La jefa de gabinete del MEF defiende la urgencia del proyecto de ley de sustancia económica. Explica cómo esta normativa busca modernizar el sistema fiscal...
- 19/05/2026 00:00
Dramaturga, escritora, y directora teatral, la trayectoria de Isabel Burgos ha estado marcada por el cruce constante entre la literatura, el teatro y la reflexión sobre la identidad panameña.
En conversación con La Estrella de Panamá, la autora —ganadora del Premio Ricardo Miró en dos ocasiones (2014 y 2018) y una de las voces más activas del teatro contemporáneo panameño— repasa sus inicios en el teatro universitario, su transición desde la publicidad hacia las tablas y el proceso que la llevó a consolidarse tanto como dramaturga como cuentista. También reflexiona sobre los desafíos que enfrentan las mujeres en el ámbito cultural, la importancia de valorar la identidad panameña desde sus múltiples expresiones y el papel de la cultura como espejo de la sociedad.
Actualmente está inmersa en la puesta en escena de ‘Fuenteovejuna Cimarrón’, un proyecto sobre libertad y resistencia que se presentará del 21 al 24 de mayo en el Teatro Nacional.
¿Desde cuándo empiezas a creer que las artes son lo tuyo?
Desde siempre, porque vengo de una familia en la que las artes cumplen un papel muy importante. En mi familia todos somos músicos o estamos en alguna área artística. Mi mamá y mis abuelos siempre pensaron que un ser humano completo tenía que tener una formación integral que incluyera las artes; decían que eso “le saca brillo a uno”.
Así que mis hermanos y yo estudiamos música desde muy chiquitos. Yo entré al plan juvenil de la Orquesta Sinfónica Nacional con el método Suzuki a los cinco años, por lo que desde esa edad estoy relacionada con el arte. Toda la vida, durante la escuela, estuve interesada en la música y también en escribir. Participaba en concursos de redacción y mi profesor de literatura, Abel Castillo, siempre me guió y me inspiró a que siguiera escribiendo.
Sin embargo, cuando me gradué de la escuela no había una Facultad de Bellas Artes, así que como lo que me gustaba era escribir, entré en la carrera de Comunicación Social pensando que me iba a dedicar al periodismo. Ya en la universidad, ingresé al grupo de teatro. Mi mamá era profesora en la Universidad Santa María La Antigua (USMA) y durante toda mi secundaria me llevaba a ver las obras del Teatro Universitario. Yo pensaba: “Cuando me gradué, quiero ir a la USMA para entrar al grupo de teatro”. No estaba pensando tanto en la carrera, sino en el grupo de teatro, y así fue desde el primer verano. Entré y me quedé allí hasta el final de la carrera.
Uno se propone cosas y tiene una ilusión, pero la vida te va llevando por otros caminos. En lugar de terminar trabajando como periodista, quedé como redactora creativa en una agencia de publicidad. Luego nacieron mi hijos y me separé un poco del teatro y del mundo artístico, porque es una época de la vida en la que uno está tan enredado y todo va tan rápido que me dediqué por completo a mi trabajo y a mi casa; ya no tenía tiempo.
Cuando mis hijos estuvieron un poco más grandes, decidí regresar al teatro. Regresé con una obra que fue una verdadera osadía porque era un drama muy grande: ‘Cristóbal Colón’, del escritor griego Nikos Kazantzakis, y la presenté en el Teatro En Círculo. Es una obra pesada y seria, y decidí dirigirla cuando mi única experiencia en dirección era la que había recibido como actriz. La produje, la dirigí, la monté y, orgullosamente, te puedo decir que no perdí dinero.
A partir de ahí decidí quedarme para siempre trabajando en teatro. Me asocié con Stella Lauri y estuvimos produciendo juntas por muchos años. Luego abrimos la sala de Teatro La Estación junto a Thyrza Guerrero, Isabel Castrellón, Ricardo Dormoy y Stella Lauri. Ya con una sala propia y teniendo el espacio se hace más fácil, menos complicado, y vas adquiriendo la experiencia para producir, dirigir y dedicarte a otras áreas.
En ese tiempo también decidí empezar a escribir teatro, básicamente porque no encontrábamos textos infantiles y queríamos rebajar los costos de producción, ya que los derechos de autor hay que pagarlos. Pensé: ‘Me voy a escribir una’. Así empecé a practicar con las obras infantiles. Hasta que un día encontré un texto viejo que tenía guardado en el fondo de la computadora, lo saqué, lo terminé, le puse un lazo y lo metí en el Concurso Ricardo Miró del 2014. Para sorpresa de todos, y sobre todo mía, ganó ese año. Esa obra es ‘Tránsito’, que el año pasado volvieron a montar unos productores en Panamá al cumplirse diez años de haber sido premiada. Luego volví a participar y gané con Los Inocentes en 2018. He seguido escribiendo dramaturgia eventualmente.
Esto me ha servido mucho ahora para el montaje de ‘Fuenteovejuna Cimarrón’, porque la dramaturgia es un músculo que uno va desarrollando. Y en ese trayecto, antes de escribir teatro, empecé a escribir cuento. Tomé unos talleres con Carlos Wynter Melo y publiqué un par de libros de cuentos: ‘Letras minúsculas’ y ‘Segunda persona’. Creo que ese es el género en el que más cómoda me siento; en el fondo soy cuentista.
¿En qué fase te sientes más cómoda? ¿En la de escritora o en la de teatrista?
