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11 de Apr de 2021

Nacional

Llegó la policía y la fiesta fue funeral

Yolanis se aferra a la puerta de metal, no como alguien que busca entrar en una casa sino como si necesitara soporte, afirmarse en algo ...

Yolanis se aferra a la puerta de metal, no como alguien que busca entrar en una casa sino como si necesitara soporte, afirmarse en algo para no desmoronarse. Adentro, sentada en el marco de una puerta, su hermana Dayana no levanta la vista de las baldosas del piso. Ambas piensan en Jimmy Anthony González Múñoz, el hermano que recibió el disparo de la muerte el domingo pasado, bajo un árbol, loma abajo.

Falleció esa noche, al igual que su amigo José Antonio Gil Santamaría, un panameño de 50 años que cayó de un balazo en la frente. El domingo de amigos terminó en funeral cuando llegó la policía, apuntó y acabó con todo. Los testigos dicen que los oficiales discutieron con el grupo que escuchaba música a todo dar y, fuera de sí, apretaron el gatillo. Fin de la historia para el pelado y el hombre del Sector 5 de Villa Grecia, al norte de la ciudad de Panamá.

Dayana recuerda con extrema nitidez la última conversación con Jimmy. Hablaron del caso de un amigo que fue baleado en Las Malvinas, una barriada vecina en el corregimiento de Alcalde Díaz. Treinta y tres tiros. Al parecer la violencia del suceso impactó a Jimmy, haciéndolo reflexionar sobre la vida y la muerte, a pesar de que tan sólo tenía 21 años. ‘A cualquiera le toca, uno nunca puede saber cuándo’, sentenció el joven que laboraba en un depósito de la Zona Libre Colón, la mañana de aquel fatídico domingo 17 de marzo. Le hizo saber a su hermana que a pesar de lo que pudiera depararle el destino deseaba que ella y Yolanis no abandonarán la escuela. Era como si presintiera lo que sucedería horas más tarde, cuando esa noche se tomó la última cerveza de su vida con los pasieros de siempre, entre ellos ‘Toño’. Dayana no pudo sacudirse el peso de esta premonición.

Yolanis tampoco. Parada frente a la puerta de la residencia de su padre, frunce los labios tratando de contener el llanto.

—No puedo entrar...

Dice. La voz le tiembla. Demasiado dolor para una casa tan pequeña. Su padre está trabajando y no ahí para consolarlas. La madre, Marta Múñoz, reside en otra vivienda, en la que también vivía Jimmy y salió a comprar el traje con el que vestirían al hermano para el funeral.

De acuerdo con testimonios de familiares de las víctimas y vecinos del sector, alrededor de las 8 p.m. del domingo pasado dos unidades de la policía se acercaron a la reja que da acceso a un terreno en el cual vivían ‘Toño’ y tres de sus hermanos, junto a sus respectivas familias. En el lugar Jimmy, ‘Toño’ y otros más que serían sobrinos y familiares de José Antonio, tomaban una pintas para mitigar el tedio de aquella calurosa noche de domingo.

Los amigos bebían y escuchaban música cuando los uniformados se aproximaron y solicitaron las cédulas de todos los presentes.

En el barrio se dicen muchas cosas. Que uno de los que estaban ahí fue a buscar su cédula y regresó con ella. Que una de las balas rebotó e hirió a ‘Toño’. Que a los amigos no les cayó bien la actitud con la que se presentaron los policías, mucho menos después de haber estado tomando. Lo cierto es que minutos después por la delgada cinta de asfalto que atraviesa las colinas de Villa Grecia retumbaron dos disparos: el primero alcanzó a ‘Toño’ en la frente; segundos después una bala impactó a Jimmy en la espalda. Sus heridas probarían ser letales.

Lo que comenzó como un reunión con los pasieros terminaría con dos cuerpos tendidos en una cuneta. De acuerdo con Mara Rivera, las dos unidades de la policía que dispararon esa noche han sido relegadas a labores meramente administrativas mientras la Fiscalía Auxiliar y la Dirección de Responsabilidad Profesional de la Policía Nacional investigan.

HERMANO DEL PREDICADOR

Un par de calles más abajo, en el portal de un chalet de dos pisos, el bigote ralo y canoso de Pascual Pérez, hermano de José Antonio Gil Santamaría, se estremece cuando le preguntan cuándo será el funeral de ‘Toño’. ‘Bueno, no estamos preparados para esos gastos, pero dios proveerá’, dice con voz trémula y apagada.

Desde el estacionamiento de su hogar, que también hace las veces de un improvisado taller de chapistería, el predicador de Hossana mira hacia el árbol que se levanta frente a la cerca de la casa vecina. Ahí vivía ‘Toño’, ahí murió después que la policía le disparó, ahí también cayó Jimmy, sobre la línea blanca que separa la cuneta del asfalto. ‘Mi hermano recibió el disparo en la frente. ‘Mataron a César’, comenzó a gritar la gente. Todavía no eran las ocho cuando ocurrió’, recuerda el hombre vestido con pantalón de tela, suéater carmesí, gorra de camuflaje y sandalias.

No entiende cómo ni por qué. Dayana, la hermana de Jimmy, cree que la propietaria de una tienda de abarrotes cercana, llamó esa noche a la policía quejándose por la música, algo que solía hacer con frecuencia. Como eran clientes asiduos de su local, los agentes siempre se afanaban por responder a sus llamadas.

A pesar de que escuchó los disparos, y de que además de su hermano había otros tres sobrinos suyos en el lugar, Pascual no recorrió los escasos metros que lo separan su chalet de la propiedad de sus familiares. Se levantó de su silla en el portal y entró en su casa. No saldría hasta que escuchó las sirenas de la policía.

