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Ante la crisis del sistema interamericano, volvamos nuestra mirada a Bolivar
- 20/06/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Nos hemos congregado aquí, en este augusto recinto, para conmemorar el CXC aniversario del natalicio del Libertador y al hacer el uso de la palabra, mis primeros pensamientos me transportan trece años atrás, cuando desde esta misma tribuna me correspondió, al igual que hoy, el alto honor de poderme dirigir a los distinguidos miembros de la Sociedad Bolivariana, con motivo de cumplirse el CXXXIV aniversario del Congreso Anfictiónico de Panamá, cuna del panamericanismo y las organizaciones interestatales destinadas a mantener la paz y la seguridad internacional.
Recuerdo que, en esa oportunidad, ante la manifiesta incapacidad de nuestra máxima entidad regional para impedir que el más poderoso de sus miembros hiciera del panamericanismo una institución de efectos unilaterales, inquieto y angustiado preguntaba donde estaba la Organización de los Estados Americanos (OEA), al igual que los ideales de la solidaridad panamericana. Y es que siendo la función principal de la OEA la de afianzar la paz y la seguridad del continente, en las cinco ocasiones que había actuado desde 1955 hasta ese entonces para lograr la solución pacífica de las controversias y diferencias surgidas entre sus Estados miembros, en ninguna de ellas había sido una de las partes en conflicto los Estados Unidos de Norteamérica. En efecto, en 1955 la OEA se anotó un ruidoso triunfo en su labor pacifista en una disputa entre Costa Rica y Nicaragua. En 1957 volvió a repetir la hazaña en otra entre Honduras y Nicaragua. Y cuando en 1959 Nicaragua y la República Dominicana protestaron por la invasión de sus respectivos territorios por elementos extranjeros, la acción de la OEA no se hizo esperar. Pero cuando el 3 y 28 de noviembre de 1959 más de 70 istmeños fueron víctimas del ejército norteamericano, al pretender impedir a patriotas panameños llevar en forma pacífica y ordenada nuestro Pabellón a la Zona del Canal, como reafirmación simbólica de nuestros derechos soberanos sobre esa faja de tierra; y cuando en esos gloriosos días de las reivindicaciones nacionales, aeronaves de los Estados Unidos en ostentoso alarde de fuerza y poderío violaron nuestro espacio atmosférico, la acción de la OEA no se hizo sentir.
Recuerdo, además, que en aquella ocasión manifesté que yo no era enemigo del panamericanismo, ya que era innegable que el panamericanismo había servido y seguiría sirviendo a la América Iberoamericana y a la América Hispana. El panamericanismo debe ser una sociedad entre iguales, donde el principio de la igualdad soberana de sus miembros sea real y efectivo, donde se cumplan de buena fe las obligaciones contraídas, donde la solución de los problemas políticos y jurídicos que se suscitan tenga de base la justicia y la equidad, y donde la cooperación económica sea sincera y no un instrumento de expansión comercial o industrial. Ahora bien, desde entonces para acá ¿han cambiado las cosas? Veamos:
En virtud de una decisión tomada en la Segunda Conferencia Interamericana Extraordinaria (Río de Janeiro, 1965), una comisión especial, compuesta por representantes designados por cada uno de los Estados miembros de la OEA, se reunió en esta ciudad de Panamá, del 25 de febrero al 1º de abril de 1968, y aprobó un anteproyecto de reformas a la Carta de Bogotá. Luego, en la Tercera Conferencia Interamericana Extraordinaria (Buenos Aires, 1967), se aprobó un “Protocolo de Buenos Aires”, el cual entró en vigencia el 27 de febrero de 1970, o sea, hace apenas tres años y casi cinco meses.
El Protocolo de Buenas Aires, sin embargo, contrario a lo que pudieron pensar en un principio sus redactores, no ha servido desafortunadamente, para imprimir un nuevo dinamismo al sistema interamericano ni para promover el desarrollo económico, social, y cultural del continente ni para acelerar el proceso de integración económica. Es más, ni siquiera se han alcanzado con dicho instrumento aquellas condiciones generales de bienestar que puedan asegurar a nuestros pueblos una vida digna y libre, como se pretendió, con exceso de optimismo, en la capital bonaerense.
Ante esta cruda y triste realidad, a la Tercera Asamblea de la OEA (Washington, 1973) no quedó otra alternativa que adoptar una resolución, en su sesión celebrada el 15 de abril creando una nueva comisión especial, compuesta también por representantes designados por cada uno de los Estados miembros, encargada de estudiar una vez más el sistema interamericano y de proponer medidas para la restructuración. La comisión especial deliberó en Lima, Perú, del 20 de junio al 14 de julio, y de acuerdo con el texto de la resolución que la creó debe someter a los Estados miembros un informe general, a más tardar el 30 de noviembre próximo.
