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Milagritos o exvotos: objetos de fe, arte popular y memoria viva de Panamá
- 12/01/2026 00:00
Pequeños objetos, como ofrendas, han acompañado durante siglos la relación entre las personas y lo sagrado. Colgados en muros laterales de los templos, apoyados en rincones o depositados discretamente ante una imagen venerada, los llamados milagritos o exvotos forman parte de una tradición viva en Panamá.
Estas ofrendas, cargadas de gratitud, miedo, esperanza y promesa cumplida, no solo expresan fe, sino que también constituyen manifestaciones de arte popular y son verdaderos archivos de memoria colectiva. En ellas, la experiencia íntima del milagro se transforma en objeto y lo cotidiano se inscribe como testimonio cultural que conecta el pasado colonial con la vida contemporánea y la identidad panameña.
La palabra exvoto proviene de la frase latina ex voto suscepto, que significa “por la promesa cumplida”. Se trata de un objeto entregado a una divinidad o un santo como agradecimiento por un favor recibido. Puede ser una pintura, una nota manuscrita, una fotografía, una vela, una prenda de vestir, una joya o una pequeña figura simbólica. Más allá de su forma, el exvoto es una historia hecha materia: un relato personal que se vuelve visible y compartido.
Aunque hoy se asocian principalmente al cristianismo, los exvotos tienen un origen mucho más antiguo. En la Grecia y la Roma clásicas, los fieles ofrecían figuras de barro o metal tras una curación o un peligro superado. Estas representaban partes del cuerpo sanadas (piernas, brazos, corazones) o escenas de la vida cotidiana transformadas por la intervención divina, y eran depositadas en templos como testimonio público de gratitud.
Con la llegada de los españoles a América a partir del siglo XVI, los exvotos se incorporaron al proceso de evangelización. Los misioneros trajeron consigo no solo la doctrina cristiana, sino también prácticas devocionales como los objetos votivos y las pequeñas pinturas narrativas conocidas como retablos.
Sin embargo, en el contexto colonial americano, gran parte de la población, sobre todo la indígena y afrodescendiente, no sabía leer ni escribir. Estos objetos influyeron directamente en la forma que adoptaron los exvotos: en lugar de relatos escritos extensos, las historias comenzaron a expresarse mediante imágenes, objetos y símbolos comprensibles sin alfabetización. Cada pierna de plata, cada corazón de metal y en casos excepcionales, exvotos de oro representaban un episodio de enfermedad, peligro o salvación. La imagen se convirtió en lenguaje y la ofrenda en un archivo visual de la memoria popular.
En Panamá, la tradición exvotiva llegó con el catolicismo colonial y se desarrolló de manera particular. A diferencia de otros países como México o Perú, no se consolidó una amplia tradición de retablos pintados, pero sí una rica cultura de ofrendas materiales y promesas cumplidas. Velas, cartas, fotografías, prendas de vestir, joyas y objetos personales comenzaron a poblar iglesias y santuarios, funcionando como registros silenciosos de la vida cotidiana.
Entre los espacios más emblemáticos de esta práctica se encuentran la iglesia de San Felipe en Portobelo, santuario del Cristo Negro y centro de peregrinaciones masivas cada mes de octubre; la Catedral Metropolitana de Panamá, en el Casco Antiguo, cuyos altares laterales conservan objetos votivos de la religiosidad urbana, y la Basílica Menor de Santiago Apóstol en Natá, junto a otras parroquias coloniales donde las ofrendas documentan prácticas devocionales tanto rurales como urbanas.
Santa Librada es una figura profundamente venerada en Panamá, especialmente en Las Tablas, de donde es patrona y se le conoce popularmente como “La Moñona” o “La Chola”. Es una santa, virgen y mártir asociada a la protección de las mujeres, los partos, la salud y el bienestar familiar. Cada 20 de julio, su festividad convoca procesiones, ofrendas y expresiones culturales que refuerzan el vínculo entre fe e identidad local.
Como muestra de gratitud por los favores recibidos, los devotos adornan su manto con joyas de oro y plata, cadenas, pendientes y mosquetas, así como con exvotos anatómicos que representan piernas, brazos, pechos o cabezas, símbolos directos de curaciones y protecciones concedidas. En muchos casos, incluso el cabello humano es ofrecido como promesa cumplida, convirtiendo el propio cuerpo en parte de la ofrenda.
En Portobelo, la devoción al Cristo Negro presenta una dimensión más penitencial y corporal. Cruces de madera, cadenas, velas moradas o negras, prendas de vestir, muletas y fotografías acompañan peregrinaciones realizadas descalzos, de rodillas o en profundo silencio. Aquí, el cuerpo del devoto se convierte en exvoto: caminar, cargar peso o resistir el trayecto forma parte esencial del acto de fe.
El historiador del arte David Freedberg ha señalado que las imágenes religiosas no solo representan, sino que actúan: provocan emociones, generan respuestas físicas y movilizan conductas rituales. En Panamá, Santa Librada y el Cristo Negro no son percibidos como imágenes pasivas, sino como presencias vivas capaces de escuchar, interceder y transformar la experiencia humana. Los exvotos son la respuesta material a esa relación.
Desde la antropología panameña, en sus escritos Pedro Prado ha destacado que estas prácticas no deben entenderse únicamente como actos individuales de devoción, sino como lenguajes culturales colectivos, donde se inscriben historias de dolor, resistencia, género, enfermedad y esperanza. Cada objeto dejado en un altar es también una forma de memoria social.
Hoy, los exvotos continúan transformándose. Una nota escrita, una fotografía, una vela decorada, una peregrinación cumplida o una ofrenda silenciosa funcionan como equivalentes contemporáneos de las prácticas tradicionales. La forma cambia, pero el sentido permanece.
En un tiempo dominado por lo tecnológico digital y lo efímero, estos pequeños objetos recuerdan que la gratitud necesita materializarse, ocuparm un espacio y permanecer. En Panamá, lejos del altar principal, los exvotos siguen siendo testigos silenciosos de accidentes evitados, enfermedades superadas y viajes que llegaron a buen puerto.
En su aparente sencillez, constituyen una de las expresiones más potentes del arte popular, la memoria colectiva y la cultura viva: un puente entre el pasado colonial, la experiencia cotidiana y la identidad cultural panameña.