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22 de Apr de 2021

Economía

Un cretino fue electo presidente. Supérenlo

En su campaña presidencial, Donald Trump se comportó como un cretino

En su campaña presidencial, Donald Trump se comportó como un cretino. Demonizó a los inmigrantes, insultó a las mujeres, marginó a los latinos, atacó salvajemente a sus adversarios, se burló de los discapacitados, amenazó a manifestantes y hasta acusó al presidente George W. Bush de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

No es de sorprender que, un mes después de la elección, algunos estadounidenses detesten al presidente electo más que nunca.

Tenemos que superarlo. La noche de la elección cambió todo. Si Trump fracasa, la nación se tambaleará.

La gente ‘Never Trump', como yo, debe decidir qué es más fuerte—nuestro odio contra Trump, o nuestro amor por el país.

Me decido por el amor al país. Y por tanto, a pesar de la presión de amigos de la izquierda para que me oponga automáticamente a todo lo que haga Trump en los próximos cuatro años por ilegítimo y destructivo, daré una oportunidad al cretino.

No fue difícil. Hubo algunas cosas positivas en el intento de Trump de llegar a la Casa Blanca.

Por supuesto, también hubo cosas que fueron muy negativas. Trump se refirió a los inmigrantes mexicanos —como mi propio abuelo— como violadores y delincuentes. Usó un lenguaje vulgar y una conducta depredadora hacia las mujeres y se negó a disculparse. La lista sigue.

Sin embargo, Trump hizo algunas cosas bien. Desafió a los medios, evitó lo políticamente correcto, financió su propia campaña, confundió a las elites, aplastó al establishment del Partido Republicano y descubrió las inquietudes de los estadounidenses de la clase obrera, que sienten que los centros de riqueza y poder —Nueva York y Washington— conspiran contra ellos.

Trump también tiene rasgos personales valiosos que los medios y la clase política nunca le reconocerán, entre ellos su don para comprender la naturaleza humana. Pareció saber cómo íbamos a reaccionar a las cosas incluso antes de que tuviéramos la oportunidad de reaccionar. Trump, vendedor brillante, sabe cómo vendernos algo antes de que sepamos que lo necesitamos.

Mientras tanto, la cobertura mediática injusta de la campaña de Trump se metamorfoseó en reportajes negativos sobre su transición y en críticas automáticas de sus nombramientos para el Gabinete. Por ejemplo, supuestamente, se descalifica a Betsy DeVos —nombrada por Trump como Secretaria de Educación— por el hecho de que nunca haya enseñado a estudiantes.

¿Desde cuándo es ésa la norma? En 1993, los sindicatos de maestros, que ayudaron a arruinar la educación pública, dieron altas calificaciones al primer Secretario de Educación de Bill Clinton, Richard Riley, que había sido gobernador de Carolina del Norte, pero que nunca había trabajado en el aula. ¿Dónde está la coherencia?

Seamos honestos. Algunas partes de la reciente gestión del presidente electo —Trump en Transición— fueron admirables. Trump fue inteligente al deshacerse de Chris Christie como director de la transición y reemplazarlo por el vicepresidente electo, Mike Pence. También fue acertado seleccionar al general retirado James Mattis como secretario de defensa, al general retirado John Kelly como secretario de seguridad del territorio, a Steven Mnuchin, como secretario del Tesoro y a Wilbur Ross como secretario de Comercio. Otra movida audaz fue ampliar la lista de candidatos para secretario de Estado más allá de Mitt Romney, quien aparentemente encabeza la lista, para incluir a otros individuos talentosos, cualquiera de los cuales sería una buena elección—mientras parece apartar a Rudy Giuliani, quien no lo sería. Todavía no tenemos idea de cómo será la presidencia de Trump, pero es bastante hábil en rodearse de gente competente.

Muchos estadounidenses parecen estar de acuerdo con eso. Una encuesta de Bloomberg Politics halló que, después de la elección la tasa de favorabilidad de Trump subió a un 50%, mientras que en agosto estaba en un 33%.

Por encima de todo, debemos realmente dejar de cuestionar los motivos de los otros. La elección quedó atrás. No quiero pasar los próximos cuatro años mirando de refilón a mis amigos, vecinos y parientes que votaron a favor de Trump, porque, presuntamente, son racistas no declarados y ‘deplorabes', que tiemblan ante el futuro y desean volver a los buenos viejos días cuando los blancos manejaban todo.

Como deberíamos haber aprendido el mes pasado, hay abundantes razones por las que la gente votó por Trump, y contra Hillary Clinton, que no tuvieron nada que ver con el racismo, el sexismo, el nacionalismo blanco o cualquier otro –ismo.

Los críticos dirán que todo es parte de una gran conspiración para ‘normalizar' a Trump. Ése es el nuevo término que lanza la izquierda para evitar comprender lo que ocurrió. Es absurdo.

Tengo malas noticias. No hay necesidad de ‘normalizar' a Donald Trump. Eso ya ocurrió—cuando fue electo presidente.

ANALISTA DE THE WASHINGTON POST WRITERS GROUP