Por fin cruzar el puente

  • 07/09/2014 02:00
Los artistas, los verdaderos artistas, vienen a inmolarse a este mundo de cobardes

«Mira, Kat, ensayé estas palabras para la columna del domingo que viene: Yo nunca conocí a Gustavo Cerati. Amigos y colegas músicos que tuvieron la oportunidad de conocerlo y trabajar con él me han contado muchas anécdotas con respecto a la personalidad del cantautor argentino ¿Hace falta que cuente en este texto algunos de los detalles que estos amigos y colegas me proporcionaron? Estoy seguro de que no. Lo que nos atañe a nosotros, que no conocimos a Gustavo Cerati, e incluso a aquellos que no lo conocieron más que efímera y precariamente, es la música y la palabra. Su música y su palabra ya muy nuestras. ¿Qué te parece?». Kat leyó y releyó, hizo una mueca (sutil), acarició a los gatos (siempre los gatos) y dijo: «No lo sé, Javier; no estoy segura de que haga falta esa larga introducción sobre la personalidad de Cerati. Me parece innecesaria, como allí mismo dices». Tomé el papel de las manos de Kat, lo rompí y esbocé otro comienzo. Kat leyó, en voz alta: Yo no lloro a Cerati. No celebro a Cerati. Celebro, sí, que el fuego de la creación (la poesía que se apoderó de él) lo haya quemado. Ese quemarse del artista es, para el resto nosotros, un camino, un hallazgo. El arte quema, dijo el escritor chileno Roberto Bolaño, otro que se entregó a la boca hambrienta de la hoguera. Los artistas, los verdaderos artistas, vienen a inmolarse a este mundo de cobardes. Agradezcamos, entonces, ese sacrificio en las llamas. «¿Qué tal ahora?». «Mejor, pero todavía falta algo, Javier». «¿Tenemos que hacer una columna sobre Gustavo Cerati obligatoriamente?». «Claro que no, pero sí que me gustaría mucho. Ya tengo el dibujo rondándome la cabeza». «Entiendo, pero no me salen las palabras; y, además, honestamente, tengo sentimientos encontrados: no quiero ser parte de la ola de panegíricos, obituarios y tributos de rutina. Mira lo de Robin Williams, ya su muerte parece cosa de hace siglos». «Ya el dibujo está hecho, Javier, solo tengo que poner el lápiz sobre el papel». «No sé qué escribir, no tengo ni idea. Espera, voy a poner una frase en el Facebook: Hoy, por fin, encontraste aquello que duerme en la rima de todas las palabras. Listo». «Sí, es linda, Javier. La gente que realmente escuchaba a Cerati entenderá la referencia. La podemos usar para la columna». «Mira, ya tiene más de veinte likes en menos de un minuto». «Puente. Por fin cruzó el puente el hombre, ¿no?». «Alivio, Kat. Alivio es lo que siento. ¿Crees que los lectores se ofendan si me enfoco en describir ese alivio, ese ‘por fin cruzar el puente?’». «¿Qué más da si se ofenden, Javier?». «Y tú, Kat, ¿me dejarías cruzar el puente cuando fuera necesario?». «No lo sé, Javier, no podría prometértelo. Supongo que preferiría cruzar el puente junto a ti». Cuarenta likes. Apagué la computadora. Nos quedamos en silencio. Los gatos maullaron. Al ratito, Kat y yo nos miramos fijamente, cómplices. Encendí nuevamente la computadora y abrimos Youtube. Escribí en el buscador. Escuchamos por unos segundos mientras sacudíamos la cabeza y llevábamos el ritmo con los pies. Fuimos ligeros, como la música. «Ahora esta», dijo Kat. Y empezaron los primeros acordes de guitarra y la batería, el caos controlado y suave. La voz viva. Luego, al cabo de poco más de tres minutos (tres minutos: una vida entera, una vida entera de furia), las últimas palabras: Poder decir adiós es crecer. El beso adolescente. El beso, por fin.

MÚSICO Y POETA

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