El Programa de Saneamiento cumple 25 años y suma una inversión de más de 1,780 millones. Su coordinadora general hace un balance y comparte sus objetivos...
- 14/06/2015 02:00
Nuestra niñez fue buena. Con su días malos, con su días grises, con sus días para buitres y para olvidar; pero al fin y al cabo, y para ser justos, una niñez buena, llena de esperanza e inocencia. Íbamos a la iglesia y creíamos en el barbón, el flaco aquel que estaba clavado en la cruz con esa cara lánguida, un costal de huesos tristes, traicionado y todo hecho un ‘padre por qué me has abandonado' y ‘perdonadles porque no saben lo que hacen'. Más tarde mi hermanita y yo descubrimos que sí, todos sabían lo que habían hecho y que miles de años después nos echarían el muerto a nosotros. Y bueno, así pasaban las temporadas secas y lluviosas, no solo en el recinto de ‘por mi culpa por mi gran culpa' y ‘alabaré y alabaré', sino que, gracias a Dios (gracias al barbón, o a su hijo, o al espíritu santo, que son los tres uno solo, creo, no lo sé, sigue siendo tan confuso); gracia a Dios, decía, teníamos el campito de béisbol que también nos servía para jugar fútbol o para simplemente escondernos detrás de los sembradíos de maíz que estaban en el extremo del jardín izquierdo para cuando atacaran las hormonas y nos hiciera falta levantar faldas y mostrar ‘pitos' y besar labios y poner cara de asco y escupir.
La vida era buena, sí. Y la lluvia; ay, la lluvia. Ese olor a tierra del que ya queda poco que decir (pero siempre aparece uno que otro poeta por ahí que se atreve y da con algún verso, algún poema). Pero yo no soy poeta. Mi hermana tampoco. La vida, repito, era buena. Nuestra vida. A pesar de o gracias a, nunca lo sabremos. No importa. Solo queda el recuerdo. Iglesia, campito de juegos, refugio para el descubrimiento sexual, lluvia. Pero de lo que más nos acordamos mi hermanita y yo es de nuestra madre; o más bien de un episodio recurrente en la vida de nuestra madre. Todos los sábados por la mañana mi madre salía de la cocina, entraba en la sala y explotaba a veces de alegría a veces de rabia. Parece poesía, pero no lo es. Mi hermana y yo recogíamos los pedazos de mamá y los juntábamos en una pila en el patio trasero, bajo el palo de marañón. Allí nos quedábamos observando el montoncito de mamá, callados, tratando de ser serios a medida que las horas pasaban y el sol se ponía en su cenit, esperando que el calor y la luz devolvieran forma y movimiento a nuestra querida vieja...
Y ocurría. A veces justo al mediodía, a veces ya entrada la tarde; otras veces ya cuando el sol era débil y se asomaba la noche. Los trozos de mamá empezaban a temblar y moverse en círculo, una carnal hojarasca era mamá y de repente un crujido y se ponía de pie. Nos miraba confundida y nosotros corríamos hacia ella porque sabíamos que vendría el llanto incontenible, mi madre de rodillas y espelucada, el sollozo y sus palabras: ‘Ay, hijos, mis hijos sin padre, solos, solos'. Después de cada trance, rompíamos una foto en donde saliera él junto a ella y cada vez yo me preguntaba (ignoro si mi hermana también lo hacía) por qué no las rompíamos todas de una sola vez para que mi madre no tuviera que explotar de nuevo el sábado entrante. Al día siguiente, domingo, íbamos y ‘por mi culpa por mi gran culpa' y el pecho de mi madre era un solo moretón. Luego la ostia, la señal de la cruz, podéis ir en paz y finalmente el béisbol, la lluvia o el sembradío de maíz.
MÚSICO Y POETA