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- 16/11/2014 01:00
Son las siete de la mañana. El autobús espera en la cochera del hotel y quienes ya hemos ocupado nuestro asiento nos entretenemos viendo un par de monos jugar en un tejado contiguo.
Ellos son así, caprichosos y a diferencia de la gente en la calle, ellos no se dejan fotografiar tan facilmente.
Terminan de subir los pasajeros, aun se siente fresco el ambiente a pesar de que el sol ha hecho una gran aparición.
El sábado se pinta perezoso en Delhi. Las calles, a diferencia de un día de trabajo están bastante desocupadas y nos permiten avanzar ligero. En poco tiempo hemos llegado a la carretera que sale de la ciudad y nos conducirá a Agra para conocer el Taj Mahal.
‘Dicen que son unas tres horas de camino’, se aventura a decir uno de los colegas. Los demás trataban de mantenerse cómodos pues la jornada se pintaba larga.
Edificios multifamiliares, estaciones de metro y grandes construcciones de puentes vehiculares sin terminar eran parte del paisaje. A diferencia de lo que hubiésemos creído, la carretera estaba impecable, pero aun así el autobús mantenía una marcha bastante moderada.
Mientras unos completaban sus horas de sueño otros conversaban sobre los tópicos de siempre, la vida diaria en una sala de redacción, situaciones que sin importar el país se repiten, algunas graciosas, otras no tanto. Aquellos más despiertos aprovechaban para captar imágenes de lo que se veía por el camino: el grandioso templo Akshardhan con su complejo de edificaciones y monumentos, inaugurado en 2005 y aun sin terminar; la villa deportiva construida para albergar a los 8 mil atletas que participaron en los juegos de la Commonwealth en 2010 y luego de eso, grandes planicies sembradas, pequeñas chozas circulares con techos de pencas, lugareños arreando vacas.
La luz confunde. Sus colores son diferentes, parece de tarde, sin embargo, no son aun las once de la mañana. Además, una especie de bruma se mantiene en el ambiente, es difícil fotografiar. La nube de smog no desaparece aunque estamos en el campo.
Hacemos una parada técnica. Damas para un lado, caballeros para el otro. Otra sorpresa, los baños están bastante limpios y no hay que pagar para usarlos. Acto seguido, compramos unos snacks para el resto del camino. sus identificaciones no ayudan, hay que escoger por instinto y haciendo un ruego, ‘señor, que no esté muy picante...’.
Pasan las tres horas de camino y nos preguntamos, ¿cuándo vamos a llegar? El chofer y sus acompañantes son bastante parcos.
Ya falta poco, anuncian los letreros que anuncian nuestra llegada a Agra. Salimos de la carretera principal, nos adentramos en la ciudad.
De golpe, el modernismo parece detenerse. Las calles se estrechan, crece la congestión vehicular con carros, camiones, bicicletas, motos y carretas tiradas por vacas y búfalos de agua. A orillas de la calle vemos varios burros y un camello. Grandes vallas con muchas caras marcan la presencia de la campaña política. Un polvo ocre se pega de las ventanas y las bocinas de los carros compiten con el calor y la incomodidad. Nos urgía llegar.
Letreros guían el camino hacia el Taj Mahal, probablemente el principal destino turístico de la India. El nombre lo vemos por todas partes, así se llama un hotel, un restaurante, una tienda, en fin, llegamos al final del camino, al menos eso entendimos pues el autobus se detuvo.
‘Debemos detenernos aquí. En el bus no podemos seguir’, dijo el guía que se encargaría del grupo.
Para proteger al Taj Mahal de los elementos del ambiente, el paso de cualquier vehículo, que no sea eléctrico está prohibido. Por ello, un kilómetro antes de llegar al monumento, patrimonio de la humanidad, todos los grupos de visitantes deben abordar unos pequeños vehículos eléctricos. También debemos dejar allí cualquier grabadora, trípode, o reproductor musical. Solo son permitidas cámaras fotográficas, smartphones y tablets.
Debemos pasar por seguridad. Todas las bolsas son requisadas, damas y caballeros somos separados para pasar por un detector de metales. Las damas entramos a un recinto cerrado por una cortina. El procedimiento es similar en muchos otros lugares.
Llegamos a la entrada del complejo monumental, la darwaza, y la charla del guía inicia. ‘Llevo trece años como guía en este lugar’, y no cabe duda que conoce cada detalle de su historia.
