Los libros de mi madre

  • 17/05/2026 00:00
Como hago frecuentemente, el lugar seleccionado por mí era el pueblo Los Llanos, donde nació mi abuela, y donde mi madre hacía sus vacaciones escolares, y no me resulta difícil imaginarla sin un libro entre las manos

Me gustaría comenzar con la pregunta, si un libro, o un conjunto de libros, puede acompañarnos toda la vida. Hay libros que, aparentemente, pasan al olvido, porque están metidos en la cotidianidad de nuestras vidas. Pero, de alguna u otra manera, se nos recuerda qué tan importante han sido los libros para nosotros. Recuerdo, en una ocasión, que estaba sentado en el río Bayano, con un libro entre las manos, y se me acercó un lugareño de la región. Para leer había desplegado una silla sobre un montículo que me daba una perspectiva bastante amplia del río en aquella tarde de verano.

Como hago frecuentemente, el lugar seleccionado por mí era el pueblo Los Llanos, donde nació mi abuela, y donde mi madre hacía sus vacaciones escolares, y no me resulta difícil imaginarla sin un libro entre las manos. Por su apariencia, el lugareño ya era un señor mayor, que había llegado al Bayano, proveniente de las provincias centrales.

Lanzó una mirada a la corriente y comenzó a relatarme antiguas anécdotas del Bayano, de sus cocodrilos y sus gatos, y después de terminar de relatarme cómo le había disparado a un cocodrilo, montado sobre su piragua, miró, desde la distancia de dos metros, el libro que estaba leyendo. Dejó de hablar por un momento. Y señalando con su dedo índice el libro me preguntó si estaba leyendo La Biblia. Lo que menos esperaba aquella tarde era esa pregunta.

Después de decirle que no y sin tampoco revelar lo que estaba leyendo, él se retiró cuesta arriba hacia el pueblo. Miré mi libro y me quedé pensando en su pregunta que pudo ser porque era un libro grueso o porque asocia La Biblia a la lectura. No importa cuál pudo ser el motivo de su pregunta, pensé que hay libros que nos acompañan toda la vida, libros que, de una u otra manera, seguimos leyendo en el transcurso de los años. Son libros que se nos quedan en la memoria, porque forman parte de una experiencia personal, un recuerdo o algo muy especial en nuestras vidas. Podría relatar qué libros se me han quedado siempre.

He crecido, por supuesto, viendo y leyendo, tocando y oliendo libros, pues para alguien como yo, cuya madre compraba enciclopedias a plazo, estar rodeados de libros era lo más normal en su vida. A cuántas casa no he entrado y veo que no hay ningún libro. Hay de todo, menos un libro.

No pertenezco, sin embargo, a los que dicen, creen o pretenden hacer del libro la medida de todas las cosas. O que asumen que la lectura o el libro deben cumplir alguna misión. Estoy muy lejos de ello. Para mí, los libros, son algo tremendamente personal. Y ahora que abundan los libros digitales, debo decir que aprecio mucho más los libros que puedo leer a la manera de mi madre. Ella los tenía por toda la casa, los subrayaba, y no puedo contar las veces que me dormí escuchando la punta del lápiz sobre el papel. Tantos libros he conservado de ella, el rastro del lápiz, y de vez en cuando descubro los garabatos míos sobre un libro que rondaba por la casa. Goethe, Pascal, Sartre.

Recuerdo aquella vez que recitó, en la cama, un poema de Rubén Darío...<>. Hasta hoy día no termino de reconstruir la imagen de mi madre, hasta un punto que mi hija, no pocas veces, me ha dicho que yo la idealizo. Puede ser, sí. Pero esa imagen de mi madre se refuerza con cada anécdota familiar sobre ella, como cuando mi tía, hermana de mi padre, me relató que mi abuela decía que mi madre tenía un gran problema: se la pasaba leyendo.

Cierto, yo no me la puedo imaginar sin un libro. Y recuerdo aquella vez, cuando ella estudiaba en Paris, en los setenta, a sabiendas que había conocidos que nos apuñalaban a mi hermano y a mí con decirnos que éramos huérfanos, que mi abuela puso en mis manos un libro que ella había enviado para mis cumpleaños. Eso fue como un obsequio del cielo.

Al volver a Panamá, después de muchos años de vivir en Alemania, le he dedicado muchas horas a recuperar y clasificar los libros de mi madre. Los he limpiado de la humedad y los he desempolvado. Y le he dicho a mis hijos que una de las razones por las cuales tengo y conservo un apartamento en Panama es porque deseo conservar los libros de ella. Les he indicado exactamente qué libros tienen el mayor valor para mí.

Le tengo especial cariño a los Clásicos Jackson, empastado en verde, que pertenecen a un mundo desaparecido, humanista y clásico, un mundo con el que se formaron generaciones de lectores latinoamericanos, un mundo donde se podía conversar, reflexionar y debatir. No es que ahora no se pueda hacer, pero ya no es lo mismo.

Algo se ha perdido en el camino, una cierta aura por la lectura y la escritura, libres del aparato funcional, donde el experto ha reemplazado al sabio y al intelectual, al humanista y al ensayista Y en esos clásicos está el nombre de Borges, cuyo nombre es, como quiso mi madre, el de mi hermano, explicando la Divina Comedia de Dante en la introducción.

Y allí están los clásicos cumpliendo todavía su cometido, útiles, sujetas al trabajo y al lápiz que los subraya sin cesar. En los trajines de las mudanzas se han perdido dos tomos, La vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, de Giorgio Vasari, y el segundo volumen de Don Quijote. Sin embargo, ando por el mundo preguntando, en librerías y colecciones, si hay esos tomos. Le he preguntado a Fernando Fraguela, de La Cultural, que, según creo, es la última librería de barrio, y a quien recuerdo desde que éramos niños. Crecí en Perejil, en los sesenta, y yo solo tenía que cruzar la calle.

Y cada vez que regreso a Panamá, voy a La Cultural, que es un rito de vida, y nunca he salido de allí sin mis tesoros, que son esos libros que me asaltan en cada visita. Ella siempre cumple con lo busco y, además, me prepara sorpresas de ediciones primerizas. Es así que desde donde escribo este artículo, desde la ciudad del sabio y viajero Humboldt, quien quiso unir la investigación y la enseñanza, me pregunto qué habría sido de mi vida sin los libros de mi madre. Libros que andaban por la casa, por la recámara, por la sala y por el balcón. Libros en español, inglés y francés, en fin, me pregunto qué habría sido de mi vida sin ella.

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