El Visitante

Carlos Fitzgerald: ‘Extrajimos por primera vez ADN antiguo del Gran Coclé’

  • 11/01/2026 00:00
Un hallazgo arqueológico excepcional permite reconstruir la vida, la muerte y los rituales de antiguos cacicazgos de Coclé. La muestra reúne ciencia, memoria y patrimonio en un esfuerzo por devolver la historia a la comunidad

Paseando por el centro antiguo de Penonomé, donde nació mi abuela paterna, me sacudió la nostalgia cuando me topé con la construcción del Centro Cultural Estelita Tejeira, de MiCultura. Curiosa contradicción: un espacio que sin duda enriquecerá la escena intelectual, artística y cultural de la ciudad y la provincia, a la vez irrumpe en la escala e integridad del lugar, imponiéndose por encima de los antiguos techos de tejas y de las mismas torres de la Catedral.

Llegué a Coclé invitado por los arqueólogos Carlos Fitzgerald y Álvaro Brizuela para presenciar la conclusión del montaje de su nueva exposición, titulada “Legados ancestrales”, acogida por el Museo de Penonomé y que abrirá al público a partir del 16 de enero. Esta muestra presenta, por primera vez, los hallazgos completos de un conjunto de tumbas precolombinas.

¿Dónde encontraron el entierro, de cuyos objetos se compone esta exposición?

Álvaro Brizuela: En el área de La Pintada, en un sector conocido como El Baco, próximo al cerro Orarí. El punto donde se encontró el área de enterramiento es una pequeña terraza rodeada por un paisaje que tiene una topografía bastante accidentada; es la convergencia de dos elevaciones de distinto tamaño. Para mí, este lugar es un “paisaje ritualizado”.

En términos antropológicos, un paisaje ritualizado es un área natural a la que un grupo humano confiere un significado religioso y espiritual, y donde se realizan ciertos ritos de paso. Es un entorno que se identificó, eligió y preparó para actividades espirituales. Este sitio se halló como parte de las actividades de prospección arqueológica en un estudio de impacto ambiental para Minera Panamá.

En la segunda etapa, que corresponde a la mitigación de los impactos, se llevó a cabo una serie de campañas de excavación que nos permitieron explorar con mayor detenimiento el lugar para dar con el hallazgo. Como parte del proceso de documentación, iniciamos la excavación en un área bastante modesta, de cuatro metros por cuatro. Durante la remoción de sedimentos, apareció entre los materiales arqueológicos una vasija polícroma, completa, de la tradición Conte, lo que es poco usual. En niveles inferiores obtuvimos otras cerámicas.

Este hallazgo nos hizo pensar de inmediato que estábamos ante un contexto funerario. Lo confirmamos meses después con el hallazgo de grupos de artefactos y de enterramientos primarios, o restos humanos.

¿Cómo fue el proceso de excavación?

AB: Hicimos, lo que se llama en arqueología, una “unidad estratigráfica extensiva”, o sea, una intervención discreta en el terreno. Comenzamos por un cuadro, digamos de 2×2 metros, al que le fuimos agregando más, como un tablero de ajedrez. Íbamos excavándolo según la presencia o ausencia de vestigios culturales.

Eso sí, una vez elegíamos un punto de excavación, ahondamos hasta tener la certeza de que habíamos llegado al sustrato natural: aquel que no ha sido modificado por la presencia humana.

Fuimos ampliando la excavación en los cuatro puntos cardinales. A medida que excavábamos más profundo, íbamos desenterrando grupos de artefactos diminutos, en su mayoría de arcilla, o barro cocido, que corroboraron que era un contexto funerario. Todas las piezas recogidas se remitieron al taller de la conservadora Marcelina Godoy, quien trabajó de forma ágil y diligente para garantizar su conservación.

Quiero compartirte, como arqueólogo, la emoción que uno experimenta en el proceso de excavación y documentación de un contexto funerario. Los restos humanos los levantamos con un poco de tierra para evitar una mayor afectación y los cubrimos con materiales que sirven para tomar las muestras de los análisis genéticos y fechamiento.

Muchos colegas ven los vestigios humanos de tiempos precolombinos tan solo como artefactos. Para mí son restos de personas que nos precedieron. Hoy quizás ya no tengan descendientes, o no se han buscado o identificado, pero se les debe tratar con el mismo respeto.

Me han llamado místico, esotérico y hasta loco, porque les pido permiso y disculpas a sus restos por interrumpir su descanso. Y les hago una modesta ofrenda.

Un ajuar funerario completo
¿Cuál es la importancia de este hallazgo?

Carlos Fitzgerald: Esta excavación nos da, de manera general y por primera vez, una visión del territorio de un cacicazgo, incluyendo su centro, sus rituales y su periferia [donde se hizo este descubrimiento], como una expresión local que se relaciona con el centro.

