El español no es únicamente un idioma compartido por más de 600 millones de personas: también es un territorio cultural, político y emocional en permanente...
- 28/09/2014 02:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Aquí en El Maracuyo, cuando lo vimos llegar la primera vez, lo sentimos lejano, como si no hubiera llegado del todo, lo cual no impidió que nos cayera bien. A Virgilio, por lo menos de nombre, lo conocíamos por dos razones: 1. siempre salía a relucir en las borracheras de David, el poeta con complejo de cantautor; 2. se había vuelto medio famosito entre la ola de escritores y artistas y bohemios que había leído la colección de cuentos en donde se le mencionaba como si fuera un personaje ficticio.
A leguas se notaba que Virgilio intentaba no pensar mucho en su nuevo estatus de pequeña celebridad del mundillo cultural. De hecho, su primera visita al Maracuyo coincidía con su necesidad de alejarse de los espacios y atmósferas que frecuentaba y de los que se hablaba en el libro del que era protagonista. ¿Quién era autor de aquellos relatos y qué pensaba Virgilio sobre él? Eso es irrelevante. Quiero reproducir aquí las primeras palabras que intercambié con Virgilio (su mirada tendrán que imaginarla, porque no me atreví a mirarlo a los ojos ni una sola vez). Virgilio se sentó en la barra y me dijo hola, luego me invitó una cerveza y me preguntó mi nombre. Ignacio, le contesté. Me preguntó si conocía a David y le contesté que sí, que todo el mundo lo conocía, como a él ahora. Virgilio hizo una mueca como de dolor, o tal vez de resignación.
Hablamos de David por un rato. Virgilio tampoco sabía en dónde se había metido nuestro amigo los últimos meses, pero de algo estábamos seguros: no estaba muerto, estaba de parranda, como dice la canción. O está cogiendo clases de canto en secreto, dijo Virgilio en broma. Ambos reímos y luego nos quedamos en silencio, viendo en la pantalla de televisión a Juan Gabriel interpretando la canción ‘Hasta que te conocí’ en aquel mítico concierto que ofreció en El Palacio de los Deportes en la Ciudad de México. Cuando el divo cantó las palabras: ‘Hasta que te conocí’ Virgilio agachó la cabeza, la sacudió, la levantó de nuevo, sonrió y sin voltear a verme empezó a hablar: Hace tiempo escribí un poemario en el que decía en algunos versos (metáforas más, metáforas menos), que jamás podría olvidar a ‘aquella’ mujer; pero —triste—al final sí pude olvidarla.
Todo se olvida. Claro, recuerdo a esa mujer. Sé que existe, sé que estuvimos juntos por dos años (tal vez fueron tres), sé que me dolía, que tuve momentos de gozo y sufrimiento con ella, que le hice daño, que me hizo daño; pero es tan lejano. Tan quebradizo. Hace unos meses la vi en la calle y no sentí nada y no sentir nada me hizo sentir que ella fue solo una excusa para terminar un libro. Es así la vida. Así es mi vida, en todo caso. Afortunadamente, de eso no sabe nada el escritorcillo ese que me usó como personaje sin pedirme permiso. En fin, aquella mujer. No he vuelto a amar desde entonces.
La vida es extraña y cabrona. Solo trato de ser un mortal que vive el momento, como dice una canción que según David él escribió y que se la robaron. Quiero quedarme en este pueblo una semana, ¿conoces algún hostal barato? Se está bien aquí. Lástima que Nen está de vacaciones, quisiera conocerlo y charlar con él; él más que nadie sabe cómo se siente ser incluido en un libro y que a la postre se vuelva uno un personaje literario. Se siente uno expuesto, en los ojos de gente desconocida; en fin, que se siente uno muy solo. Tú también te sientes solo, Ignacio, no necesito mirarte a los ojos para saberlo.
MÚSICO Y POETA