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- 04/04/2026 20:58
“Tenemos una misión todos, y es reencontrarnos con los vinos chilenos, mostrarle al mundo que Chile tiene grandes vinos. Se tiene la percepción de que Chile solo hace vinos de volumen, que los hace muy bien. Y todos aprendimos a tomar vino con Chile. Aprendimos a tomar vinos con Tres Medallas, con 120 y son maravillosos para nuestro día a día, para la sangría, para el vino navegado, pero Chile y específicamente Santa Rita tiene una faceta muy interesante y es que hace vino de reconocimiento mundial, vinos de colección, de origen”.
Con esta introducción la sommelier Olga Herrera, gerente de vinos de Spirits Wine Group se dio inicio a una cena maridada en la que se presentaron por primera vez en Panamá, los vinos del portafolio De Origen de la Viña Santa Rita.
La velada había iniciado en la terraza Mar Azul, en el Club Unión de Panamá, donde los asistentes pudieron degustar los vinos de la línea Floresta de Santa Rita, un Chardonnay de Las Peñas, valle de Limarí, un Carmenére de Apalta, valle de Colchagua y un Cabernet Sauvignon de alto Jahuel, valle del Maipo, acompañados por pasabocas. Lo suficiente para despertar el apetito y prepararnos para la cena en el salón.
“Vamos a probar un Carmenére maravilloso, un Petit Sirah maravilloso y una mezcla bordelesa que de verdad vale muchísimo la pena. Patricia Guzmán, enóloga comercial, embajadora de Santa Rita viene a presentar estos vinos de alta gama”, así presentó Herrera a la enóloga chilena.
Guzmán, por su parte, ofreció algunos detalles sobre su carrera. La inició en casa, Chile, para luego dirigirse a Estados Unidos y luego a Australia, alejándose de los centros especializados en el Viejo Mundo. “Quería armarme más del concepto del Nuevo Mundo en la elaboración de vino”, asegura. Actualmente viaja por Latinoamérica difundiendo los vinos de Colección de Origen de viñas Santa Rita y, en el proceso, destacando las cualidades de Chile, como país productor.
“Es un país, humildemente lo digo, precioso en geografía, tiene mucha diversidad, tenemos el desierto más árido del mundo; tenemos una cordillera preciosa que nos atraviesa norte a sur, el Pacífico, de norte a sur, con la corriente Humboldt que viene del sur, genera vinos tan característicos como el vino Floresta Chardonnay que pudieron degustar, que proviene de Punitaqui en el límite del desierto de Atacama. Si no existiera el Pacífico ahí, no podríamos jamás tener un vino blanco Chardonnay de ese nivel, elegancia, finura y prestigio mundial”, afirma.
La columna vertebral de la línea Floresta es mostrar la mayor honestidad del viñedo, sostiene Guzmán. “Son vinos que vienen de uva 100% de un lugar. Son elaborados con mínima intervención, o sea, mínimos manejos de elementos adicionales y no naturales que pueda tener el viñedo”.
El Chardonnay, cuenta la enóloga es el resultado de “un suelo más calcáreo, la intervención del océano Pacífico y algo de madera de guarda; un vino muy elegante con un potencial de guarda alto, muy fresco, muy mineral”.
El Carmenére de Floresta proviene de viñedos de casi 80 años. Su fermentación es en parte con racimos completos y su proceso no involucra madera. “El desafío de la enóloga, Teresita Ovalle es poder mostrar el Carmenere desde otra mirada, una mucho más frutosa, más fresca, más jugosa, más viva.”, explica Guzmán.
El Cabernet Sauvignon proviene del pie de las montañas de la Cordillera de Los Andes, “que es pura roca en degradación. Es completamente distinto a Apalta. Es un Cabernet súper frutoso, con algo de guarda en concreto, algo de guarda en acero inoxidable y algo en roble francés”, informa.
Floresta es una línea muy gastronómica y para un público joven, que prefieren vinos más naturales, menos tradicionales, con una madera menos invasiva. Ovalle, enóloga de Floresta, una joven de 35 años es la sobrina nieta de los dueños de la viña, “conoce muy bien los terroirs, los respeta, quiere hacer vinos con la mínima intervención y juega mucho con lo ancestral y con lo patrimonial. Tiene vinos con un sello y una personalidad muy única”, destaca Guzmán.
Bougainville, inicia la cena
El empaque y la etiqueta del vino nos resulta muy familiar. Una veranera en flor sobre un fondo blanco, muy común en nuestros paisajes nos acerca a este vino. El nombre científico de la planta es Bougainvillea glabra, por lo que se conoce como buganvilia, veranera, flor de papel, trinitaria y también Santa Rita. Se dice que una buganvilia que adorna la entrada de la casona de Santa Rita Hotel casa Real, es la más antigua de Sudamérica.