Pascual, quien llegó a Villa Grecia a los ocho años, todavía no asimila lo sucedido. No comprende por qué los policías desenfundaron sus pistolas, si ni él ni sus hermanos poseen armas. De ‘Toño’ dice que era padre de dos hijos, que trabajaba de jardinero en la ex Zona del Canal, que no era un hombres de vicios y que se tomaba su trago de vez en cuando, a diferencia de él, que años atrás abandonó una existencia disoluta y se refugió en la religión. Afirma que no tenía expediente en la policía, ni casos pendientes con la ley. Aventura que lo sucedido podría deberse a la inexperiencia de un par de jóvenes policías. ‘Ante ellos se ganaban a la gente. Ahora tienen una actitud de maleantes. Más que cuidar están estropeando al pueblo’, indicó.

‘A veces los tongos te dan chance de retirarte antes de que regresen, pero estos manes venían ‘mostroseados’... Y esto no les cayó bien a los otros que habían estado bebiendo’, manifiesta ‘Curro’, uno de los vecinos de la comunidad. Si bien en los últimos años la delincuencia ha hecho estragos en varias comunidades de la capital y del resto del país, ¿hasta dónde debe llegar la respuesta de la fuerza policial? ¿Hasta el punto en que sea imposible para los ciudadanos procurarse un rato de distensión en medio de tanta ansiedad y caos?

Según la versión de la policía, suministrada por Rivera, los agentes arribaron al lugar para controlar un riña. Allí supuestamente fueron amenazados con objetos contundentes y procedieron a utilizar sus armas de reglamento. Esta descripción de los hechos no concuerda por la suministrada por familiares y vecinos de los difuntos.

‘Curro’, que vive y trabaja en Villa Grecia desde hace casi 40 años, recuerda a ‘Toño’ como un tipo hogareño, que lo cuidaba cuando era niño y sus padres salían al trabajo. Años más tarde, cuando ya era un adulto, el jardinero lo invitaba a tomar una cervecita, aunque por lo general él pedía una soda.

‘El nada más tenía tiempo para sus hijos y su esposa. Se tomaba sus pintas de año en año’, destaca una de sus sobrinas, mientras descubre uno de sus senos y se lo ofrece a un pequeño que grita: ‘¡Mamá!’. La mujer espera sentada en un zagúan junto a uno de los hijos de ‘Toño’, enfrente de dónde lo asesinaron. El muchacho tiene el rostro compungido, la mirada nublada por la tristeza... Parece estar atrapado entre la congoja y el silencio.

ELLOS Y NOSOTROS

Aquella noche de domingo, la sorpresa y el llanto pronto se transformaron en cólera. Cuando otros agentes se presentaron a recoger los cadáveres se encontraron con una muchedumbre furibunda que bajó y subió las colinas hasta llegar a la calle principal para reclamar justicia. Algunos habían llegado desde sectores aledaños. Entre ellos se encontraba Dayana, quien, al igual que el resto de sus hermanos, no estaba dispuesta a permitir que las cosas se quedaran así.

Cuando los moradores comenzaron a tirar piedras, los policías entraron en pánico y comenzaron a disparar. Un piedra rajó el vidrio delantero del taxi de Camilo, que a esa hora pasaba por el lugar. ‘No sé qué es lo que le pasa a la gente aquí. Debe ser el achí chombo...’, sugiere.

‘Curro’ describe la escena como si se tratara de un campo de batalla: ‘Ellos estaban haciendo como cuando tu vas pa’ la guerra. Cuadraron a todos sus manes y se fueron pa’ arriba’. Detalla que, mientras duró el tumulto, una patrulla bloqueó el acceso de los medios de comunicación al vecindario. ‘Yo iba manejando mi taxi y vi cuatro carros con periodistas afuera que no los dejaban entrar’, expresó ‘Curro’, mientras revisaba el motor de uno de sus dos vehículos con los shorts bañados en grasa de automóvil.

A casi una semana del trágico suceso, la tranquilidad ha vuelto al Sector 5. Pascual se sienta nuevamente en la entrada de su hogar, de la que cuelgan dos bocinas que transmiten el audio de la programación de Hossana TV, para que los vecinos que pasan arrastrando maletas, botellones con agua, y hasta uno que otro caballo, puedan escuchar la ‘palabra de dios’. El tiempo parece recuperar su paso parsimonioso. Aún así el luto y el dolor permanecen sobre la apacible superficie. Marta Múñoz, madre de Jimmy continúa reclamando justicia, mientras ultima los detalles del entierro de quien era ‘su corazón’: ‘Era mi corazón y me lo han arrancado’.

Para ella Jimmy siempre será la ‘persona humilde y trabajadora, que era muy conocida en la comunidad’ y cuyo récord policivo estaba limpio. Acerca de las uni dades responsables por la muerte de su hijo y su amigo, manifiesta que es necesario ‘que les hagan un antidopping, porque hay que estar loco y traumado para llegar así disparando a un lugar’.

En su ir y venir como taxista, ‘Curro’ afirma que le ha tocado llevar a policías que van en busca de drogas y que consumen cocaína.

Para evitar que estas situaciones fatídicas se vuelvan a repetir, Marta le solicita al director de la policía ‘que contrate personal con más experiencia’. Rivera asegura que cualquier comportamiento impropio para un uniformado será investigado por la Dirección de Responsabilidad Profesional. Pero estas palabras no son suficientes para los moradores de un vecindario aún traumatizado, que necesita que se esclarezca lo sucedido hace una semana. Sólo así sus ancianos podrán sentarse otra vez en los portales en los que se ha vertido la sangre, para dormitar nuevamente ante el periódico mientras los niños corretean.