Integrantes de cuerpos de emergencia buscan víctimas este miércoles, luego de dos fuertes terremotos sacudieron el Caribe venezolano en Caracas (Venezuela)....
‘Nadie del Gobierno ha venido a ayudarnos’: el día en que la tierra traicionó a Venezuela
- 26/06/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️La camioneta comenzó a moverse antes de que ellos entendieran por qué.
No fue un golpe seco. Tampoco el estruendo que suele anunciar una tragedia. Primero llegó una extraña sensación de que el vehículo perdía estabilidad. Daba pequeños saltos sobre el asfalto y avanzaba en zigzag, como si las ruedas hubieran dejado de obedecer al conductor.
“Mi esposo pensó que había perdido los frenos”, recuerda Vanessa González.
Eran poco más de las seis de la tarde del miércoles. Ella, su esposo y su hija de apenas tres años regresaban a casa después de pasar la tarde en el Club Tanaguarena, en La Guaira. Era un viaje cotidiano. Uno más entre tantos. Nada hacía pensar que, en cuestión de segundos, su vida y la de millones de venezolanos cambiaría para siempre.
Entonces levantaron la vista.
El autobús que circulaba delante de ellos también había comenzado a saltar sobre la carretera. No era el conductor. No era una falla mecánica. Era la tierra.
“Se movía haciendo curvas... no eran olas, era algo que nunca había visto. No sé cómo explicarlo”, cuenta.
El autobús perdió el control. Se estrelló contra uno de los edificios de Misión Vivienda. El edificio cayó sobre él. Del otro lado de la calle otro bloque comenzó a desplomarse. Y después otro.
En menos de un minuto, el paisaje desapareció detrás de una nube de concreto pulverizado.
A las 6:04 de la tarde, un terremoto de magnitud 7,2 había comenzado a sacudir el norte de Venezuela. Apenas 39 segundos después llegó un segundo movimiento, aún más violento, de magnitud 7,5. Tan cerca uno del otro que millones de personas no lograron distinguir dónde terminaba el primero y comenzaba el siguiente. Lo sintieron como un solo susto interminable.
Treinta y nueve segundos bastaron para convertir uno de los episodios sísmicos más poderosos registrados en Venezuela en más de un siglo en una tragedia nacional.
Mientras los sismógrafos medían magnitudes, profundidades y fallas tectónicas, miles de personas apenas intentaban comprender por qué el suelo había decidido romperse bajo sus pies.
Vanessa quedó atrapada justo en medio de los derrumbes. “Pensamos que los edificios nos iban a caer encima”, dice aún con voz quebrada. El polvo era tan espeso que dejó de existir el horizonte. “No se veía absolutamente nada.”
Después llegaron los gritos. Gritos pidiendo ayuda. Gritos llamando a familiares. Gritos que se mezclaban con el sonido del concreto desplomándose y las alarmas de los vehículos atrapados entre los escombros.
El miedo tiene muchas formas. A veces es el silencio. Otras veces es no saber hacia dónde correr.
Cuando la tierra dejó de moverse, nadie sabía cuál era el camino seguro. “No sabíamos para dónde ir. No había paso por casi ningún lado. Había demasiada gente corriendo.” Las calles habían dejado de ser calles.
Edificios que durante años sirvieron de referencia habían desaparecido. Cruces conocidos quedaron bloqueados por montañas de concreto. Vehículos permanecían aplastados bajo balcones y fachadas. Lo que unas horas antes era una ciudad reconocible se convirtió en un laberinto de ruinas.
Salir de allí tomó casi tres horas. “No reconocíamos muchas cosas por el derrumbe.”
Hay una frase que resume mejor que cualquier fotografía la dimensión de un desastre. “No reconocíamos muchas cosas”, declara Vanessa. Porque cuando una ciudad deja de parecerse a sí misma, también comienza a perder parte de la memoria de quienes la habitan.
La Guaira fue el lugar donde el terremoto golpeó con mayor violencia.
Con el paso de las horas comenzaron a aparecer los nombres de los edificios que habían dejado de existir. Residencias Mariola. Maribel. Gran Terraza. Costa Brava. Coral Beach. Parque Caraballeda. Punta Brisas. Los Corales. Albatros. Hotel Eduard’s.
La lista seguía creciendo casi al mismo ritmo que la desesperación de las familias.
Hasta el cierre de esta edición, más de 250 estructuras habían colapsado o sufrido daños de gravedad. Más de 2.200 familias quedaron damnificadas y las autoridades declararon el estado de desastre en la región...
