Pedro Rojas, el venezolano que enfrentó a Maduro en la corte de Nueva York

  • 12/01/2026 00:00
La Estrella de Panamá conversó con Rojas, un expreso político que, en Nueva York, confrontó el pasado de tortura y exilio que lo marcó. En plena audiencia judicial, convirtió el tribunal en un espacio de memoria viva e interpeló directamente al dictador

“Eres un criminal y vas a pagar en nombre del pueblo de Venezuela”.

La frase atravesó la sala como un golpe seco. Eran las 12:32 del mediodía del lunes 5 de enero, según el reloj de Pedro Rojas, y Nicolás Maduro ya estaba de espaldas, listo para ser retirado del tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York. En ese segundo el hombre que durante años gobernó Venezuela desde el miedo tuvo que girar el rostro y enfrentar a la multitud.

Quedaron cara a cara, a menos de metro y medio de distancia. El dictador respondió con el guion que ha repetido durante años: que era inocente, que era presidente, que era un prisionero de guerra. Y entonces dijo algo que aún hoy retumba en la memoria de Rojas: Yo soy un hombre de Dios”.

“Yo sí soy un hombre de Dios”, le devolvió Pedro, ya rodeado por los US Marshals que se acercaban para sacarlo de la sala.

Después vino el silencio. Un silencio espeso, incómodo, definitivo. Ese silencio —más que el grito— terminó de romper algo.

La sala, el cuerpo, el poder reducido

La corte era un juzgado norteamericano promedio: estrado al frente, jurado a la derecha, fiscalía diagonal, prensa internacional a un costado y el público al otro. En el centro, el acusado. A la derecha de Maduro, su equipo legal; a su lado, Cilia Flores, casi invisible durante la audiencia.

Maduro llegó a las 12:02. Rojas lo recuerda recorriendo la sala con la mirada, “radiografiando” a cada persona. No era el hombre que gritaba desde Caracas ni el que prometía armas si perdía elecciones. Era otro: “sumiso, desorientado, teatral”, describió a La Estrella de Panamá.

Cuando el juez le pidió identificarse, Maduro intentó convertir el trámite en discurso político: “Soy Nicolás Maduro Moros. Soy presidente de Venezuela y estoy aquí secuestrado. Soy un prisionero de guerra”, enunció con la fuerza de sus antiguos discursos. El juez lo cortó en seco: “Respóndame solo lo que se le pregunta. Siéntese”.

Ahí, el dictador imponente que una vez se alzó en Miraflores, ahora era un acusado más, uno que se debía enfrentar a la justicia y rendir cuentas. No importaba su influencia, sus contactos o el poder que alguna vez impuso a golpes: en esa sala, por primera vez, no mandaba; respondía.

Pedro, sentado en la segunda fila del público, anotaba todo en una hoja prestada. Minuto a minuto. Como si temiera que la memoria también pudiera ser confiscada, tal cual una vez fue su libertad mientras vivía entre las garras del régimen chavista.

Antes del grito, la vida

Pedro Rojas nació el 12 de agosto de 1992 en Cabimas, estado Zulia. No es caraqueño. Viene del occidente, de la frontera, del comercio, de la política estudiantil. Se incorporó a la militancia en 2007, siendo apenas un adolescente, y con los años se convirtió en dirigente local de Primero Justicia.

Desde 2014 comenzó el hostigamiento. En 2019, tras intentar salir del país y regresar, fue detenido a plena luz del día, frente a uno de sus negocios. Las acusaciones eran tan graves como difusas: traición a la patria, terrorismo, financiamiento ilícito, ataque a una instalación militar. La condena proyectada: 14 años.

No llegaron a juicio. Llegaron a la tortura.

Pasó casi 60 días en un centro de detención del régimen. Electricidad en la planta de los pies. Golpes. Amenazas. Pero, sobre todo, silencio.

“La tortura más dura no es la física —dice—. Es decirte que ahí te vas a quedar toda la vida”.

El silencio como método. La espera sin tiempo. La incertidumbre como castigo. Luego vino el arresto domiciliario. Y la huida. Pedro escapó cuando supo que lo trasladarían a Caracas. Eligió el exilio antes que convertirse en otro nombre en la lista de muertos.

Nombra a Fernando Albán, a Óscar Pérez, a Basilio Acosta. Pronuncia sus nombres como quien pasa lista a los ausentes. No los invoca desde el recuerdo, sino desde la deuda. Son las voces que el régimen silenció, víctimas como él, que ya no pueden hablar, pero cuya ausencia pesa: descansan en Venezuela, con sus huellas tatuadas en la lucha por la libertad del país.

Exilio y reconstrucción

Rojas llegó a Estados Unidos y empezó de cero. Negocios nuevos. Vida nueva. Familia a salvo. Pero la política —esa que nunca se fue— volvió a alcanzarlo. Entregó información, denuncias, pruebas de narcotráfico. Fue parte de los expedientes que terminaron en Washington.

El lunes 5 de enero no estaba seguro de poder entrar a la audiencia. Su vuelo se retrasó cinco horas. Llegó a Nueva York al amanecer. Entró casi de milagro. “Primero Dios, luego personas que lo hicieron posible”, repite.

No planeaba hablar. No planeaba gritar. Pero hay heridas que no aceptan silencio y terminan saliendo del alma, aun cuando la razón intenta contenerlas.

El contexto: Venezuela sin Maduro

La escena ocurrió apenas dos días después de la captura de Maduro, extraído de Venezuela en una operación militar estadounidense sin precedentes recientes en América Latina. Desde entonces, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha confirmado que no habrá elecciones inmediatas y que su administración tutelará una transición política y petrolera de aproximadamente 18 meses.

En Caracas, Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina en un acto avalado por el Tribunal Supremo de Justicia, mientras el resto de la cúpula chavista —Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino— permanece en funciones, aunque con un tono visiblemente reducido.

Washington ha defendido una transición negociada para evitar un baño de sangre. El secretario de Estado, Marco Rubio, viejo conocedor del expediente venezolano, ha sido una de las figuras centrales del proceso. Del lado opositor, María Corina Machado sigue siendo la líder política con mayor respaldo ciudadano, aunque sin control territorial ni armado.

Después del grito

Luego del confrontamiento entre Rojas y el exdictador, los “marshals” se acercaron, Pedro no opuso resistencia. Entregó su identificación. Se sentó cuando se lo pidieron. Se levantó cuando se lo ordenaron. Sabía que podía terminar detenido. No le importó.

Pidió disculpas a los oficiales y se movió cómo le ordenaban. Lo sacaron por la parte trasera del edificio. Afuera lo esperaban decenas de cámaras. Desde entonces no ha parado: Antena 3, Univisión, TV Azteca, La Nación, llamadas, entrevistas, vuelos cambiados. Dice que aún no sabe qué día es.

Lo único que quiso al llegar a casa fue abrazar a su hija y a su esposa.

Pedro Rojas insiste en que no es un héroe. Se define como “un venezolano más”. Pero sabe —porque se lo dijo Antonio Ledezma, que lo conoció siendo adolescente— que fue parte de la historia.

Su grito duró segundos. El silencio que vino después todavía dura.

Ese silencio no fue vacío. Fue memoria acumulada. Fue la voz de quienes no pudieron hablar. Fue el eco de una frase dicha a menos de metro y medio del poder, cuando el poder ya no tenía armas, ni palacio, ni micrófono.

Solo un hombre sentado frente a otro.

Y un país entero escuchando.

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