Temas Especiales

09 de Apr de 2020

América

Los signos de la bestia

Cuentan que estaba feliz. Y se explica: luego de concentrar sus campañas en criticar al uribismo y la reelección, los precandidatos de l...

Cuentan que estaba feliz. Y se explica: luego de concentrar sus campañas en criticar al uribismo y la reelección, los precandidatos de los dos partidos de oposición en Colombia no llegaron entre todos al millón y medio de votos (se imprimieron 23 millones de tarjetones).

Otro ganador fue, por supuesto, Gustavo Petro, cuyo triunfo en la consulta del Polo es una buena noticia para la izquierda democrática. Hacia el futuro, porque, por lo pronto, Petro se ganó la rifa del tigre. La mitad del Polo —sobre todo su sector más ortodoxo y mamerto— no lo quiere ver. Tampoco, a su derecha, Germán Vargas, otro ganador indirecto del domingo, ni muchos liberales que aún desconfían de su pasado guerrillero. Nada de lo cual le resta mérito al triunfo de quien adelantó una audaz campaña por abrirle nuevos caminos a su partido y sacarlo de sectarismos e inclinaciones malsanas.

Pero, además de esto, creo que factor importante del triunfo de Petro fue la forma oportuna y enfática como rechazó los insultos de Hugo Chávez contra Álvaro Uribe. En esto interpretó un sentir nacional y se desmarcó de otros voceros de la oposición, que pasaron agachados, o quisieron utilizar políticamente las tensiones con Venezuela. Y quien no siente la indignación que despiertan las ofensas del caudillo bolivariano contra Colombia y su presidente es porque sufre de una grave desconexión política con la opinión.

Yo me encontraba casualmente en una reunión de periodistas en Argentina cuando, en las sesiones de Naciones Unidas en Nueva York, Chávez volvió a arremeter. Y era difícil creer, más allá de su cantinflesco discurso, que un mandatario que se está armando hasta los dientes y le acaba de comprar más aviones, tanques y submarinos a Rusia, tuviera el descaro de hablar del “guerrerismo” de Colombia y el “armamentismo” de Uribe, a quien calificó de “mentiroso compulsivo”.

Tampoco podían creerlo varios periodistas argentinos que recordaban insultos pasados (“indigno”, “cobarde”, “mafioso”...) y me preguntaban asombrados cómo tomaban los colombianos tantas y tan repetidas ofensas, provocaciones y amenazas de un gobernante vecino. Y es que muchos se preguntan: ¿hasta dónde llegará la agresividad de Hugo Chávez? ¿Hasta dónde su delirio de grandeza continental?

“Los signos de la bestia” se titulaba un interesante artículo histórico que por esos días leí en Buenos Aires, que recordaba que hacía 70 años, en septiembre de 1939, había comenzado la Segunda Guerra Mundial con la invasión nazi de Polonia. Su autor, el politólogo Claudio Fantini, reconstruye todos los claros y beligerantes signos que había enviado Hitler sobre sus intenciones expansionistas, frente a las cuales las democracias europeas no supieron reaccionar a tiempo.

Salvando las enormes diferencias con el caso nazi, Fantini habla también de lo que hoy ocurre en América Latina, donde Hugo Chávez “vocifera tesis que promueven el expansionismo político y justifican la injerencia en asuntos internos de países vecinos, sin que reaccione ningún gobierno”. Advierte que sus exhortaciones a los colombianos a levantarse contra “la oligarquía burguesa” que “impide la Gran Colombia bolivariana” son señales que deberían generar mayor preocupación. Es cierto, y habrá que ver hasta dónde se llega. Por lo pronto, volviendo a Uribe, cada ataque de Chávez afianza internamente al presidente de Colombia. Cada rugido de la bestia vecina le genera más solidaridad de sus compatriotas.

La persistente contribución chavista a su popularidad, la debilidad mostrada por la oposición el domingo, la evidencia de que sectores empresariales han abandonado sus reticencias a un tercer mandato y la última encuesta de Napoleón Franco han contribuido todos a que Uribe esté hoy más convencido que nunca de que los demás no tienen la “elegibilidad”, ni la convocatoria suficientes para gobernar a Colombia. Por algo será. Y, como están las cosas, lo único que le faltaría es encontrar rápido las actas perdidas de la Cámara de Representantes y nombrar a Hugo Chávez como su jefe de debate.