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12 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Diplomacia airada

En el curso de una intervención cargada de nacionalismo, el presidente Nicolás Maduro de Venezuela endilgó duros epítetos al gobierno de...

En el curso de una intervención cargada de nacionalismo, el presidente Nicolás Maduro de Venezuela endilgó duros epítetos al gobierno de Panamá, al que consideró lacayo del imperialismo y favorecedor de la intervención de fuerzas extranjeras. Esta descalificación fue sucedida en minutos por la suspensión de las relaciones políticas, diplomáticas y comerciales con nuestro país.

La reacción de Maduro a la solicitud de Panamá para que se reuniese el Consejo Permanente, con el propósito de considerar la situación de Venezuela y posiblemente convocar a los cancilleres de los Estados miembros, ha sido un acto desmesurado, desproporcionado y apresurado. Ello es así porque en situaciones menos delicadas que la que actualmente afecta al hermano pueblo venezolano, las diferencias de criterios no han dado lugar a rupturas como la que se acaba de producir por parte de Venezuela. En la Carta Orgánica de la OEA y en la Carta Democrática, están previstos los mecanismos para reunir a los diferentes consejos de dicha entidad y los problemas de un Estado que afecten libertades fundamentales son susceptibles de discutirse en la organización hemisférica, en la cual, salvo la expulsión de Cuba en 1962, ya no se producen condenas, sino resoluciones que favorecen la paz y el respeto de los derechos humanos.

De la OEA lo que puede aprobarse por consenso o por votación, siendo el primer camino el usual, tendrá un contenido meramente conciliador, en el sentido de que los venezolanos discutan sus controversias y procuren resolverlas mediante el diálogo.

Puedo estar equivocado, pero considero que la decisión del gobernante venezolano no se fundamenta solo en la solicitud presentada en solitario por Panamá, sino en motivos que trascienden la razón públicamente invocada por Maduro.

Desde hace varios años, concretamente entre 2004 y 2009, en que me correspondió actuar como embajador de Panamá ante el Consejo Permanente de la OEA y así ha continuado después, el gobierno venezolano, entonces presidido por el comandante Hugo Chávez Frías, asumió una actitud crítica hacia el organismo regional, especialmente por dos motivos: el primero, la influencia que ellos atribuían a Estados Unidos por ser la potencia que pagaba anualidades más altas y que en consecuencia ello le autorizaba a ejercer presión sobre los otros Estados miembros. La realidad fáctica es que, desde hace al menos una década, los países del hemisferio americano actúan de manera independiente en el seno de la OEA y de esta conducta soberana hay múltiples ejemplos. El segundo motivo se relaciona con el artículo 3 de la Carta Orgánica de la OEA, cuyo acápite e), señala que ‘Todo Estado tiene derecho a elegir, sin injerencias externas, su sistema político, económico y social, y a organizarse en la forma que más le convoca, y tiene el deber de no intervenir en los asuntos de otro Estado. Con sujeción a lo arriba dispuesto, los Estados americanos cooperarán ampliamente entre sí y con independencia de la naturaleza de sus sistemas políticos, económicos y sociales’.

Venezuela, como es sabido, adoptó el sistema político socialista, pero no dentro de la ideología del socialismo democrático que observamos en países como Francia, Suecia y otros países europeos y americanos, es decir un socialismo ‘light’, sino un socialismo con elecciones, cercano al cubano, que se inspira en el marxismo leninismo y en el materialismo histórico y dialéctico, en otras palabras socialismo ‘duro’. Esto ha llevado a su gobierno, tanto en el del desaparecido presidente Chávez como en el actual de Maduro, a considerar que cualquier opinión emanada desde fuera, aunque sea bien intencionada, al igual que las decisiones de tribunales internacionales como la Corte Internacional de Derechos Humanos, constituyen interferencias e intervenciones en contra de Venezuela. Han creado al interno de este país la sensación de que todo el que contradice los postulados del régimen no es un adversario político, sino un enemigo que quiere desestabilizar, dar un golpe de Estado, invocar el apoyo a una agresión armada procedente del extranjero. Esto ha llevado al gobierno venezolano a rechazar la aplicación en su país de las decisiones de la Corte Internacional de Derechos Humanos con sede en Costa Rica y que es un tribunal independiente elegido por los cancilleres en las Asambleas Generales de la OEA. Más aún, han extrapolado esta actitud a cualquier sugerencia que invoque el diálogo para alcanzar la paz interna y aún la positiva declaración del presidente Santos de Colombia en el sentido de que ojalá las partes contendientes conversen entre sí, motivó las iras del presidente Maduro. Donde Venezuela se siente más cómodo es en la CELAC o en Mercosur o en Unasur, porque como allí no participa Estados Unidos, no entra en discusiones con quien, según el criterio de Maduro, es capaz de intervenir con sus fuerzas extranjeras en territorio venezolano.

Como consecuencia de todo lo anterior, no es de extrañar que la enorme susceptibilidad del presidente Maduro lo haya llevado a insultar airadamente y sin razón al presidente de Panamá, así como a suspender las relaciones con Panamá, lo cual tendrá consecuencias económicas para empresas panameñas, con el argumento, carente de sustentación, de que cualquier planteamiento que se haga desde una entidad internacional o de otros gobiernos en el sentido de que se logre la normalidad y la pacífica convivencia entre los venezolanos, independientemente de sus ideas políticas, sea considerado como un acto de intervención en sus asuntos internos. Si cada país solo se rigiese por sus normas internas y no por el derecho internacional, no existirían ni la ONU, ni la Unión Europea ni la OEA ni jamás se habrían aliado varios Estados para luchar contra los horrores del nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial.

EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.