Temas Especiales

17 de May de 2022

Cultura

"Quiero ser parte de la gente”

Nada es más evidente en Monseñor José Domingo Ulloa que su afán por formar parte de la gente. Y no es solamente porque lo diga, sino por...

Nada es más evidente en Monseñor José Domingo Ulloa que su afán por formar parte de la gente. Y no es solamente porque lo diga, sino porque todo lo que hace está encaminado hacia ello. No por nada su día empieza con un recorrido por las instalaciones del Arzobispado para saludar uno por uno a todo el personal e indagar por la salud de los que no están en su puesto. Todos le corresponden con un abrazo o con un cálido apretón de manos. Terminada esta ceremonia se dirige a su propio despacho para empezar la jornada.

Designado por el Papa Benedicto XVI como arzobispo metropolitano de Panamá, Ulloa nacido en Chitré hace 53 años, confiesa con humildad que 27 años después de haber sido ordenado sacerdote, cada vez que tiene que celebrar una misa o dar una charla todavía sufre de pánico escénico. “Empiezo temblando, pero a los cinco minutos me sereno”, cuenta el hombre de mayor rango en la iglesia católica panameña. Y su fórmula para serenarse es preparar bien el tema que va tratar y pedir la fuerza de Dios “para poder decirle ya hice lo mío y haga Usted lo suyo”, agrega.

José Domingo, el menor de tres hermanos, era extremadamente tímido desde pequeño. Quizás por eso nunca soñó con llegar a una posición tan elevada. Su contextura delgada y frágil no lo ayudaba mucho y al decir de él mismo “era un niño por el que nadie hubiera dado nada”. De joven, en el seminario, lo único que deseaba era ser “un simple seminarista” que no llamase la atención. Y aunque deseaba profundamente ser sacerdote, no se sentía capaz porque pensaba que para serlo había que pertenecer a una casta especial.

Considerado por sus colaboradores como una persona sencilla, cuando no trabaja, a Monseñor Ulloa le gusta compartir con los amigos y “hablar hasta tonterías, perder el tiempo para ganar cosas”, dice lamentándose de que la gente se comporta muy seria con él porque es un sacerdote. “A veces no quisiera hablar de temas tan trascendentales”, reflexiona, porque hacerlo todo el tiempo es en ocasiones una carga muy pesada para él.

Como norma, sus amigos son parejas de personas casadas entre sí, porque eso constituye “una seguridad en la realidad de nuestro ministerio”, enfatiza. Para él es importante “no solamente ser sino parecer” y por eso sus confidentes son generalmente las mismas personas. Y precisamente porque siente que una de las cruces del sacerdocio es no tener en quien confiar, “a veces la gente que nos rodea nos hace sentir que no somos de ellos”, dice, el Arzobispo opina que es necesario cambiar el concepto de autoridad dentro de la Iglesia Católica para convertirla en una autoridad de servicio. + 3B

VIENE DE PORTADA

Tiene el propósito de acercar la iglesia a sus feligreses para que nadie se sienta extraño en ella, y ha empezado por él mismo y su trato sencillo y cálido con la gente. En este sentido, es muy autocrítico con la misma Iglesia, al explicar las razones del alejamiento de “alguna gente” de la fe católica “no por diferencias doctrinales sino porque no hemos sido capaces de acogerla en el momento en que nos necesitaba y hemos estado ausentes de su vida”.

No obstante, acepta que otra de las razones por las que algunos católicos han dejado de serlo, es la decepción provocada por los escándalos que algunos sacerdotes han protagonizado recientemente como la paternidad del Presidente de Paraguay, Fernando Lugo, siendo sacerdote, el noviazgo y matrimonio del Padre Alberto y los casos de pedofilia protagonizados por sacerdotes, especialmente en la iglesia estadounidense.

Aún así, apela a la comprensión de los feligreses para que eviten las generalizaciones y que puedan distinguir entre algunos elementos de la iglesia y ésta como institución. “Cuando un árbol se cae, hace mucho ruido, pero cuando el bosque crece no”, dice refiriéndose a los escándalos antes mencionados. Mostrando su lado intransigente, opina que estos casos constituyen una profunda herida para la Iglesia y deben ser tratados con “cero tolerancia”, de acuerdo con las instrucciones establecidas por el Papa Benedicto XVI.

Monseñor Ulloa rechaza que el celibato – que por ahora no está en revisión, según asegura – sea otra posible causa de aquellos hechos. A su juicio se trata más de un problema de coherencia. “Cuando vas dejando de lado los medios que sostienen esta vida de sacerdocio, como la oración, la reconciliación, la celebración eucarística, cualquier cosa puede suceder”, advierte. “Nadie está vacunado contra eso”, señala, “porque como humanos que somos llevamos un tesoro en una vasija de barro”.

Con calma, tomándose su tiempo para responder a cada interrogante, el Arzobispo sale al paso a las críticas acerca de que la iglesia católica habría perdido liderazgo en la actualidad, advirtiendo que ésta actúa según los tiempos y que quizás los críticos se quedaron en aquella de los años 60, 70 y 80, que se opuso a las dictaduras militares. Hoy, a juicio de Ulloa, existen otras organizaciones que deben asumir ese papel y a la iglesia católica le toca ir en otra línea – de los valores, la moral, el orden jurídico – sin perder su función de profeta que denuncia y anuncia. Además de iluminar la realidad actual desde la perspectiva de la doctrina social, alzando la voz cuando vea que esa realidad va en contra del bien común.

Y precisamente hablando del bien común, esta autoridad se suma a las voces que critican el hecho de que se está sacrificando “la buena televisión en función del rating”. Considera que los medios de comunicación social deben ser agentes de educación de la comunidad “al proponerles – a los panameños – una nueva visión de la vida sacando lo mejor de ellos mismos”. Sugiere revisar la forma en que se dicen las cosas, lo que no significa que deba ocultarse la realidad. “No es posible que para ser exitoso debas ser narcotraficante o muñeca del cartel”, dice preocupado.

Este sacerdote no tiene reparos en confesar que a lo que más le teme, además del miedo a los escenarios, es a no serle fiel a Dios y a la iglesia católica. A la muerte no le teme por él mismo, sino más bien por la gente que le rodea. Es decir en un sentido más humano que de fe. Considera que la muerte es una materia que tenemos que ir estudiando para poder comprender la vida. “La muerte nos va a hablar del sentido de la vida, porque pensamos que ésta va a ser eterna y la desperdiciamos”, sentencia.

El nuevo arzobispo, que llora cuando “se siente envuelto en la presencia de Dios” o ante la injusticia y el dolor ajeno, demuestra que no está exento de algo de vanidad cuando tiene que meditar largamente para responder sobre su mayor pecado. Dudando, dice que “tal vez juzgar sin haberme detenido a discernir la realidad, es un pecado”. Proyectando la misma sensación de seguridad en sí mismo no duda en afirmar que está convencido de que al morir irá al cielo, porque “el que no va es porque se niega a que Dios lo lleve”.

Al concluir la entrevista toma de su escritorio - rebosante de documentos, cartapacios, un calendario, libros y un cuaderno, sobres con su nombre, un control remoto, sus anteojos y una cruz- una caja de chocolates Ferrero Rocher coronada con un enorme lazo rojo, que abre y ofrece para tentarnos, y nos despide dejando en claro que tiene que empezar a hacer ejercicios, según él “para no engordar y combatir el estrés”, que seguramente llegará con las nuevas responsabilidades.