracoleros migrantes traían bajo sus patas los gérmenes de esos crustáceos para depositarlos en el manglar. A otro le escuché en el Parque Internacional La Amistad, sobre los felinos y aquel dicharachero que me habló de una extraña ave única en Coiba.

Hace poco y por primera vez, la Autoridad Nacional del Ambiente hizo una convocatoria para nuevas posiciones de guardaparques. Hubo casi 300 solicitudes y se escogía tan solo una veintena. Estos nuevos profesionales iniciaron un diplomado que ha durado casi cuatro meses de actividades docentes y que les brinda un amplio panorama teórico-práctico de las labores que deben cumplir desde este momento.

El grupo tuvo varias sesiones en aula y después hizo un periodo práctico en la isla Barro Colorado, donde se aprendió primeros auxilios y experimentaron salir al encuentro de la naturaleza. Luego, en el Centro de Desarrollo Sostenible Ambiental en Río Hato, ellos escucharon sobre aspectos sociales y científicos y durante esta semana acampan en el Parque Nacional El Copé en Coclé con expertos de la Universidad de Colorado.

Esta preparación inicial ha sido posible gracias al apoyo de varias instituciones y empresas, que se sumaron a la iniciativa y apuestan a elevar las competencias generacionales con mayor conocimiento inicial, con nuevas perspectivas y la seguridad económica que no han tenido sus antecesores. El tema obliga a un replanteamiento del costo-beneficio que implica tal trabajo complejo e importante para el país.

En efecto, una de las lecciones que se extrae de la preparación de los nuevos guardaparques para fortalecer el equipo laboral en las áreas protegidas, es tomar el modelo del denodado y ejemplar esfuerzo de quienes, como el hombre que dedicó cuatro décadas a enriquecer la biodiversidad en un escenario de belleza indescriptible para fortalecer a la generación de recambio, pero reconocer materialmente aquella inspiración y trabajo.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.