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Grupo Frontera: ‘Nuestra música abre un espacio de confianza donde es posible expresar lo que se lleva dentro’
- 23/04/2026 00:00
Hay artistas que llegan a la fama con un discurso perfectamente construido. Y hay otros que todavía hablan como si todo les siguiera sorprendiendo. Grupo Frontera pertenece a esa segunda categoría.
En una conversación vía Zoom con La Estrella de Panamá, Adelaido “Payo” Solís no se presenta como el rostro de un fenómeno global, sino como alguien que aún recuerda —con una mezcla de incredulidad y orgullo— los días en que todo comenzaba en escenarios pequeños.
“Fue algo súper genuino”, dice, casi como si intentara explicarse a sí mismo la magnitud de lo que vino después. “Nosotros empezamos tocando en quinceañeras y bailes pequeños... era lo que normalmente se hacía de donde somos”.
La historia, contada así, no tiene épica prefabricada. Tiene, más bien, la textura de lo cotidiano. De lo que crece sin estrategia, pero con intuición.
El grupo musical se presentaría en Panamá hoy, 23 de abril. Sin embargo, un comunicado de la productora Magic Dreams anunció la suspensión del espectáculo mediante una publicación en Instagram el pasado 21 de abril, en la que atribuyó la decisión a “motivos logísticos y de producción fuera del control del artista”.
Si hay un punto de quiebre, Payo lo ubica con precisión: No se va. No como un éxito más, sino como una frontera invisible entre dos versiones de la misma historia.
“La quinta canción que nosotros decidimos grabar y soltar... fue la de No se va. Y ya después eso todo literalmente nos cambió la vida”.
La frase no necesita adornos. Tampoco exagera. A partir de ahí, el crecimiento fue tan acelerado como desordenado. Porque mientras la música avanzaba, el conocimiento sobre la industria iba varios pasos atrás.
“No sabíamos qué hacer, la verdad”, admite. “Literalmente buscábamos en internet cómo registrar una canción... cómo distribuirla en las plataformas de música”.
La imagen es potente: un grupo que hoy llena escenarios aprendiendo desde cero, sin disquera, sin estructura, sin manual.
“Somos artistas independientes”, dice, como quien reconoce una condición que fue más necesidad que decisión estratégica.
En medio de ese ascenso, hay algo que —según insiste— no cambió: ellos mismos.
“Yo pienso que nadie de nosotros hemos cambiado”, afirma. “El grupo sí ha evolucionado mucho... nuestro sonido”.
Esa evolución, sin embargo, no responde a tendencias externas, sino a una búsqueda interna. De una cumbia norteña más tradicional hacia lo que hoy define como “una cumbia moderna”, con matices urbanos, pero sin perder la esencia.
Más que reinventarse, Grupo Frontera parece haberse afinado.
Hay una constante en su música que no pasa desapercibida: el desamor. Canciones que duelen, pero que se bailan. Letras que evocan pérdidas, pero que se corean con euforia.
Payo no esquiva esa contradicción. La nombra.
“La gente escucha nuestra música porque está dolida”, dice sin rodeos. Y añade algo más complejo: “Puedes estar en el momento más feliz de tu vida... pero escuchas una canción de nosotros y recuerdas algo que no era tan feliz”.
Ahí se explica, en parte, el nombre de la gira: Triste, pero bien cabrón.
“Ellos van a sentir esa tristeza de nuevo, pero pasarla muy bien”, dice.
No es solo música. Es una forma de procesar emociones colectivamente.
En los conciertos, esa conexión se vuelve tangible. Payo recuerda una escena con la precisión de quien no ha podido olvidarla:
“Había un señor en primera fila... estaba llorando, golpeando la reja, sintiendo la canción con todo su corazón”.
No hay distancia entre artista y público en ese momento. Solo una emoción compartida que atraviesa todo.
“Yo siento que nuestra música abre un espacio de confianza donde es posible expresar lo que se lleva dentro”, agrega.
El crecimiento de Grupo Frontera no ha sido aislado. Forma parte de una expansión más amplia de la música regional mexicana hacia audiencias globales.
Un lugar que, según Payo, prefieren asumir con cautela.
“Nos han dicho que somos de los que están adelante en este movimiento... y nos da un chorro de orgullo”, reconoce.
Pero ese reconocimiento viene acompañado de otra sensación:
“Sí te da un poco de miedo... querer darle más a la gente”.
La presión existe, pero no define el proceso.
“Tenemos que recordar que estamos haciendo lo que queremos hacer”, dice. “La gente se enamoró de nuestra música porque la decíamos con sentimientos”.
Y hay una regla que no se negocia: “Si una canción no nos gusta a nosotros, no la sacamos”.
Las colaboraciones con figuras globales han sido parte clave de su crecimiento. Pero más allá del impacto mediático, Payo habla de aprendizajes.
Sobre Shakira: “Nos enseñó que no importa cuánto tiempo lleves... tienes que seguir trabajando. Es muy perfeccionista”.
Sobre Bad Bunny: “Es la persona más humilde que he conocido... nunca pierde los pies en la tierra”.
Sobre Maluma: “Todo lo que haces, hazlo con amor... disfrutar el momento”.
Lecciones distintas, pero con un punto en común: la forma de sostenerse en el tiempo.
Detrás del escenario, hay otra historia menos visible: la del miedo.
“Me daba miedo hablar”, confiesa. “Yo nomás iba a cantar... que los demás hablen”.
La distinción que hace es reveladora: “Cantar y hablar son dos cosas diferentes... hablar, puedes decir algo mal”.
Ese temor no desapareció de golpe. Fue un proceso. El punto de quiebre llegó en un lugar inesperado: Coachella.
“Vi a Bad Bunny en el escenario... y dije: yo quiero ser así”.
Desde entonces, algo cambió. “Poco a poco fui intentando... y ahorita lo estoy haciendo bien”, dice, con una seguridad que no suena ensayada.
Cuando habla del presente, Payo lo hace sin grandilocuencia. No hay discurso de consagración. Hay, más bien, una noción de proceso.
“Van a ver a un Payo más desarrollado... más en su prime”, afirma. No lo dice como una declaración de superioridad, sino como una constatación de crecimiento.
Un artista que hace pocos años no se atrevía a hablar en el escenario, ahora se reconoce en una versión más segura, más cómoda en su propia voz.
El éxito ha traído nuevos públicos. Y con ellos, nuevas dinámicas.
“Los fans que han estado desde el inicio... se sienten más, vibran más”, explica. Mientras que los nuevos llegan desde otro lugar, descubriendo el repertorio poco a poco.
“Ahí te das cuenta quiénes tienen rato con nosotros”, dice entre risas. Pero en ambos casos, la conexión existe. Solo cambia la intensidad, la historia detrás de cada canción.
En medio de todo —del crecimiento acelerado, de las colaboraciones globales, de la presión— hay algo que permanece intacto: la forma en que Grupo Frontera entiende la música.
No como una estrategia. No como una fórmula. Sino como un lugar donde sentir sigue siendo más importante que sonar perfecto.
Y quizás por eso, en un mundo donde todo parece calculado, su mayor fortaleza sigue siendo esa: parecer —y ser— profundamente reales.