Desigualdad estructural y pérdida de saberes en Darién

El verdadero riesgo no es solo quedarse atrás, sino avanzar olvidando aquello que, durante siglos, permitió a sus comunidades habitar en equilibrio entre el agua, la tierra y la memoria colectiva

Entre ríos que han marcado históricamente la vida, la economía y la identidad de Darién, hoy se dibuja un escenario de transición silenciosa. Un estudio de carácter etnográfico, desarrollado entre 2023 y 2025 en los corregimientos de Yaviza, El Real de Santa María y Pinogana, revela una paradoja profunda: mientras el desarrollo avanza en cifras, la cultura ribereña entra en un progresivo ocaso.

La investigación, titulada “Producción Estacionaria y Cultura Ribereña en Darién: Un Enfoque Etnográfico”, fue impulsada con el apoyo de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT), en el marco de la convocatoria FID-2023, y ejecutada por un equipo interdisciplinario de la Universidad Católica Santa María La Antigua (USMA) y la Universidad de Panamá.

El estudio no solo mide cambios; los interpela, a partir de la construcción de un Índice de Bienestar Comunitario (IBC), basado en los censos nacionales de población y vivienda de 2000, 2010 y 2023; y enriquecido con 38 entrevistas en profundidad y dos años de observación participante, emerge una realidad compleja.

Las condiciones materiales han mejorado —mayor acceso digital, servicios básicos y mejores viviendas—, pero al mismo tiempo se acelera la erosión de la cultura ribereña, entendida no solo como un conjunto de prácticas; sino como una forma de conocimiento profundamente ligada al agua. Así, el desarrollo, cuando se mide únicamente con indicadores técnicos, puede ocultar una forma de injusticia epistémica que deslegitima saberes locales y fragmenta la transmisión entre generaciones.

La Geografía de la Desigualdad

Esta tensión se hace visible en la geografía de la desigualdad. El análisis cuantitativo muestra una modernización desigual en la provincia: Yaviza, como nodo de conectividad vial, alcanza un 43,1% en el IBC para 2023, seguida por El Real de Santa María (35,8%) y Pinogana (30,9%). El acceso digital es el indicador más dinámico, con un crecimiento notable en el uso de telefonía celular en los tres corregimientos.

A esto se suman mejoras en materiales de vivienda y una reducción de la población sin escolaridad. Sin embargo, estas cifras conviven con brechas persistentes: los ingresos superiores a B/. 799 siguen siendo minoritarios y la educación secundaria completa aún no se generaliza, especialmente en Pinogana. En otras palabras, el progreso llega, pero no de manera equitativa ni suficiente.

Pero más allá de los números, lo que realmente define este momento histórico es lo que se está perdiendo. Los relatos etnográficos revelan una crisis cultural que las estadísticas no alcanzan a mostrar. La producción estacionaria: basada en la pesca artesanal y la agricultura de subsistencia sincronizadas con los ciclos del río Tuira y el Chucunaque, está siendo desplazada por economías de servicios e informalidad. “La juventud de ahora no se lleva a la finca... antes eran la gran mayoría; hoy, muy pocos”, relata Diana Vargas desde Yaviza. Su testimonio refleja una ruptura generacional que implica mucho más que un cambio ocupacional: supone la pérdida de autonomía alimentaria y el debilitamiento de los vínculos comunitarios.

En esa misma línea, el deterioro ambiental agrava el panorama. José Román Sevilla, pescador con más de cinco décadas en el río Tuira, advierte sobre la disminución de peces y episodios de contaminación que nunca fueron atendidos. Su denuncia evidencia una doble violencia: por un lado, la degradación del ecosistema fluvial; por otro, la ausencia institucional frente a prácticas como la pesca indiscriminada y la falta de regulación efectiva. Así, el río —antes fuente de vida— se transforma gradualmente en un espacio de incertidumbre.

A esta crisis se suman dimensiones menos visibles, pero igualmente profundas. La investigación destaca cómo la injusticia epistémica opera de forma interseccional. Las mujeres pescadoras, como Ana Mena o María Palacio, han sido históricamente invisibilizadas en los relatos dominantes, pese a su papel activo en la economía ribereña. “Con una mano tiraba, la otra gobernaba la piragua”, recuerda Ana, desafiando estereotipos arraigados.

Al mismo tiempo, jóvenes indígenas como Hayro Cunampio evidencian las tensiones del sistema educativo, donde persisten prácticas de discriminación que obligan a silenciar identidades y saberes. Su historia, marcada por el racismo en las aulas y su posterior formación docente, expone cómo la escuela puede convertirse en un espacio de homogeneización cultural más que de reconocimiento.

En este contexto, la expansión de la infraestructura vial aparece como un símbolo ambivalente. La construcción del puente sobre el Tuira y las nuevas carreteras es vista por muchos como una oportunidad para romper el aislamiento y acceder a mejores mercados. Sin embargo, también plantea un riesgo: sin políticas de protección cultural y estrategias de comercialización justa, estas obras podrían acelerar los procesos de aculturación, reduciendo al río a un simple canal de tránsito y extracción.

Conclusión

Así, el ocaso de la cultura ribereña no es un evento abrupto, sino un proceso gradual que se entrelaza con dinámicas de desigualdad estructural y modelos de desarrollo impuestos. El estudio respaldado por SENACYT aporta una mirada integral que articula datos y experiencias, evidenciando que el bienestar comunitario no puede limitarse a indicadores materiales. La mejora en infraestructura y tecnología coexiste con la pérdida de memoria ecológica, la ruptura de la transmisión cultural y la desvalorización de los saberes locales.

En este sentido, la noción de “cultura anfibia”, propuesta por Orlando Fals Borda, cobra una vigencia renovada: las comunidades ribereñas resisten, pero lo hacen en condiciones cada vez más adversas. Frente a ello, la principal conclusión es clara: se requieren políticas públicas participativas que reconozcan a pescadores, agricultores y mujeres como sujetos de conocimiento legítimo. La justicia epistémica no implica solo escuchar, sino integrar activamente estos saberes en la gestión territorial, ambiental y educativa.

De no hacerlo, el avance del desarrollo —medido en carreteras, conectividad y cifras— podría convertirse en la antesala de una pérdida irreparable. Porque en Darién, el verdadero riesgo no es solo quedarse atrás, sino avanzar olvidando aquello que, durante siglos, permitió a sus comunidades habitar en equilibrio entre el agua, la tierra y la memoria colectiva.

El autor es Sociólogo. Docente e investigador de la Universidad de Panamá

Pensamiento Social (PESOC) está conformado por un grupo de profesionales de las Ciencias Sociales que, a través de sus aportes, buscan impulsar y satisfacer necesidades en el conocimiento de estas disciplinas.
Su propósito es presentar a la población temas de análisis sobre los principales problemas que la aquejan, y contribuir con las estrategias de programas de solución.
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