La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Buenos estudiantes

Aullido de loba

A hora que, una vez más, nos enfrentamos al comienzo del año escolar. Hoy, cuando, una vez más, nos asedian las noticias de que las escuelas se asemejan a campos de batalla y que, ¡oh, sorpresa!, de nuevo, no van a estar listas a tiempo para recibir a las hordas de jóvenes ansiosos por aprender; hoy, digo, es un buen día para hacer un examen de conciencia y analizar qué queremos realmente para nuestros niños y jóvenes. ¿Qué deseamos que aprendan? Pues, por lo que veo en la publicidad, en los comerciales y por lo que leo en las redes sociales, lo que queremos es que se parezcan a nosotros.

Que sepan contar las bendiciones que les dan y los pagos que por ellas deben ofrecer, restar importancia a los principios y los escrúpulos; que resuelvan los problemas de una forma beneficiosa para ellos. Que dividan las culpas entre varios para que tiendan a menos cero. Que no se dejen vencer por el desaliento de las consideraciones morales. Que forjen alianzas para mantener sus privilegios mal habidos y que defiendan sus derechos a costa de la dignidad de quien sea, aunque ese ‘quien sea' sea su madre.

¡Pero eso no es todo! También hemos de dejarles claro, una vez más y por si no lo tienen asumido después de ver los escaparates con uniformes para preñaditas, que pueden coger entre ellos como conejos siempre que las faldas de sus uniformes no superen la altura de la rodilla, que su nuca esté perfectamente rasurada y que, claro está, la fornicación se dé entre un macho y una hembra. Esto es fundamental.

Debemos, una vez más, marcar a fuego en su cerebro que el pelo bueno es el liso, que los afros no están permitidos en las escuelas, que los piojos prefieren la algaba cuscús a la fronda lisa aunque, al estirarlo, tu cabello quede con alerón trasero, ¡ah!, y que el pelo afrodescendiente huele mal.

Debemos inculcarles, por todos los medios posibles, que está bien que un hijo chantajee a un padre, que un padre ceda al soborno, que un padre le presente a su hijo a la querida, y que le mienta diciéndole que es una tía, que el hijo extorsione al padre para no contárselo a su madre, y que, al final, la madre sea el hazmerreír de su casa. Debemos enseñarles que las familias heterosexuales son las únicas aceptadas por la ley del Dios de Israel y que está bien tener queridas (¡pero si de eso sobran ejemplos en las Sagradas Escrituras!). Pero que una familia donde se amen, donde se respeten, donde no se engañe, donde se les enseñe a los hijos decencia, honestidad, a no mentir, a estudiar y sacar buenas notas porque es su obligación, esa familia no puede aceptarse si está conformada por dos hombres o por dos mujeres, porque eso, claro está, es antinatural, ya que no pueden procrear. Y para eso, para procrear, es para lo que los machos tienen hijos con la tía, con la mujer y con la hijastra si se tercia. Para multiplicarse y poblar la tierra es por lo que los padres como deben ser les enseñan a sus retoños a ser unos perfectos hijos de puta, así, como lo son ellos.

Y los hijos bien aplicados y que se esfuercen llegarán alto y cumplirán nuestras expectativas como sociedad, serán mentirosos, tracaleros, irrespetuosos, deshonestos, indecentes, amorales, desaprensivos, impúdicos, obscenos, perdidos, sinvergüenzas, lujuriosos, aprovechados, cínicos, desvergonzados, ventajistas, granujas, inmorales, procaces, sinvergüenzas, caraduras. Pero eso sí, ¡serán heterosexuales!, y algunos de ellos quizás hasta lleguen a ser políticos.

COLUMNISTA