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01 de Mar de 2021

Cultura

Oye Momo, ¿dónde estás?

Q ué gracioso, ¿no? Me refiero a lo cíclico de la vida y esa voluntad sádica de repetirse y repetirse sin ningún otro fin aparente que e...

Q ué gracioso, ¿no? Me refiero a lo cíclico de la vida y esa voluntad sádica de repetirse y repetirse sin ningún otro fin aparente que el de torturarme. Lo digo porque es carnaval.

Mejor dicho, otra vez es carnaval y, como todos los años desde que soy periodista, me asalta la misma pregunta infame: ¿De qué escribo en un día en que no me leerá ni mi madre? No se me ocurre nada. Presto atención al silencio en busca de señales. A lo lejos, cientos de talingos graznan su desdicha al mundo, apostados en la maraña de cables viejos que pueblan los cielos de la Vía Argentina; pero el barullo solo logra provocarme una gran curiosidad por salir y preguntarles qué es lo que tanto les molesta, nada más. En ausencia de respuestas, caigo en la segunda pregunta del momento, que como manda la tradición es peor que la primera: ¿Para qué voy a escribir?

Salvando las distancias –que son abismales, ya verán- me siento como el personaje de la película Groundhog Day, llamado Phil, condenado a vivir una y otra vez exactamente el mismo día. Es muy divertida. Los dos somos periodistas, salvo que él es reportero meteorológico y yo escribo de cualquier cosa. Ambos estamos atrapados en un día de febrero, solo que él en un invierno helado en Pensilvania y yo en mi calurosa jungla, que por estos días huele a culeco y serpentina. Phil debe hacer un reportaje poco estimulante sobre una marmota que todos los años anuncia cuánto tardará en llegar la primavera, mientras yo no le encuentro sentido a escribir hoy pudiendo salir a la calle a tirarle huevos a la gente.

Mentira, yo no celebro carnavales. ¿Por? Es una de las tantas cosas que no me gustan. Podría ensayar una teoría, pero prefiero ser honesto con ustedes: soy un amargado incorregible al que no le gusta nada (por si no lo han notado aún, ¡ja!). Aunque debo decir que el año pasado me tocó cubrir el carnaval de Puerto España, capital de Trinidad y Tobago, y confieso que me gustó un mundo. Como todo carnaval serio tiene su desenfreno, además de muchas actividades culturales en torno a la fiesta: la gran competencia de steelbands, la competencia para escoger el Monarca del Soca y el Monarca del Calipso, la competencia para escoger al Rey y la Reina del Carnaval, los desfiles. Mil vainas y todas muy divertidas, volvería sin pensarlo dos veces. Sospecho entonces que no me gusta el carnaval panameño, aunque en todos mis años en Argentina tampoco lo celebré y es bastante distinto al nuestro.

Ahora que recuerdo, había pensado escribir una lista de cosas más útiles y provechosas en las que podríamos invertir los 2.5 millones que gasta el gobierno en el carnaval capitalino, pero cambié de parecer. Últimamente me molestan mucho esos columnistas mala leche que disfrutan cagándose en la diversión ajena. Se creen muy listos e inteligentes, o especiales, no sé, solo porque no conciben que el mundo sea distinto a lo que ellos desean. Yo prefiero financiar un proyecto escolar que un carnaval, porque puedo prescindir de él; pero tampoco me parece tan grave. Triste, eso sí, que la fiesta de fiesta no ofrezca más que beber y beber por cuatro días (propongo más cuerpos desnudos y menos borrachos). Y muy jodido que con ayuda de mis impuestos, hayan derrocado al Rey Momo como figura del carnaval, para poner al sin gracia de Jumbo Man como protagonista y ‘cambiodemocratizar’ la parranda. Este gobierno no sabe de límites, ¡se quieren quedar con todos los puestos importantes! Muy feo, eso no se hace. Hasta para divertirse hay que ser serio.

PERIODISTA