Todo tiene una grieta, así es como penetra la luz

Actualizado
  • 24/04/2020 13:04
Creado
  • 24/04/2020 13:04
Estamos experimentando intensamente toda la empatía que no hemos sentido en décadas. Nadie habría podido diseñar un estudio como este, pero hoy lo estamos viviendo a escala global

Era el 10 de noviembre de 2016 y habíamos planeado celebrar la victoria de Hillary Clinton con cócteles en el Wolseley. Estaba en Londres visitando amigos y Donald Trump acababa de ganar las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.

Recuerdo estar devastada y horrorizada ante lo que implicaba un escenario mundial con Trump en la Casa Blanca.

No soy americana, nunca estudié ni he vivido o trabajado en los Estados Unidos. Tampoco tengo familia allí, pero la sensación de que los próximos 4 años iban a ser un viaje por los instintos más bajos que el hombre moderno ha conocido, me perturbaba más allá de mi identidad como panameña. Vivo en Panamá, pero habito el mundo.

Trataba de consolarme con la idea de que mi ominoso desasosiego no era más que una pasajera reacción a la tirria que le guardo a Trump. Aún aturdida y en un Londres post Brexit, recibo la noticia de la muerte del gran Leonard Cohen. Buena parte de esas vacaciones las pasé deambulando y escuchando dos de sus temas: Hallelujah y Anthem. En ese momento sentía que el mundo se preparaba para una etapa difícil y Leonard, incluso en su muerte, tenía algo que decir.

"There is a crack, a crack in everything. That’s how the light gets in", ("Hay una grieta, una grieta en todo. Así es como entra la luz", en su traducción al español). La frase es del tema Anthem. Terminar la canción le tomó a Cohen 10 años. Mientras la escribía, experimentó la caída del muro de Berlín, la masacre de Tiananmen y no sé si la tendría presente, pero nosotros vivimos la Invasión de los Estados Unidos. La canción me hace pensar en los momentos difíciles que siempre van a existir, pero que ello no es una excusa para dejar de hacer lo que tenemos que hacer.

Mucha gente está sentada en casa ansiosamente esperando que todo vuelva a la normalidad, entendiendo normalidad como la forma en que se solían hacer las cosas justo antes de la pandemia. Nada podrá ser igual otra vez, sobre eso no tenemos control. Pero durante esta pausa obligada, si no trabajamos en las cosas que sí controlamos, y debemos cambiar, nos merecemos un apretón de manos y un gran abrazo sin mascarillas.

Muchas de mis amistades viven en otros países. Para mí no es extraño comunicarme exclusivamente por chat o video. Lo que sí es distinto durante la cuarentena, es que, aunque no haya hablado con ellos en mucho tiempo, ya no es necesario el inevitable prólogo a una llamada: “¿Dónde andas? ¿Cómo van las cosas? ¿Qué harás la otra semana?” Sé perfectamente dónde están y dónde estarán la otra semana. Pero más importante, es que no solo sé, puedo sentir lo que ellos sienten en este momento.

Estamos experimentando intensamente toda la empatía que no hemos sentido en décadas. Nadie habría podido diseñar un estudio como este, pero hoy lo estamos viviendo a escala global. Tuvimos que pasar por esta pandemia para darnos cuenta, en carne propia, que lo que afecta a los demás nos afecta a nosotros también.

Repentinamente la inequidad, la falta de seguridad social o las limitaciones de nuestro sistema de salud ya no son discusiones meramente políticas. Descubrimos quiénes son las personas realmente esenciales para nuestra supervivencia y cómo son explotadas. Trabajando en casa podemos realmente medir el efecto que las horas de tráfico y encierro en una oficina tienen en nuestra productividad laboral, o tener un mejor conocimiento de lo que aprenden (o no) nuestros hijos en la escuela. Tener la oportunidad de reevaluar nuestras prioridades en estos momentos es casi un lujo.

En un mundo que está operando de cabeza, como decía Lampedusa, podemos dejar que todo cambie para que todo siga igual, o podemos decir ¡basta!

El miedo es una emoción poderosa. Nos puede paralizar, haciéndonos anhelar la misma situación que nos puso en peligro, o nos puede mostrar que, si experimentamos lo peor y sobrevivimos, no hay nada que perder al intentar algo nuevo.

Lo que parece decir Cohen, es que la salida de esto no va a ser perfecta. No lo puede ser.

Sabemos qué cosas deben cambiar. Es aquello que comentamos todos los días en cuarentena.

No se trata de reparar la grieta. 

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