Pecaría de ingenuo si pretendiera atribuir a una sola causa todos lo males que padece el sistema interamericano. Pero lo que sí me atrevo a afirmar, sin temor a equívocos, es que causa relevante de dichos males la encontramos en la superficialidad de la cual podemos nosotros los hispanoamericanos hacer gala, que como bien expresó en este mismo salón don José María Velasco Ibarra, en ese entonces Presidente de Ecuador, “nos contentamos en ciertas fechas con elogiar a Bolívar y aplaudir su obra, pero no queremos penetrar a fondo en lo que nosotros los latinoamericanos significamos y en lo que debería significar también el Panamericanismo moderno, y al hacerlo trataríamos de poner en alto nuestras capacidades, nuestras virtualidades de hispanoamericanos, de latinoamericanos y preguntaríamos si la América Hispana, si Hispanoamérica ha cumplido en parte siquiera el papel histórico que debió desempeñar en el mundo y para el cual trató de formarla Bolívar y para el cual se convocó el Congreso de Panamá.”
Y por no haber querido precisamente, penetrar a fondo en lo que significa la obra del Libertador; por no haber querido comprender los motivos que el tuvo para tratar de reunir en nuestro istmo un congreso hispanoamericano, fue por lo que entramos en el llamado panamericanismo moderno sin estar preparados para ello, sin fortalecer previamente nuestros vínculos, sin que supiéramos cuales eran nuestros objetivos comunes, sin que la América del Sur pudiera hablar de igual a igual con la América del Norte. Y es que permitimos y aceptamos que los Estados Unidos de Norteamérica impulsaran ese llamado panamericanismo moderno cuando se encontraban fuertemente unidos – de la confederación habían pasado a la federación y la guerra de secesión pertenecía al pasado – sin detenernos a considerar que la situación de la América Latina era distinta. No había unidad, no existía conciencia de que la solidaridad hispanoamericana e iberoamericana eran fundamentales si queríamos cumplir, sin humillaciones, nuestro destino histórico.
Resultado de lo antes expuesto fue un panamericanismo de efectos unilaterales, que ha impedido el surgimiento de una autentica, real y verdadera solidaridad no tanto por el hecho de ser los Estados Unidos un país altamente industrializado y poseedor, además, de un intenso poderío político, militar y económico. Tampoco por ser y haber sido meta de los hombres de Estado de Norteamérica, mejorar cada día el nivel de vida de su pueblo, al igual que la posición que este ocupa en la comunidad de naciones; pues soy el primero en reconocer que tal meta no puede ser ni objetada ni impugnada, si se tiene presente que el fin social que persigue todo Estado es el de alcanzar su engrandecimiento espiritual y material. Pero si en el logro de ese objetivo, muy legítimo, por cierto, un Estado echa mano de su gigantesca y extraordinaria fuerza para desconocer, lesionar y vulnerar el derecho que tienen todos los demás Estados a conseguir un fin social igual, tal meta deja entonces de ser legítima para convertirse y degenerar en vil y repugnante instrumento de dominación política y económica.
Esto último, desgraciadamente, es lo que ha sucedido con los Estados Unidos de América en sus relaciones con la América Latina, a pesar de las muchas declaraciones de solidaridad, carentes de contenido, hechas tanto dentro como fuera de la OEA. Tales relaciones no son ni han podido ser de solidaridad, por cuanto los Estados Unidos no se han contentado con hacer valer intereses irrelevantes, entendiéndose por tales aquellos que pueden ser actuados sin sacrificar los intereses del resto del continente. Muchos de los intereses que los Estados Unidos han hecho y hacen valer pueden, por el contrario, ser solamente actuados, sacrificando los intereses de nuestros pueblos, dando lugar consiguientemente a situaciones de conflicto. Para ilustrar lo anterior, basta mirar a nuestro alrededor, a la patria que nos rodea, la cual a pesar de su pequeñez, ha tenido que sacrificar su jurisdicción sobre una parte de su territorio y ha tenido que sacrificar también la explotación de su principal recurso natural, o sea, su posición geográfica, porque así lo han exigido e impuesto intereses esenciales de una de las dos más grandes potencias actualmente existentes, sin que se le reconozca siquiera la compensación justa a la cual tiene fundado derecho.
La acción colectiva y efectivamente solidaria de los Estados de la América Latina, o, por lo menos, de los hispanoamericanos, habría podido atenuar la actuación de intereses norteamericanos en perjuicio de los de nuestros pueblos y evitar, al mismo tiempo que hubiésemos caído en esa relación de dependencia y de subordinación en la que la mayoría de las veces, por no decir todas, nos hemos encontrado. No por otra cosa, señores, fue el Libertador desde Lima, como Jefe de Estado del Perú, que envió el 7 de diciembre de 1824 una circular a gobiernos en su totalidad hispanoamericanos, invitándolos a acudir al Congreso Anfictiónico de Panamá, el cual se celebró año y medio después. Y es que el Libertador siempre pensó en un congreso hispanoamericano y no en un congreso continental, ni siquiera iberoamericano. Pensó, repito, en Hispanoamérica, en la unión de las repúblicas americanas, antes colonias españolas para que la confederación de esos pueblos que luchaban contra España no solo pensara en las decisiones políticas del mundo, sino que pudiera defenderse de la santa alianza, dispuesta siempre a imponernos sus instituciones monárquicas y sirviera de contrapeso a los Estados Unidos de América y al imperio del Brasil, cuyo poder político, origen y vínculos de parentesco amenazaban, en ese entonces, nuestra existencia, al estar en contacto con nosotros por casi toda la Cordillera de los Andes. La unión de las repúblicas hispanoamericanas era, por consiguiente, un imperativo necesario para que pudiéramos cumplir con nuestro propio destino, sin sufrir afrentas que dejaran en nuestro espíritu desconsuelo y amargura. Era, pues, menester, unir a la América española y por ello se convocó al Congreso Anfictiónico de Panamá.
