Temas Especiales

05 de Jul de 2022

América

El compañero Evo Morales

Viajar en bus comiendo naranjas, era la mayor ilusión que de niño campesino tenía Evo Morales, cuando acompañaba a su padre en eternas c...

Viajar en bus comiendo naranjas, era la mayor ilusión que de niño campesino tenía Evo Morales, cuando acompañaba a su padre en eternas caminatas de rebusque por el valle de Cochabamba. No olvida el banquete que en una ocasión se dieron con los cascos de naranja que arrojaron por la ventana pasajeros de un bus en una de esas travesías polvorientas en que acosaban el hambre y la sed. Es una de las anécdotas más divulgadas de la vida de superación y privaciones de este indígena aimara, que, cuatro décadas después, a los 47 años, llegó a la presidencia de Bolivia. Imposible imaginarlo en los años 60, cuando Evo Morales pastaba llamas cerca de Oruro. Ni en los 70, cuando abandonó el colegio y fue panadero y ladrillero. Ni siquiera en los 80, cuando emigró con sus padres al Chapare a cultivar y recolectar coca. Pero fue en esa década en la que comenzó a descollar como líder de los campesinos cocaleros que se oponían a las campañas made in USA para extirpar la hoja de coca, símbolo sagrado y ceremonial, además de elemento alimenticio y cultural, para millones de indígenas quechuas y aimaras del altiplano boliviano. En los años 90 fueron célebres los paros, marchas y bloqueos del país, que lo catapultaron como dirigente sindical nacional y, en diciembre del 2005, como triunfal candidato presidencial del Movimiento Al Socialismo (MAS), que había cofundado en el 97. Una trayectoria humana y política impresionante. Hace tres años y medio, este padre soltero de dos hijos (su hermana mayor funge como “primera dama”) es el emblemático presidente indígena de América Latina (aunque no habla quechua ni aimara) y personero de un cambio revolucionario de su país, que tiene a más de un boliviano con los pelos de punta.

Hace tiempo quería conocer a este mandatario singular, tenerlo enfrente, conversar con él.. El miércoles tuve la oportunidad, a la cabeza de una delegación de la SIP, que visitó Bolivia. En una intensa reunión con Evo y tres de sus principales asesores pude apreciar su personalidad entre agresiva y tímida. Su “malicia indígena”, si se quiere. Alternaba el chiste con el vainazo, la sonrisa pícara, casi de niño travieso, con la mirada inquisitiva de estadista revolucionario. No es un mago de la elocuencia, pero se hace entender bien con frases breves y cortantes. De hecho, habló mucho menos que sus asesores, todos de evidente formación marxista.

No disimuló su animosidad hacia los medios de información privados, que a su vez tampoco ocultan su animadversión contra lo que consideran un proyecto de izquierda autoritario, “camuflado en el indigenismo”. Lo que se escucha, ve y lee sobre su gobierno demuestra que en Bolivia existe libertad de prensa. Así se lo expresamos, como también la preocupación de que el clima de confrontación reinante y la creciente campaña de su gobierno por desacreditar a la prensa –Evo hace seis meses no habla con los medios nacionales– pueden socavar estas libertades. Bolivia vive una acelerada polarización política, social, regional y hasta racial. Basta recordar los graves disturbios del año pasado en Santa Cruz y otras zonas del país que se levantaron contra el gobierno. En dos días de reuniones con diversos líderes, ex presidentes y congresistas, pudimos constatar la profundidad de estas fisuras. Motivo especial de controversia es la notoria influencia de Hugo Chávez sobre Evo Morales. La chequera venezolana es omnipresente, mientras que iniciativas como las nacionalizaciones, la expulsión del embajador de Estados Unidos, el referendo que introdujo una nueva Constitución, la estrategia de copamiento de los poderes judiciales y legislativo, el hostigamiento progresivo de los medios independientes y sus pretensiones de perpetuación siguen a la letra la receta chavista.

Más allá del coctel ideológico de su gobierno (mezcla de indigenismo, nacionalismo revolucionario, marxismo sesentero, cocalerismo, antiglobalismo?), la popularidad de Evo Morales es incuestionable. A ella han contribuído las torpezas de una oposición agresiva, irracional y miope, que en muchas cosas recuerda a la venezolana que apuntaló a Chávez. Si Bolivia va a seguir por el camino de Venezuela se sabrá más temprano que tarde. Una cercana prueba importante, que tiene al país en alto grado de tensión, serán las elecciones presidenciales de diciembre. Como están las cosas, se las lleva el compañero Evo.