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05 de Dec de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

¿Por qué se invade a Panamá en 1989?

¿Cómo entender la invasión a Panamá de 1989? Las versiones son diversas. Se dice que la invasión perseguía combatir el tráfico de drogas...

¿Cómo entender la invasión a Panamá de 1989? Las versiones son diversas. Se dice que la invasión perseguía combatir el tráfico de drogas y el lavado de dinero. Que había que derrocar al general Noriega, considerado un ‘narcodictador’, e implementar la democracia y la autoridad civil. Esta es la interpretación norteamericana, y del gobierno que encabezó ADO-Civilista después del genocidio.

La Casa Blanca justificó la acción armada diciendo que la misma era ‘destinada a proteger la vida de los norteamericanos; restaurar el proceso democrático; preservar la integridad del tratado del Canal de Panamá y arrestar al general Noriega’.

Otra de las corrientes sostiene que EE. UU invadió con el propósito de mantener y proteger sus intereses estratégicos en Panamá, asegurando el control del Canal de Panamá más allá del año 2000. Para esto se requería imponer un gobierno dócil y pronorteamericano que aceptara e impulsara el objetivo del imperio. Ello incluía, acabar con el último reducto del torrijismo y, en consecuencia, con el ‘proyecto nacionalista continuado por el general Noriega’.

Ambas explicaciones desconocen la incidencia del elemento esencialmente estratégico de la política norteamericana. Desde mediado de 1987, el militarismo panameño se presenta como obstáculo para la política neoconservadora que postula el recobro del hegemonismo estadounidense en el Tercer Mundo y en particular en América Latina. Los militares habían, desde la crisis de 1987, agotado su potencial de mando ante el fortalecimiento del ideario civilista que postula la ‘democracia con militares profesionales, obedientes y apolíticos’.

Los neoconservadores norteamericanos, con tres periodos continuos en el poder del Estado, habían decidido desde 1985 apartar de su camino a las ‘dictaduras autoritarias’. La política hegemónica instaurada conlleva a EE. UU. a reformular los términos de su política para la región. Esto ocurre con Panamá, sin que el desenlace del conflicto tuviese que ver necesariamente con el nacionalismo de los militares que decían bregar en contra de las pretensiones de EE. UU. de reformular los términos de su presencia militar.

La invasión no es ajena, entonces, a la transición de la política norteamericana. EE. UU. buscaba, desde el ascenso de Reagan en 1981, superar la debilidad de su política exterior, observable con el ascenso, entre 1974 y 1981, de catorce países con gobiernos no alineados, como es el caso de Nicaragua, Mozambique, Zimbabwe, Angola, Granada, Irán, Afganistán, Vietnam, Cambodia, Guinea-Bissau, Tome, Cabo Verde y Etiopía.

La evolución de los acontecimientos, en el caso de Panamá, llevó a los norteamericanos a plantearse la destrucción de las Fuerzas de Defensa. El objetivo de acabar con las FF.DD. se manifiesta en el Documento Santa Fe 2, en el que señala textualmente, ya desde 1988, lo siguiente: ‘La expulsión de Noriega y la celebración de elecciones no serán suficientes para instaurar un régimen democrático en Panamá. Estados Unidos tendrá que centrar su atención en la gran variedad de asuntos del régimen democrático: la reforma de las FDP...’.

Los militares dispuestos a mantener el poder (Noriega había prometido retirarse antes del proceso electoral de mayo del 89) reaccionan con enérgicos discursos contra EE. UU. en momentos en que el imperio, por lo explicado arriba, buscaba su consolidación como potencia mundial hegemónica en nuevo marco de fuerzas internacionales con la URSS. La invasión sería una ‘medida ejemplar’. Y con ella la historia nos enseñaría que para Panamá el imperialismo mantiene el viejo esquema, que se creyó superado, de la subordinación a costa de lo que sea.

DIRECTOR DEL IDEN.