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- 27/04/2026 00:00
Ramiro Mendoza nació en la provincia de Los Santos, Panamá, el 15 de junio de 1972. Desde muy joven mostró condiciones naturales para el béisbol, deporte profundamente arraigado en la cultura panameña. Con su físico espigado y su potente brazo derecho, rápidamente comenzó a llamar la atención de los buscadores de talento, hasta convertirse en uno de los prospectos más interesantes del país en la década de los 90.
Su salto al béisbol profesional llegó tras firmar con la organización de los Yankees de Nueva York, una de las franquicias más históricas y exigentes de las Grandes Ligas. Luego de un proceso de desarrollo en ligas menores, Mendoza debutó en las Grandes Ligas el 26 de mayo de 1996, iniciando así una carrera que lo llevaría a convertirse en una pieza importante dentro de uno de los equipos más dominantes de su época.
A lo largo de su trayectoria, Mendoza fue ampliamente reconocido tanto en Panamá como en Estados Unidos por su característico apodo: “El Brujo”. Este sobrenombre no fue casualidad; hacía referencia a su capacidad para dominar a los bateadores con aparente facilidad, mezclando sus lanzamientos con inteligencia y precisión. Su repertorio incluía una recta de cuatro costuras, slider, cambio de velocidad y, especialmente, un sinker devastador que inducía constantes rodados.
Aunque inició su carrera en las Grandes Ligas como lanzador abridor, los resultados no siempre fueron los esperados en ese rol. Sin embargo, fue en la transición hacia el relevo donde Mendoza encontró su verdadero valor. Se convirtió en un especialista del relevo largo, capaz de lanzar múltiples entradas con gran efectividad, una cualidad sumamente apreciada en equipos contendientes.
Durante su etapa con los Yankees de Nueva York, Mendoza formó parte de una dinastía que marcó una era en el béisbol. Integró el núcleo del equipo que ganó cuatro Series Mundiales entre 1996 y 2000, consolidándose como un brazo confiable dentro del cuerpo de lanzadores. En ese entorno competitivo, compartió clubhouse con figuras legendarias, entre ellas su compatriota Mariano Rivera, con quien desarrolló una conexión especial. Ambos panameños dejaron una huella imborrable en la historia de la franquicia, siendo recordados por su consistencia y temple en momentos de alta presión.
En sus ocho campañas con los Yankees, Mendoza registró marca de 54 victorias y 34 derrotas, números que reflejan su aporte constante desde distintos roles en el montículo. Su versatilidad le permitió adaptarse a las necesidades del equipo, ya fuera como abridor ocasional o como relevista de múltiples entradas.
Posteriormente, Mendoza pasó a los Medias Rojas de Boston, donde jugó durante las temporadas 2003 y 2004. Sin embargo, su paso por Boston estuvo marcado por dificultades físicas, especialmente una lesión en el hombro que limitó significativamente su rendimiento. A pesar de ello, logró momentos destacados, como su victoria ante los Yankees el 24 de julio de 2004, en un emocionante encuentro que terminó 11-10 a favor de Boston. En ese partido, Mendoza lanzó dos entradas sin permitir carreras, y el lanzador derrotado fue precisamente Mariano Rivera, en un curioso giro del destino.
A pesar de que sus años con Boston no alcanzaron el nivel de su etapa con los Yankees, Mendoza formó parte del equipo que rompió la histórica “Maldición del Bambino” al conquistar la Serie Mundial de 2004, un logro de enorme significado para la franquicia y sus aficionados.
Luego de someterse a una cirugía en el hombro durante la temporada baja de 2005, Mendoza regresó a los Yankees en un intento por retomar su carrera en las Grandes Ligas. Hizo su reaparición el 1 de septiembre de ese año, aunque su actuación fue breve: lanzó una entrada en la que permitió dos imparables, incluyendo un cuadrangular, y dos carreras limpias, además de registrar un ponche. Ese sería, a la postre, su último juego en las Grandes Ligas.
En ese mismo año 2005, se dio la curiosa coincidencia de que Mendoza, junto a Mark Bellhorn y Alan Embree, jugaron con los Yankees después de haber sido campeones de la Serie Mundial con los Medias Rojas la temporada anterior, algo poco común dada la histórica rivalidad entre ambas franquicias.
En 2006, Mendoza intentó mantenerse activo al firmar un contrato de ligas menores con los Yankees, pero no logró hacer el equipo grande. Más adelante, en 2009, recibió una nueva oportunidad con los Cerveceros de Milwaukee, también mediante un contrato de liga menor con invitación a los entrenamientos primaverales. No obstante, su intento de regreso se vio frustrado al no superar un examen físico, lo que prácticamente puso fin a sus aspiraciones de volver a las Grandes Ligas.
Tras su salida del béisbol de élite, Mendoza continuó jugando brevemente en ligas independientes, incluyendo una temporada con los Newark Bears de la Atlantic League, demostrando su amor por el juego incluso fuera de los grandes escenarios.
En total, Ramiro Mendoza acumuló 10 temporadas en las Grandes Ligas, participando en 342 partidos y lanzando 797 episodios. Registró 59 victorias, 40 derrotas y 16 salvamentos, con una efectividad de 4.30. Enfrentó a 3,422 bateadores, permitió 891 imparables, 82 cuadrangulares y otorgó 181 bases por bolas, además de recetar 463 ponches. Sus números reflejan la solidez de un lanzador que, sin ser una superestrella mediática, fue extremadamente valioso para sus equipos.
A nivel colectivo, Mendoza logró conquistar cinco anillos de Serie Mundial: cuatro con los Yankees y uno con los Medias Rojas, una hazaña que pocos jugadores pueden presumir.
Tras su etapa en las Grandes Ligas, regresó a Panamá y volvió a vestir el uniforme de su provincia, Los Santos, en el Campeonato Nacional de Béisbol Mayor. En 2008 y 2009, contribuyó a que su equipo se coronara campeón, reafirmando su legado también a nivel local. Asimismo, representó a Panamá en el Clásico Mundial de Béisbol en las ediciones de 2006 y 2009, y participó en la fase clasificatoria rumbo al torneo de 2013.
Ramiro Mendoza no solo fue un lanzador efectivo, sino también un símbolo del talento panameño en el béisbol internacional. Su carrera, marcada por la resiliencia, la adaptación y el éxito colectivo, lo posiciona como uno de los peloteros más destacados en la historia de Panamá. “El Brujo” no solo hechizó a los bateadores, sino que dejó una huella imborrable en las Grandes Ligas y en el corazón de los aficionados.