Y el color de sus flores es muy similar al que presenta Bougainville, primer Petit Syrah (85-100%) de alta gama de Chile. De un color profundo, es un vino muy floral con notas de violeta, y berries, muy elegante. “Esta zona tiene mucha piedra en profundidad, por lo tanto, se sienten unas notas minerales como de pedernal. Eso es un poco lo que genera este terruño de Alto Jahuel donde está la viña y también las variaciones de temperatura entre el día y la noche. Tenemos una amplitud térmica de 20 grados. Tiene 16 meses de guarda en barrica de roble francés, solamente trabajamos con el roble francés”, informa la enóloga.
El Bougainville se acompaña de un tamal de olla que es presentado por el sous chef del Club Unión Ernesto Hernández. “Vamos a tener un tradicional tamal de olla, que es una versión simplificada del tamal panameño, el cual está a base de un guiso criollo adobado con achote y masa de maíz, acompañado con pechugas de pollo, alcaparras, aceitunas verdes y coronado con queso prensado”.
“Si se dieron cuenta el vino tiene muy buena acidez. Y esa acidez, obviamente la vamos a terminar de equilibrar con las aceitunas y con ese quesito rallado encima”, explica Herrera sobre el maridaje.
Pewén, el mejor Carmenére
El Carmenére, cepa que se creyó extinta luego de que la filoxera arrasara con los viñedos de Europa en el siglo XIX, reapareció en Chile, mezclada con plantas de Merlot que habían llegado al país antes de la plaga. Una investigación de por qué la madurez de las uvas no se daba de forma pareja dio con el hallazgo y esta cepa, que debido a las condiciones climáticas europeas no alcanzaba su mayor potencial logró hacerlo en Chile, convirtiéndose así en la cepa distintiva de este país.
“Noventa años ya tiene este Carmenére en Apalta. Es un viñedo que está en la ladera de la Cordillera de la Costa, que tiene suelos graníticos. Con los 90 años que tiene la parra hay mucho equilibrio entre la parte radicular y la parte vegetativa logrando una fruta superconcentrada, de rica estructura, de tanino suave, aterciopelado”, describe Guzmán. El vino que se fermenta una parte con racimo completo y la otra con despalillado regular tiene guarda de 16 meses en barrica de roble francés. A diferencia de otros Carmenéres de Chile este vino es 100% de esta cepa y ha sido reconocido una cuatro veces como el mejor Carmenére del mundo. “Su color siempre es un rojo profundo, como los sofás de terciopelo. En aroma es muy rico y elegante. Tiene una boca súper aterciopelada y unos taninos muy amables que hacen que sea un vino muy balanceado y equilibrado”, completa la descripción. Se llama Pewén, palabra en mapudungun que describe al fruto de la araucaria, considerado árbol sagrado en Chile.
Acompañan este Carmenére un cremoso puré de zanahoria con unas lascas tiernas de pork belly hechas al horno. “Con el puré de zanahoria queremos darle un toque dulce, cremoso a la preparación. Entonces, vamos a activar un poco la acidez del vino, pero si se fijan, toda esa nota golosa y la fruta también va a destacar”, comenta Olga Herrera.
Triple C, mezcla bordelesa
El último vino de origen presentado en la noche es Triple C, con más de 30 años de elaboración en Santa Rita. Se trata de un ensamblaje estilo Bordeaux, que contempla un 50% de Cabernet Sauvignon, cepa más cultivada en Chile donde ha logrado una muy buena expresión.
Se suma un 42% de Cabernet Franc, ambos provenientes del campo de Alto Jahuel con suelos pedregosos por la degradación de la roca madre de la cordillera de Los Andes y también por arrastres aluviales, “Ambos le entregan al vino particularidades en aroma y también en perfiles de degustación y de profundidad”. La mezcla se completa con un toque de Carmenére de Apalta. Su color es intenso. En nariz tiene notas muy profundas y persistentes, frutos rojos, notas balsámicas, lavanda, romero. En boca, taninos presentes pero sedosos y buena persistencia. La vinificación de las cepas se hace por separado, luego de 6 meses, se escogen los lotes para la mezcla y después que la mezcla está lista pasa12 meses más en barrica.
Como tercer tiempo acompañó el Triple C un lecho de risotto de hongos y un short rib con cocción prolongada y una salsa melosa de miel y romero.
“Esta es la clásica mezcla bordelesa que pide comida y aquí tenemos un poco de taninos más marcados. Por eso necesitamos más grasa, más untuosidad. También está el romero, presente en el vino, así como unas notas melosas”, detalló Olga Herrera. La cena finalizó con un coctel servido en la terraza, está terminando la estación seca, hay que aprovechar.