Son como épocas o momentos. Hay momentos en los que necesito escribir y otros en los que ya me pica el pie por subirme a un escenario. Me siento cómoda en ambas, son cosas que se complementan. Leer teatro te hace entender la estructura teatral, y leer cuentos o novelas también te aporta; una cosa alimenta a la otra. Al final, las historias son las historias y lo único que cambia es el medio. Lo importante es encontrar una historia rica, que uno sienta que tiene un interés importante para el lector o el espectador, y luego pensar: “¿Esto es un cuento o una obra de teatro?”.
Las historias vienen con su propio ‘sombrerito’. A veces empiezas a escribir pensando que es un cuento y te das cuenta de que tiene demasiadas facetas y que tendrá que ser algo más largo, como una obra o una novela. Las historias mismas vienen con su propia complejidad para indicarte a qué género pertenecen.
Haces comedias que hagan reír pero reflexionar a la vez, ¿no es así?
Sí, a mí me gusta utilizar casi como un engaño para el público. Al principio busco romper esa resistencia que pueda haber en los primeros minutos de la obra, cuando la gente todavía se está acostumbrando a la oscuridad de la sala y empezando a conocer a los personajes. Quiero que la gente se relaje, piense que va a ser divertido y se ría, pero poquito a poco los voy metiendo en la historia para después darles una dosis de realidad: unos momentos dramáticos que te raspen por dentro. Sin embargo, me gusta regresar siempre a lo ligero y a lo alegre, porque pienso que al final los panameños somos así; sacamos chistes en los momentos menos oportunos y más dramáticos.
¿Y qué te gusta escribir más, drama o comedia?
Creo que me inclino un poco más por la comedia porque el público se merece una esperanza, salir con una buena noticia del teatro. No siempre tiene que ser así; los griegos hacían estas grandes tragedias, pero creo que hoy vivimos en un tiempo duro y la gente recibe muy bien el salir del teatro con una sensación positiva.
¿Tú crees que ha habido apertura para la mujer en el ámbito cultural panameño en estos años? ¿Cómo lo ves desde tu experiencia?
Lo que he comprendido es que para la mujer siempre es un poco más difícil dedicarse al ámbito cultural por la carga que tiene en el hogar. No es lo mismo para un hombre que tiene un trabajo, va a su jornada y luego se puede dedicar a la cultura, que para una mujer que va al trabajo, regresa a la casa a encargarse de todo y después debe encargarse de la cultura. Ya lo decía Virginia Woolf en ‘Una habitación propia’: para poder escribir se necesita tener un espacio de silencio mental para la creación, y eso no es fácil para una mujer. Digamos que el hombre suele contar con el apoyo de una mujer en casa que le soluciona esa parte de la vida.
Para las mujeres siempre es más difícil comprometerse. Tienen que tomar decisiones muy drásticas para entregarse por completo a un trabajo artístico y dedicar su vida al arte. Eso requiere un compromiso demasiado grande. Por eso tal vez veo que en los talleres del Ministerio de Cultura siempre hay más mujeres que hombres, pero a la hora de los premios, los ganan más los hombres.
Es una situación curiosa. Por un lado, conozco perfectamente el sentimiento de las mujeres de sentir que nunca están listas, que a su obra todavía le falta algo. El de los hombres suele ser lo contrario: “Por supuesto, que puedo hacer esto y me voy a ganar el premio”. Eso hace que más hombres participen en los concursos. Sin embargo, en general, las mujeres se están educando y especializando más; asisten más a las escuelas de arte y de música. Pero hay que hacer un trabajo psicológico con las mujeres para convencernos de que sí podemos y de que estamos listas. Hubo un año, por ejemplo, en el que yo gané el Miró y de las cinco categorías, cuatro éramos mujeres y un hombre; pero luego hubo otro año en que los cinco ganadores fueron hombres.
Tal vez se trata de eso: un poco de unidad y de buscarnos nosotras mismas los espacios que no se nos dan tan naturalmente.
¿Qué es de un país sin cultura?
Es que la pregunta más bien es si somos un país que respeta y le da el valor que tiene su cultura. Porque la cultura existe; donde existe el hombre, existe la cultura. Lo que tenemos que aprender es a darle valor, mostrarla, comunicarla, darle importancia y enseñarle a la gente a amarla. No tiene nada de malo que hablemos así o que comamos así; al contrario, eso es lo que nos representa y lo que somos.
Debemos darle un giro a la mentalidad de la gente: así como amamos la pollera y la bandera, debemos amar nuestras otras manifestaciones culturales como las de los pueblos indígenas o afrodescendientes porque son representaciones de quiénes somos. La cultura es un espejo en el que nos vemos reflejados.
Yo veo, por ejemplo, que la gente dice: “Ay, qué mal hablamos aquí en Panamá”. No hablamos ni bien ni mal, hablamos como hablamos los panameños; esa es nuestra manera de hablar. Siempre nos estamos comparando con un canon que no es el nuestro. Ese es uno de los temas que tocamos en ‘Fuenteovejuna Cimarrón’: cómo nuestros cánones literarios e idiomáticos siguen siendo los del opresor o el colonizador.
Debemos aprender a amar eso que somos, darle importancia y subir al pedestal que se merece al producto cultural, al estudio de la cultura y a las artes.
¿Cómo intentaste impulsar todo esto desde tu gestión como Directora Nacional de las Artes del Ministerio de Cultura?
Todo esto que te acabé de contar lo aprendí trabajando en la institución. Ojalá la gente entendiera realmente qué es la cultura cuando se usa esa palabra. A veces dicen: “Es que en este país no hay cultura”. No, no existe un país sin cultura. La cultura está ahí, es como el aire que respiramos y la manera en la que pensamos; la forma en que enterramos a nuestros muertos, cómo vemos el mundo, nuestra idiosincrasia y nuestras emociones. Todo eso es cultura.