Pero detrás de cada edificio había mucho más que concreto. Había cumpleaños celebrados en apartamentos. Había fotografías familiares colgadas en las paredes. Había uniformes escolares preparados para el día siguiente. Había camas sin tender. Mascotas esperando junto a una puerta que nunca volvería a abrirse. Había una vida entera suspendida bajo toneladas de escombros.
Mientras tanto, los teléfonos dejaron de funcionar. La electricidad desapareció. También el agua. El Internet se convirtió en un recuerdo. Las familias comenzaron a buscarse como podían. En hospitales. En refugios improvisados. En listas escritas a mano. En grupos de vecinos. En fotografías compartidas cuando la señal lo permitía. En los nombres que alguien gritaba desde una montaña de concreto.
La búsqueda apenas comenzaba. Vanessa aún no logra hablar del terremoto sin detenerse varios segundos antes de terminar una frase.
Hay recuerdos que siguen demasiado cerca. “Lo único importante aquí es que estamos vivos.” Hace una pausa. Respira. Y entonces llega la frase que termina de explicar la dimensión humana de la tragedia. “Yo todavía tengo amigos y compañeros de trabajo que no aparecen.”
Mientras ella intenta asimilar lo ocurrido, cientos de rescatistas continúan removiendo escombros en distintos puntos de La Guaira.
Cada bloque de concreto levantado representa una posibilidad. La esperanza de encontrar a alguien con vida. O el temor de confirmar otra pérdida. Porque el terremoto terminó en menos de un minuto. Pero para miles de familias venezolanas, la verdadera tragedia apenas comenzaba.
Al amanecer del jueves, Venezuela ya no era la misma.
No porque hubiera cambiado el paisaje —aunque en muchos lugares también lo hizo—, sino porque millones de personas despertaron con una pregunta que ninguna familia quiere hacerse: ¿quién falta?
Las primeras horas después del terremoto fueron una carrera contra el tiempo.
En La Guaira, rescatistas, militares, bomberos y vecinos removían bloques de concreto con maquinaria pesada cuando era posible, y con las manos cuando no quedaba otra opción. Cada sonido proveniente de entre los escombros obligaba a detener el trabajo durante unos segundos. El silencio se convertía entonces en la herramienta más importante del rescate. Alguien gritaba un nombre. Todos callaban. Se esperaba una respuesta.
A veces llegaba. Muchas otras, no.
Las cifras crecían casi al mismo ritmo que la angustia. El balance oficial hablaba de al menos 188 fallecidos, más de 1.500 heridos, 157 personas desaparecidas y cientos de rescatados con vida. Sin embargo, nadie en las zonas afectadas parecía medir la tragedia en números.
Las víctimas tenían nombre. Tenían una habitación que había quedado intacta mientras el resto del edificio desaparecía. Tenían una taza de café todavía sobre la mesa. Tenían una familia esperando noticias.
En Caracas, a unos kilómetros del epicentro de la devastación, otra batalla comenzaba a librarse. No era entre los escombros. Era en los hospitales.
Las puertas de las salas de urgencias no dejaron de abrirse durante toda la noche. Ambulancias, vehículos particulares, motocicletas y camionetas improvisadas como transporte sanitario llegaban una detrás de otra. Algunos pacientes caminaban. Otros eran cargados por familiares. Muchos llegaban cubiertos por una mezcla de polvo, sangre y concreto.
Un médico de un hospital público de la capital, que prefirió mantener su identidad en reserva, resume aquellas horas con una frase sencilla, pero devastadora. “Es rudo estar en la emergencia del hospital. No había vivido algo así.”
Luego enumera las lesiones que comenzaron a repetirse una y otra vez. “Aplastamientos de miembros. Laceraciones. Amputaciones...”
No hace falta que diga mucho más. Cada palabra permite imaginar el peso de los edificios sobre los cuerpos. El dolor no siempre grita. A veces llega en silencio, acostado sobre una camilla.
Mientras unos médicos intentaban salvar extremidades, otros debían decidir quién necesitaba entrar primero al quirófano. Cada minuto podía marcar la diferencia entre conservar una pierna o perderla. Entre sobrevivir o no hacerlo.
Fuera de los hospitales, el país seguía detenido.
El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar suspendió operaciones tras sufrir daños estructurales. El Metro de Caracas dejó de funcionar. Las clases fueron canceladas en varias regiones. Miles de personas pasaron la noche en plazas, estacionamientos y aceras por miedo a que las réplicas terminaran de derribar los edificios que seguían en pie.
