La jefa de gabinete del MEF defiende la urgencia del proyecto de ley de sustancia económica. Explica cómo esta normativa busca modernizar el sistema fiscal...
- 28/03/2010 01:00
Una bailarina proyecta la sombra de su danza sobre una tela que cubre la parte izquierda del escenario, justo en la salida del camerino. En la otra esquina del proscenio, una mujer rasga una guitarra. La música flamenca invade el limitado espacio de la Sala Gantes, en el Teatro La Quadra. Súbitamente, la melodía cesa. Sobre la tela empiezan a aparecer imágenes que evocan la Guerra Civil Española, mientras una voz narra: “Cuando los militares tomaron el poder, la ejecución de Federico García Lorca era sólo cuestión de tiempo. Un homosexual, liberal y con éxito no se podía tolera en la España de Franco”.
“Los escritores, en cierta forma, son un peligro para todo régimen fascista. Un escritor observa y relata, y éso no le conviene a un sistema opresivo”, subraya el dramaturgo cubano Nilo Cruz, que recientemente visitó Panamá para presentar su obra “Caprichos” en el marco del “Mes del teatro”, evento organizado por Arts Productions.
Originario de la provincia cubana de Matanzas, a aproximadamente una hora y media de la ciudad de La Habana, el autor, actor y director teatral arribó a Florida, Estados Unidos, a la edad de 10 años en lo que se conoce como un “freedom flight”. Éstos fueron vuelos legales que se llevaron a cabo en la década del setenta, con la anuencia de los gobiernos de Estados Unidos y Cuba.
Aunque desde niño demostró inclinación por la letras, especialmente la poesía, su interés por el teatro nació en suelo norteamericano. Después de ver una obra llamada “El vestidor”, toma la decisión, a los 24 años de edad, de dedicar su vida al teatro. Entre los años ′84 y ′86 debuta como director con “Persecusión”, pieza escrita por su coterráneo Reynaldo Arenas. Cruz define este montaje como “experimental”, con un estilo que se aproxima al teatro “de la crueldad o expresionista”.
En Miami, se inscribe en un taller de dramaturgia con una teatrista que provenía de Nueva York. Después de revisar algunos de sus textos, la profesora lo invitó a asistir a las clases que dictaba en la Gran Manzana, cuidad en la que escribe “Grafiti”, la primera pieza teatral con su firma. La obra recoge las vivencias de un grupo de latinoamericanos que residían en un barrio de Los Angeles. “Cuando tenía como 28 años, me percaté de que, aunque me gustaba dirigir, quería hacer mi propio trabajo como escritor, que dirigir las obras de otros autores no era suficiente para mí”, cuenta quien a través de sus textos ha explorado la realidad de países como Honduras, El Salvador, Cuba y España.
EL AUGURIO DE UN PERIODISTA
Cuando Cruz visitó uno de los fábricas de tabaco en la ciudad de Tampa buscando testimonios para crear el argumento de “Ana en el trópico”, nunca se imaginó que daba los primeros pasos en una senda que lo llevaría convertirse en el primer latino en ganar el Premio Pulitzer en la sección de teatro. En este montaje Cruz cuenta la historia de Juan, un cubano que desempeña el peculiar oficio de lector en una tabacalera. “Existe la tradición de que en las tabacaleras siempre exista un lector, quien, ya sea que lea el ′Manifiesto comunista′ de Marx, artículos de periódicos o novelas, busca entretener a los torcedores de tabaco”, explica el autor de 49 años, vestido con una boina purpurina, un impecable saco y pantalones grises, y mocasines negros.
El personaje de Juan, que en la puesta en escena de “Ana y el trópico” en Broadway fue interpretado por el actor Jimmy Smiths ( Gringo Viejo , Star Wars ), es un lector de tabacalera que arriba a los Estados Unidos con un ejemplar de “Ana Karenina” bajo el brazo. A través de sus lecturas de la novela del ruso León Tólstoi, Juan logra incidir en la vida de los empleados.
Cruz recuerda que se encontraba en un festival de teatro en Kentucky cuando a sus oídos llegó por primera vez la noticia de que “Ana en el trópico” era uno de los textos finalistas en la carrera por el Pulitzer de teatro aquel año. Se lo dijo un periodista durante el intermedio de una obra de teatro, a la que había asistido como espectador. “Cuando regresé a la sala, no podía seguir viendo la obra. Estaba como zonzo”, confiesa con el acento propio de la isla en la que nació.
A pesar del augurio del periodista, Cruz se mantenía escéptico, ya que “Ana en el trópico” no había sido presentada (al menos hasta ese momento) en Broadway, situación que para su autor la descartaba como posible ganadora. Cuál sería su sorpresa tiempo después cuando, hallándose en una estación de tren, tras impartir una clase de dramaturgia en la Universidad de Yale, su celular suena y al otro lado del aparato la voz de un periodista le comunica que se hizo merecedor al Premio Pulitzer de Teatro, que le fue otorgado en el 2003.
Reconoce que, a pesar de que asegura que “el obtener un premio es en lo que menos piensa cuando se embarca en la odisea de describir un mundo ajeno”, el recibir el Pulitzer fue “uno de los momentos más grandes de su vida”.
SUPERSTICIONES Y MIEDOS
El camino hacia la obtención de un premio tan destacado no fue fácil para Cruz, quien durante sus inicios como actor tuvo que hacerle frente al miedo escénico. “La primera obra que hice fue de García Lorca. Me di cuenta de que estaba extremadamente nervioso, de que la actuación no tenía nada que ver conmigo. Me interesaba más estar detrás del escenario o al otro lado de la sala”, rememora el escritor de tez morena, que se define a si mismo como “anticastrista”.
Hoy en día, aunque señala que todavía siente nervios como escritor y director, comenta que esta situación queda atrás una vez se sube el telón. Mientras su monólogo “Caprichos” es interpretado por Gabriel Pérez Matteo, el escritor no puede evitar soltar una carcajada al presenciar la historia de un actor frustrado que tiene lugar en la España de los años treintas.
Una vez finalizado el montaje, que fusionó la danza, la música y el teatro, Cruz se relaja en el camerino con el elenco y el director Ricardo Dormoi. Arriba de uno de los espejos en los que se maquillan los actores, iluminados por una hilera de bombillos, alguien ha pegado un pedazo de papel con la leyenda: Arts productions les desea.. Mucha mierda”. Como explica Dormoi, se trata de una expresión similar a “break a leg”, usada comúnmente en Broadway antes de una función. La frase se origina en una superstición que existe en la meca del teatro de que desearla alguien buena suerte durante un estreno puede tener el efecto contrario. Cruz mira el cartel y sonríe, familiarizado con este tipo de creencias. Tal vez piensa en que seguramente volverá a escuchar frases como ésta el próximo mes de octubre, cuando presente su más reciente obra, titulada “El color del deseo”, en Miami. O a lo mejor no considera que el éxito como dramaturgo radique en la suerte, sino en la superación de los miedos y limitaciones como artista y como ser humano.