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22 de Oct de 2020

Cultura

El olor de la muerte

La noche que Yuri, el bombero ruso, sacó a la muchacha de 15 años de los escombros de su casa, un fotógrafo español y un camarógrafo fra...

La noche que Yuri, el bombero ruso, sacó a la muchacha de 15 años de los escombros de su casa, un fotógrafo español y un camarógrafo francés atestiguaron que, cinco días después del terremoto, seguía existiendo alguna esperanza de vida en Puerto Príncipe. Sus cámaras recogieron la cara de susto de la muchacha, su camisa amarilla manchada de tierra, cómo revivió cuando Yuri le regaló sorbitos de agua y palabras de cariño en ruso. Lo que nadie pudo percibir en la foto del diario o el noticiero fue el olor. La muchacha no olía a vida ni a resurrección ni a esperanza. Tampoco a orines ni a vómito ni a sudor. Simplemente, olía a muerte. Olía igual que su madre o su hermana o su vecino que, allá abajo, no habían sido capaces de esperar con vida y se habían ido muriendo a su lado, contagiándola de su insoportable, definitivo y nada poético olor a muerte.

Unas horas después del terremoto, Puerto Príncipe olía a polvo de una ciudad convertida en escombros. Incluso una semana después, una capa blanquecina seguía envolviendo la ciudad, otorgándole un aspecto fantasmal, dificultando la respiración. Luego, como si de una guerra se tratase, ese olor fue derrotado por otro mejor armado, con un poder de intimidación mucho mayor. A veces, el olor de la muerte llegaba por sorpresa, al doblar una esquina. Podía tratarse de un recordatorio de la muerte que los edificios seguían encerrando, o el anuncio de que uno o varios cadáveres permanecían abandonados en una esquina cercana, rígidos e hinchados, tapados apenas con una sábana sucia.

A veces el olor llegaba bañado en llanto. El de un padre que, con ramitas de hierbabuena en la nariz, imploraba para que le dejaran dar sepultura al hijos en el cementerio, ya rebosante de cadáveres. Cuando el olor de la muerte se aliaba con el sonido inconsolable de la pena de un padre o el llanto de un niño al que amputaban un brazo sin anestesia, una angustia y una rabia mucho más espesas que el polvo lo embargaba todo. Ocho o nueve días después del terremoto, el olor de la muerte fue retirándose de las calles. Lechugas muy verdes y tomates muy rojos aparecieron como señal de que la vida volvía a fluir. Pero, de nuevo, faltaba el olor. Los haitianos, que unos días antes se tapaban la nariz para conjurar el hedor de los cadáveres, ahora iban y venían por el mercado cercano al puerto -una ciénaga inmunda- como si pasearan por un jardín. Tal vez porque el olor de la muerte llegó a Haití un martes de enero y el de la miseria lo hizo hace mucho tiempo. Y se quedó para siempre. ©ELPAIS.SL.