Dormir dejó de ser una opción. Cerrar los ojos significaba confiar nuevamente en una tierra que acababa de traicionar a millones de personas.
Los expertos explican que la violencia del terremoto obedeció a una combinación poco habitual de factores. No fue un único sismo. Fueron dos. El primero, de magnitud 7,2, apenas alcanzó a debilitar estructuras cuando un segundo movimiento, de 7,5 y mucho más superficial, terminó de destruirlas apenas 39 segundos después.
Bajo el occidente venezolano, la falla de Boconó llevaba más de un siglo acumulando energía. Ese miércoles liberó buena parte de ella de forma casi simultánea. El resultado fue una de las secuencias sísmicas más destructivas registradas en la historia moderna del país.
Pero la geología explica el origen del terremoto. No explica el vacío que deja.
Las autoridades venezolanas declararon el estado de emergencia y La Guaira fue oficialmente reconocida como zona de desastre. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, pidió a la población mantener la calma y permanecer en sus viviendas cuando las condiciones lo permitieran para facilitar las labores de rescate. También anunció la creación de un fondo inicial de 200 millones de dólares destinado a la reconstrucción de hospitales, viviendas e infraestructura, además de créditos especiales para familias, comerciantes y empresarios afectados.
Al mismo tiempo, comenzó a llegar la solidaridad desde el exterior.
Panamá fue uno de los primeros países en ofrecer asistencia. El presidente José Raúl Mulino anunció el envío de una misión de rescatistas del Sinaproc y la habilitación de un centro de acopio para recibir ayuda humanitaria destinada a los damnificados. Además, la aerolínea de Copa Airlines reanudó vuelos a Valencia y Barquisimeto.
Estados Unidos expresó su disposición de movilizar recursos de emergencia y anunció que enviará ayuda de 150 millones de dólares. El Salvador puso a disposición 300 rescatistas, paramédicos y decenas de toneladas de equipos médicos e insumos. Naciones Unidas confirmó el envío de personal especializado para reforzar las operaciones de búsqueda.
Porque, cuando la tierra deja de moverse, comienza otra carrera. La de encontrar a quienes aún pueden ser salvados. La de alimentar a quienes perdieron su hogar. La de reconstruir hospitales, escuelas y carreteras.
Pero, sobre todo, la de intentar reconstruir la confianza de un país que durante menos de un minuto sintió cómo todo aquello que parecía sólido podía desaparecer.
El Servicio Geológico de Estados Unidos mantiene la advertencia por posibles réplicas de gran magnitud. Los especialistas insisten en que podrían producirse nuevos deslizamientos, colapsos y licuefacción del terreno. En muchas comunidades nadie se atreve todavía a volver a entrar en su casa.
El día siguiente al terremoto fue distinto. Ya no se escuchaban únicamente sirenas. También se escuchaban oraciones. Velas encendidas frente a edificios destruidos.
Vecinos abrazándose sin necesidad de conocerse.
Personas compartiendo agua, alimentos y mantas con quienes hasta hacía unas horas eran completos desconocidos. Los civiles denunciaron falta de ayuda del gobierno y tomaron las riendas de una misión que ahora compartían todos: recuperar a los suyos.
“Aquí nadie ha venido a ayudarnos”, repiten con desesperación mientras una mujer exige asistencia con su hermana que aun se encuentra viva debajo de los escombros: “¡Una máquina, por favor! ¡Necesito una máquina! Mi hermana está ahí abajo”.
Las tragedias suelen mostrar el peor rostro de la naturaleza. Pero también el mejor de las personas.
Vanessa González pasó horas intentando salir de una ciudad que había dejado de reconocer. Hoy, como miles de venezolanos, sigue esperando noticias de amigos y compañeros de trabajo que continúan desaparecidos.
Quizá dentro de algunos meses las estadísticas cambien. Aumentarán o disminuirán las cifras de fallecidos, de heridos y de viviendas destruidas. Llegarán los informes técnicos, las investigaciones y los planes de reconstrucción.
Pero hay algo que ningún balance oficial podrá medir: el instante exacto en que millones de venezolanos comprendieron que su vida acababa de dividirse para siempre entre un antes y un después.
Porque hay tragedias que duran segundos. Y hay heridas que tardan generaciones en cerrar.
En Venezuela, todo comenzó con un temblor. Pero lo que realmente se quebró fue la certeza de que el día siguiente estaba garantizado. Y que la tierra, incluso en todo su esplendor y firmeza, también podría quebrarse y traicionar.