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- 12/04/2026 00:01
A Henry Gorgona le sobran vivencias del espectáculo tomando en cuenta que desarrolló una carrera musical en los años de 1980 y compartió proscenio y tertulias con las estrellas que retrata en su obra.
La memoria, si no se escribe, se diluye; se fragmenta en recuerdos imprecisos, en evocaciones que terminan por desvanecerse y contándose desde puntos de vista, no desde la realidad. Este libro intenta detener ese proceso: darle permanencia a lo que durante años ha habitado en la oralidad y en la experiencia dispersa. No se trata de recordar artistas, sino de comprender su lugar en la construcción simbólica del país. La música popular panameña no es un elemento decorativo ni un simple acompañamiento festivo; es una forma de pensamiento.
Inmortales trasciende el homenaje. Es material de consulta obligada para todo aquel que asuma la responsabilidad de comunicar nuestra cultura. Porque no se puede proyectar lo que no se conoce, ni preservar aquello que no ha sido comprendido en su verdadera dimensión.
La música en Panamá nunca ha sido un acto aislado. Está ligada a las celebraciones, a los duelos, a los encuentros. El libro intenta mostrar eso: cómo, tanto en la ciudad como en el interior, la música ha sido un tejido invisible que conecta generaciones, que articula identidad y que ha servido como espacio de resistencia y afirmación cultural.
Existen generaciones mayores que resguardan esa memoria con afecto, casi como un patrimonio íntimo; sin embargo, en muchos casos no ha habido una transmisión estructurada de esas vivencias. Se recuerda, sí, pero no siempre se documenta.
En la década de 1970 circulaban cancioneros, álbumes de figuritas y revistas panameñas que contribuían a fijar fragmentos de nuestra memoria nacional. Eran esfuerzos valiosos que hoy parecen haber quedado relegados, sin continuidad ni relevo.
A esta realidad se suma una carencia aún más profunda: poco o casi nada se ha desarrollado, de manera sistemática, en materia de preservación de la memoria musical del país, tanto en el ámbito escrito como en el audiovisual. En archivos privados —como los de Juan Carlos Tapia en PROTESA— se conservan registros de incalculable valor de algunos grandes intérpretes panameños; sin embargo, a nivel institucional no existe una dependencia encargada de ubicar, curar y preservar nuestra historia televisiva y musical como parte de una política cultural sostenida.
Por otro lado, encontramos a las nuevas generaciones, que muestran una curiosidad genuina, pero que carecen de referentes accesibles, organizados y confiables. No es desinterés: es ausencia de puentes. Es en ese vacío donde Inmortales encuentra su razón de ser. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un punto de partida.
Bárbara Wilson o Cutito Larrinaga no solo hicieron música: la encarnaron. Representan una época en la que el oficio exigía disciplina, sensibilidad y una profunda conexión con el público. Ambos con dos géneros distintos, ella con el jazz y Cutito con el bolero filin en transición a la balada, cimentaron con sus espectaculares carreras el tapiz sonoro de nuestro país. Ayudaron a consolidar estilos, a formar audiencias, a marcar un sendero para los artistas emergentes del momento, y a dignificar el ejercicio musical en Panamá.
El rigor. Eran músicos formados en la práctica constante, en el respeto por el oficio. El Panamá de esas décadas era el despegue de los artistas más renombrados de Latinoamérica y ellos, los nuestros, demostraron calidad en la alternabilidad, y otros muchos formaron parte de orquestas internacionales consolidando así su profesionalismo. Algunos transitaban con naturalidad entre géneros.
Ambas orquestas han sido verdaderas escuelas. Espacios donde no solo se formaron músicos, sino donde se forjó una ética del oficio, se pulieron repertorios y se consolidaron estilos.
David Choy marcó un punto de inflexión al transformar el sonido de “Combos nacionales”, particularmente con su incursión en el Grupo Skorpio, introduciendo una estética más moderna y sofisticada con la inserción de teclados en el género. Posteriormente, su visión se amplió al incorporar el tambor folclórico en espacios tan inesperados como las cuñas comerciales.
Roberto Delgado representa la consolidación de una trayectoria impecable. Su labor como director de la orquesta que acompaña a Rubén Blades —con múltiples reconocimientos y premios— no solo ha elevado el estándar de ejecución, sino que ha colocado el nombre de Panamá en los más altos escenarios del mundo.
Los carnavales han sido un verdadero laboratorio. Allí la música no solo se interpreta: se prueba, se transforma, se adapta al pulso de la calle y se comparte con una intensidad que difícilmente se reproduce en otros espacios. Han sido fundamentales en la circulación de repertorios, en la creación de nuevas piezas y en la reafirmación de tradiciones que, sin esos escenarios abiertos y multitudinarios, probablemente se habrían diluido con el tiempo.
Los carnavales han generado una musicalidad tan arraigada que hoy piezas como La Murga de Panamá, Pescao (La Reina Roja), Carnaval en la Central o El Mogollón se han convertido en emblemas sonoros.
El productor es una figura decisiva. Es quien ordena, articula y potencia un show. Fernández y Manzo encarnan ese oficio silencioso.
Fernández ha sido la columna vertebral de múltiples proyectos artísticos, no solo en el ámbito nacional, sino también en producciones de alcance internacional. Su nombre está íntimamente ligado al éxito de las Teletones 20-30 de Panamá.
Manzo representa una vertiente decisiva: la del mediador cultural. Su labor como periodista de espectáculos y agente teatral le permitió impulsar y visibilizar las carreras de numerosos artistas panameños. Yoni generaba oportunidades y contribuía a la consolidación de la escena musical.
La producción de espectáculos es el puente más eficaz entre la tradición y el presente. En un país como Panamá —donde gran parte de nuestra herencia musical ha sido transmitida oralmente y desde la práctica viva—, el espectáculo se convierte en un espacio esencial de continuidad. Un espectáculo bien concebido no solo entretiene: educa, conecta y preserva.
El equilibro se dará en la medida en que la música dialogue con el mercado, pero sin someterse a sus caprichos. Cuando la rentabilidad se convierte en el único criterio, la creación corre el riesgo de vaciarse de contenido. Nuestra música nace de procesos culturales, de mestizajes, de territorios y de memorias que no pueden ser reducidas a fórmulas comerciales sin perder su sentido.
Se necesitan políticas culturales claras y sostenidas que incentiven y apoyen a los creadores y que generen espacios reales de circulación para propuestas que no responden exclusivamente a la lógica del consumo inmediato. Es imprescindible la formación de públicos. Educar el oído y el sentido crítico —desde la escuela, los medios y los espacios culturales—.