Lo más relevante del hallazgo fue que excavamos hasta no encontrar más vestigios. Este sitio, que llamamos CA34S2, se usó por un largo periodo y varias generaciones de habitantes del área. Las fechas de carbono-14 y la de la cerámica polícroma confirman su contemporaneidad con El Caño y Sitio Conte, aunque siguió en uso cuando El Caño había decaído en el siglo XIII D. C.

Hicimos arqueología de rescate, que es la intervención expedita para excavar y documentar sitios arqueológicos amenazados. Bien llevada y reflexionada, puede responder a preguntas de investigación a las que de otro modo jamás se podría acceder. Por ejemplo, y en este caso, todo el trabajo de monitoreo y rescate ecológico en el proyecto de Minera Panamá, S.A., empresa que tenía la obligación legal y ambiental de hacerlo.

Paradójicamente, fue por la construcción de la mina que accedimos a más de 850 yacimientos arqueológicos en una zona boscosa del Caribe y central panameño, y al reconocimiento de los tipos de ocupación humana y uso de los paisajes y recursos en tiempos antiguos.

Sin la construcción de la mina, habría sido imposible relacionar estos vestigios de grupos humanos antiguos con otros de ese territorio y constatar que los del Atlántico estaban vinculados por cultura y parentesco con grupos del Pacífico central en Panamá. Con este hallazgo se extrajo, por primera vez, ADN antiguo de la región arqueológica del Gran Coclé. Los resultados conectan a estos antiguos habitantes con los ngäbes y los buglés. Además, el marcador genético identificado también aparece en las poblaciones mestizas de Panamá.

Poblaciones mestizas de las que somos parte tantos panameños, como tú y yo. ¿Llegaron ustedes a pagar de su bolsillo una parte sustancial de esta exposición?

AB. En realidad, cubrimos la totalidad. Financiamos la habilitación, adecuación y preparación del espacio, que incluyó rehacer el piso, adecuar paredes, construir dos muebles, uno con una vitrina y el otro con una réplica parcial de un enterramiento.

También cubrimos el trabajo intelectual del concepto y desarrollo de los contenidos, y la compilación y creación de ilustraciones. Fue la suma del trabajo de Carlos Fitzgerald, Gloria Diffano, Freddy Rodriguez Saza, Francisco Cedeno y mi persona (Álvaro Brizuela), más el aporte invaluable desinteresado del artista Ricardo Sánchez Beitía, quien se sumó al proyecto.

Carlos y yo emprendimos esta cruzada motivados por conservar nuestros derechos de autor en este proceso de investigación en que participaron varios especialistas. De no haberlo hecho, hubiéramos perdido esos derechos.

El promotor del proyecto, la empresa Minera Panamá, no quiso cumplir con su compromiso firmado con el Estado, que la obliga a financiar la exposición de los hallazgos bajo nuestra curaduría, ya que fuimos los arqueólogos encargados.

¿Cuál es el concepto de ‘Linajes ancestrales’?

CF: Que se muestra la totalidad del ajuar funerario que encontramos. Nunca se había hecho en Panamá. Vista la escala y la cantidad de materiales, decidimos ponerlo todo en una misma sala para que el visitante experimente el ritual. Y lo explicamos todo con una serie de paneles provistos de textos y fotografías, una vitrina con todas las piezas y una serie de planos con la ubicación relativa de cada una de ellas.

Recreamos el entierro más profundo con piezas de oro en forma de perros: colgantes zoomorfos que no se habían encontrado antes y que datan del siglo XII D. C. Uno de los principales desafíos de la investigación arqueológica es devolver a las comunidades locales la información y memoria de lo que se extrae, analiza e interpreta.

Es decir, devolverles su historia. Muchas comunidades resienten haber apoyado a los científicos, que a menudo son extranjeros, pues no devuelven el conocimiento que rescataron en sus investigaciones. Con nuestra exposición, “Linajes ancestrales”, el reto es doble porque participamos en un proyecto ambicioso cuyo promotor se rehusó a hacer la exposición ni darnos esa oportunidad.

Asumimos los costos económicos y personales de llevar adelante algo que no era, en principio, nuestra responsabilidad financiera. Y nos comprometimos a hacer la mejor presentación posible en un lugar de tanta significación como es el Museo de Penonomé.

Los arqueólogos y especialistas debemos devolver la información a la comunidad y al mundo para dar a entender que los hallazgos no deben guardarse en una bodega o laboratorio ni sacarse del país. Deben ser parte del patrimonio de todos.

‘Linajes ancestrales’ se inaugura el 16 de enero en el Museo de Penonomé.
Lo Nuevo