Pero la unión de la América española, como la que pretendió el Libertador no se ha producido. Con todo ello, actuaciones de ciertos hombres públicos parecen demostrar que algunos de nuestros gobiernos están adquiriendo conciencia de los beneficios de la solidaridad. En efecto, en las recientes sesiones que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tuvo en esta ciudad, la solidaridad y gallardía que en todo momento pusieron de manifiesto los representantes de los Estados hispanoamericanos que asistieron, fue algo que conmovía y emocionaba; sobre todo a los que nos habíamos cansado de verlos litigar entre ellos por cuestiones de escasa o relativa importancia, y doblegarse sumisos ante el querer y la voluntad del Departamento de Estado.
Además de lo anterior, voces de aliento y de estímulo nos han llegado de Lima al expresar recientemente Perú, por boca de su ministro de Relaciones Exteriores, Miguel Ángel de la Flor Valle, que el “reto histórico de la hora consiste en que de nada valen las relaciones jurídicas – institucionales, si ellas no están acompañadas de una autentica voluntad de justicia en las relaciones de absoluto respeto a los gobiernos, y sobre todo, si no conducen a una profunda modificación en las relaciones económicas que son el verdadero termómetro de las relaciones entre los países¨.
Señores:
No seamos pesimistas. Tengamos fe en el resultado de los trabajos de la comisión especial designada por la Asamblea General de la OEA, en su tercer período de sesiones. Pero nuestro optimismo no debe llevarnos a tratar de engañarnos a nosotros mismos, por cuanto la crisis por la que atraviesa el sistema interamericano no es tanto de estructuras como de hombres y, por tanto, de pueblos. En otras palabras, reconozco que toda entidad necesita de una organización y de una ordenación que le permitan y faciliten el cumplimiento de los fines que se ha impuesto. Pero, por buena que sea la estructura, si no existe en nosotros la voluntad y el deseo de ajustar nuestra conducta a los propósitos y principios que decimos profesar, de poco o nada ha de servir nuestro empeño de dotar al sistema interamericano de un nuevo dinamismo.
Nombre: Julio E. Linares
Ocupación: Diplomático y político. Profesó la cátedra de Derecho Internacional Público en la Universidad de Panamá, donde fue secretario,vicedecano y decano interino. Fue diputado a la Asamblea Nacional, miembro principal del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores, presidente de la Junta Directiva del Instituto de Vivienda y Urbanismo y de la Junta de Control de Juegos, ministro Consejero de la Delegación Permanente de Panamá ante la O.N.U., gobernador de Panamá ante el Banco Mundial, representante titular de Panamá ante el Consejo Interamericano Económico y Social, y ante la V Asamblea de Gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo, donde fue electo presidente de la misma. Fue ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Hacienda y Tesoro y Ministro Interino de Trabajo y Bienestar Social. Socio del Bufete de Abogados Tapia, Linares y Alfaro, Presidente del Club Unión, presidente del Partido Nacionalista, secretario General del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional, miembro del International Law Association, de The American Society of International Law, de la Academia Panameña de Derecho, del Colegio Nacional de Abogados, del Instituto Panameño de Cultura Hispánica, de la Sociedad Bolivariana de Panamá, del Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados, de la Academia Panameña de la Historia, de la Asociación Argentina de Derecho Internacional, del Club Activo 20-30 de Panamá y del Club Kiwanis de Panamá. Obras: La Casación Civil en la Legislación Panameña (1968), Derecho Internacional Público (1977), Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente y al funcionamiento del Canal de Panamá (1983) y Enrique Linares en la Historia Política de Panamá (1869-1949) - Calvario de un pueblo por afianzar su soberanía (1989).
Las crisis del panamericanismo, tiene su origen en la falta de solidaridad continental. La crisis del panamericanismo estriba en que nosotros creemos haber creado una conciencia panamericana, pero sin haber creado una conciencia hispanoamericana, primero, e iberoamericana y latinoamericana, después. Con ello no quiero significar, entiéndase bien, que los Estados Unidos de América deben ser excluidos del sistema interamericano. Para que la OEA sea una entidad positiva e indiscutiblemente regional la participación y concurso de todos estos países no debe impedirnos actuar, por encima de todo como hispanoamericanos, como miembros que somos de una comunidad que tiene, como bien dijo el Libertador, un mismo origen, una misma lengua, unas mismas costumbres y una misma religión, pues, el camino de las reivindicaciones para cualquier Estado, se hace más difícil y penoso, de no contar con el respaldo efectivo y decidido apoyo de otros miembros de la comunidad internacional.