Ya es mediodía y lo único que hemos comido es ansias. El guía habla sobre los edificios que marcan la entrada hacia el Taj, las puntas, que representan los años que tardó en construirse, de dónde proviene la piedra roja arenisca con la que se construyeron estos edificios, de cuántas personas participaron en su construcción, de los muros que la resguardan y los edificios que la rodean y que en su momento sirvieron de alojamiento para los responsables de este gran proyecto.
Mientras, gente entra y sale; la mayoría, visitantes locales de diversas ciudades y etnias, así lo dicen sus ropas, así lo dicen sus rostros. Ellos se vuelven parte del colorido del lugar. Pero también están los occidentales, aquellos que llamamos más la atención, tanto así que somos casi tan fotografiados como uno de estos edificios.
Nos acercamos a la entrada y bajo su techo reina la oscuridad. Adelante se puede ver, enmarcado como en una postal, el hermoso edificio de mármol indio. Estamos frente al Taj Mahal.
Se escucha en el ambiente las expresiones de admiración y también los obturadores de las cámaras fotográficas. Todos se apresuran por cruzar la entrada y observar con toda calma esa imagen que hemos visto cientos de veces en revistas, cine y televisión: amplios jardines a ambos lados de un espejo de agua y al fondo, el hermoso edificio que alberga las tumbas de Shah Jahan yMumtaz Mahal.
Siguen las fotos, los selfies, los grupos. En estos días casi todo el mundo tiene cámara, pero para aquellos que buscan un resultado más ‘pro’, están los fotógrafos que son capaces de hacerles una sesión completa y entregarles el álbum antes de que finalice la visita.
El guía nos reune, nos tomamos la foto de grupo y terminada esa primera euforia, nos ubica bajo unas arcadas para hablarnos más a fondo sobre la construcción del más famoso de los mausoleos.
La charla detalla la razón de ser del Taj Mahal: un homenaje al amor del emperador por su esposa. El monumento, de mármol blanco, que observamos con gran atención cambia de tonalidad a medida que el sol avanza. En las mañanas se tiñe de amarillo, cerca del cenit, su blanco resplandece y al atardecer, una hermosa tonalidad naranja se apodera de su imagen. En las noches claras, el edificio resplandece bajo la luz de la luna.
Es nuestro turno de entrar al mausoleo y no es fácil, los centenares de visitantes que nos acompañan también quieren hacerlo, pero antes, hay que cumplir con algunos requerimientos. Hay que proteger el mármol, por lo que tenemos dos opciones: cubrir nuestros zapatos con protectores desechables o quitarnos los zapatos y dejarlos en un casillero durante el recorrido (quienes no quieren pagar por el casillero sencillamente los dejan apilados a la entrada).
Hay que tomar un corredor y luego subir unas escaleras. ‘Silencio’, dice alguien que es completamente ignorado. También lo son los letreros que advierten que no se deben tomar fotos en el interior. Si no se está bien aplomado en el suelo, la multitud te puede llevar. El guía nos habla entonces del cenotafio y la pantalla que lo cubre, de mármol calado y con incrustaciones de piedras preciosas. Luego de recorrer el interior, salimos por una puerta posterior que nos conduce a una terraza con vista al río Yamuna. Allí, a la sombra del Taj, muchos visitantes descansan, se reponen del ‘calor humano’ que se genera en el recorrido.
Las fotos continúan. Esta vez el fondo es el Yamuna, con una corriente bastante disminuída, búfalos de agua atravesándolos y algunos puestos de vigilancia de otros tiempos. Del otro lado del río, un jardín, también parte del complejo, espacio donde se supone se construiría el Taj Mahal negro, una leyenda sin fundamento, según el guía.
A ambos lados del mausoleo y como parte del complejo fueron construidos dos edificios. Uno es una mezquita (masjid), el otro, el jawab, estructura similar a la mezquita que busca dar balance al complejo arquitectónico y que funciona como sala de reunión o de descanso.
¿Qué más podemos hacer? quisiéramos quedarnos más tiempo contemplando la majestuosidad del lugar, pero no es posible. La visita concluye, bajamos a los jardines, nos tomamos las últimas fotos, echamos el último vistazo que nos permitirá guardar en la mente el recuerdo y emprendemos marcha.
Volvemos al bullicio, las calles polvorientas, los vendedores ambulantes, las madres que piden para sus hijos; pasamos por las mismas vías estrechas, las luces del diwali que se acerca. El cansancio se apodera de los cuerpos, han sido muchas sensaciones. Las emociones, los colores, los olores; la grandeza y también la precariedad. Ya anochece, hay que volver a Delhi.