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28 de Nov de 2020

Cultura

Diciembres malditos, otra vez

Odio este mes. Se supone que es tiempo de paz y amor, pero en realidad es la época del ‘mall’

Diciembre, hermano, hermana; diciembre, compatriotas panameños; diciembre, amigos de Latinoamérica y el mundo entero. Es el mes en el que en realidad no nació el barbón de cabello largo (Chucho, Chuito, Jesusito, Jesú), pero que igual (qué carajo) se celebra su cumple y la estrella y los reyes magos, el arbolito y mi burrito sabanero y los peces bebedores (alcohólicos) del maldito río que los parió.

Es, pues, compadres, tiempo de compartir. Tiempo, en definitiva, de compartir. ¿De compartir qué? Tiempo de compartir insultos en la calle, será. Tiempo de tragar tranque y lluvia en la ciudad caótica. Tiempo de (de nuevo, una y otra vez) sentirse más solo que nunca en la enmarañada urbe. Estamos solos en diciembre. Acaba el año y el nacimiento del Niño Dios nos encuentra solos y desalmados. La calle está loca. La calle esta loca y nos enloquece. Diciembre de cantos y luces, de foquitos parpadeantes. Diciembre de luto, de oscuridad. Diciembre de luz y artificio.

Odio diciembre. Por eso entro al bar y aquí me quedo. El bar de siempre. Aquí he dejado la sangre, en este bar he dejado las tripas, en este bar he dejado mis canciones y mi piel joven. Pero es mi bar. Y aquí estoy en diciembre. No salgo. Converso y bebo. Carne con cebolla. La vida es dura. Qué te puedo decir.

Estas navidades comeré arroz ruso de nuevo; pero mientras, la lluvia. Una cosa no tiene que ver con otra, dirá alguno. Y yo le respondo que la vida es dura y diversa y que una columna dominical no tiene por qué no serlo.

En fin, diciembre. Estamos en candela. Se supone que es tiempo de paz y amor y no sé cuántas cosas más, pero en realidad es tiempo de ir al ‘mall’, al ‘shopping center’, a las tiendas caras y a las tiendas baratas, a llenar el vacío de la vida con cosas, cosas, cosas y más cosas. Nosotros somos las cosas de las cosas, ellas nos poseen, como sugiere aquel cuento de Julio Cortázar en el que al reloj le regalan un hombre.

¡Ay, mi Panamá consumista; ay, mi Panamá de viernes negro!. ¡A la mierda!, yo escucho rock and roll. Y en el rock and roll escucho un aullido. Me voy por la tangente, dirá usted lector aburrido, pero la verdad es que me valen una completa hostia las tangentes. Por ejemplo, me cabrea cuando le trato de explicar a un extranjero lo de la brisita de navidad y se me queda mirando con cara de que no entiende un carajo, con cara de egipcio.

La brisita de navidad me hace sentir inmortal. Luego me miro al espejo y se me pasa. Claro que me voy a morir. No quiero morirme, pero si ha de ocurrir que sea en diciembre, con brisita, con el estómago lleno de tamales, pavo, jamón y toda la comida navideña habida y por haber, con un buen par de tragos de ron ponche y con música de Héctor Lavoe, la descarga navideña de la Fania. Villancicos salsosos y maleantosos para mí, por favor. Para morirme vacío, en diciembre.

MÚSICO Y POETA