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08 de Mar de 2021

Cultura

La manda de los porotos chiricanos

PANAMÁ. Era muy temprano y los primeros rayos de luz iluminaban la Catedral de Santiago. Arrodillados frente al altar mayor se encontrab...

PANAMÁ. Era muy temprano y los primeros rayos de luz iluminaban la Catedral de Santiago. Arrodillados frente al altar mayor se encontraban Jacinto y Pablo, dos personajes bien conocidos dentro de la comunidad santiagueña, que gozaban de la fama de haraganes y flojos.

Ellos cada año, para el periodo de las ‘mandas’ a nuestro señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya, se ingeniaban para encontrar soluciones que le facilitaran el cumplimiento de tales empeños.

Fueron tan bochornosas sus empresas que sus hazañas eran conocidas como ‘las mandas pícaras’, como también era fuerte la reprobación por parte de la Curia y de la gente de buena Fe, debido a que criticaban la facilidad, con las cuales estos dos sujetos agradecían los milagros recibidos.

Lo excepcional de todas estas historias, era que estos dos haraganes recibían cada años las ayudas pedidas.

Y cada vez que llegaba el periodo de restitución del milagro recibido —a través de las ‘mandas’— en el pueblo se comenzaban a narrar los cuentos de estos dos haraganes.

Cuentan que Jacinto y Pablo pidieron a Nuestro Señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya que le diera una ayuda para conseguir un trabajo que fuera seguro, fijo y bien retribuido, pero que no fuera de mucha fatiga, que se trabajara poco y sin tanto empeño, ni dolor de cabeza.

Por tres domingos consecutivos, Jacinto y Pablo asistieron a las misas de 6:00 y de 9: 00 de la mañana, como también a la de las 7:00 de la noche, en la Iglesia de Atalaya, rezando con mucha devoción y gran concentración mental.

EL MILAGRO

Dicen que los dos haraganes fueron llamados por el presidente de uno de los partidos políticos que había ganado las elecciones presidenciales, para nombrarlos inmediatamente con los cargos de técnico ambiental para el aseo de las playas de Santiago y el otro para funcionario encargado del censo patronal de los canguros veragüenses, con un sueldo de $3,500 y $500 de viáticos cada uno.

Milagro este que puso muy c ontentos y felices a los dos haraganes, ya que en Santiago no existen playas, ni mucho menos canguros veragüenses. Pero si como en las cosas divinas no hay que poner boca, ya que ‘leche es leche’ y los demás, cuando nacemos ‘si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos’ sin culpa del Señor, y el poder tener todavía aliento para seguir echando este cuento, es por gracia divina, continuamos bravo en la narración de los acontecimientos.

Los dos flojos —en cambio— como agradecimiento al milagro, habían prometido una dura manda, que consistía en que irían caminando desde la Catedral de Santiago hasta la Iglesia de Atalaya, colocando dentro de los zapatos, una libra de porotos chiricanos como sacrificio de agradecimiento por el milagro recibido.

Y LLEGÓ LA SEMANA DE LAS MANDAS

Los dos flojos se presentaron de mañanita temprana con una libra de porotos chiricanos cada uno y las acomodaron poco a poco dentro de los zapatos, calzándolos con gran dificultad, salieron de la Catedral de Santiago camino a la Florecita.

Habían llegado- con mucha dificultad- a la placita San Juan de Dios, que los haraganes se tiraron por el suelo, llorando y berreando del dolor, desamarrándose los zapatos y deshaciéndose de la tortura que le procuraban los porotos chiricanos.

Y así por cincos días se repitió la misma escena, con llantos de dolor y gritos de compasión, que los dos haraganes, como comedia del purgatorio, recitaban todas las mañanas en la placita del pueblo.

Para sorpresa de toda la comunidad, en el sexto día —Jacinto y Pablo— caminaron toda la manda, desde la Catedral de Santiago hasta la Iglesia de Atalaya, cumpliendo con su misión.

El obispo, que se encontraba asistiendo a los peregrinos fuera de la Iglesia de Atalaya, al ver la hazaña cumplida por los dos haraganes, se acercó a ellos, para felicitarlos y tratar de comprender cómo habían hecho para soportar tanto dolor, insistiendo con mucha curiosidad que le contaran sobre el gran sacrificio de la férrea fe en cumplir la manda. Y Jacinto, que era el más elocuente, con una sonrisa le respondió al obispo: ‘Mire eminencia, en nuestra promesa nosotros prometimos caminar con una libra de porotos chiricanos dentro de los zapatos, pero nunca dijimos cómo iban a estar los porotos, pues los hemos hervido hasta que quedaran bien blanditos y los pusimos dentro de los zapatos y así cumplimos con la manda a Nuestro Señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya’.

Dicen que el obispo se desmayo de un solo golpe y se fue recuperado en el hospital por tres meses y que para que se recuperara emotivamente, lo tuvieron que mandar dos meses a Roma para que regresara otra vez, a seguir con mucha amor a sus queridos parroquianos santiagueños.