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31 de May de 2020

Nacional

El arte del desplazamiento

Donde uno ve un árbol, él mira una puerta al cielo, mientras uno sube unas escaleras, él las sobrevuela. ‘Ser y durar’ es el lema del ar...

Donde uno ve un árbol, él mira una puerta al cielo, mientras uno sube unas escaleras, él las sobrevuela. ‘Ser y durar’ es el lema del arte del desplazamiento. Así vive Luis Díaz el parkour, que practica hace cinco años en las calles de Panamá.

–¿Cómo es el momento de saltar?

–Me acerco al lugar del salto, lo estudio. Está lejos. Está difícil. Doy unos pasos para atrás. Tal vez con un poco más de impulso. ¿Llegaré? Calculo de nuevo. Está lejos. Está difícil. Pero llego. Seguro. Evalúo el terreno, mis pasos, mis zapatos... la distancia. Estoy preparado. Cogeré más velocidad. Voy a retroceder un poco más. No te alejes tanto, cobarde. No puedes. Puedo. Está lejos. Está difícil.

Llega un momento en que emprendes la carrera y tu mente te dice ‘frena, todavía estás a tiempo’. Y es en ese punto cuando aceleras más, y es justo ahí cuando aparece la adrenalina, el momento en que tu subconsciente te dice que aún estás a punto de corregir el error que vas a cometer.

Entonces aceleras. Aceleras y saltas, y parece todo tan a cámara lenta que no te lo crees. Esos pequeños segundos que estás en el aire uno se siente tan libre, y resultan tan largos, que el corazón parece que ha dejado de latir. No escuchas a tus amigos, no escuchas nada, solo estás tú viendo cómo llegas a tu objetivo. Es increíble.

Nació en Francia, de la mano de las artes marciales que dos jóvenes improvisaban en los tejados citadinos. La disciplina dio la vuelta al mundo y aterrizó en la playa de Veracruz, en Panamá, hace aproximadamente cinco años. Ahora, el Parque Omar, Vía Argentina, la Cinta Costera o el Parque del V Centenario congregan cada fin de semana a unos treinta jóvenes que se entrenan para huir.

El cuerpo humano reacciona de dos formas en momentos de peligro: ataca o escapa. Las artes marciales siempre se enfocan en el ataque, y su oponente, la defensa, pero no todo el tiempo se puede atacar, y en algunas ocasiones, el ataque más sabio es la huida. El parkour se origina en este punto, en el que escapa y el que persigue. El militar que se queda sin balas o el policía que persigue al ladrón. Alerta: esto no es solo un deporte, es una experiencia de la vida real. El parkour te enseña a moverte, a estar físicamente preparado para buscar una salida. Prepara tu mente al miedo, el riesgo es un estímulo.

SER Y DURAR

Una decena de jóvenes invaden las escaleras traseras de la Biblioteca Nacional. Pantalones anchos, camisetas y deportivas Puma ajustan el vestuario. Lo demás es un juego. ‘Vamos a hacer una rutina’, les guía Luis.

Obediente, el primero de ellos comienza a correr en dirección a un muro de unos cuatro metros. Encarama el pie izquierdo, agarra el borde del muro con las dos manos y trepa. Ya está arriba, pero no se detiene. Corre. Sigue corriendo. Salto mortal. Así, varios. Cada cual diferente.

Dar un salto es un juego mental, explican. Eso está en la parte mas básica del ser humano, que es el instinto de preservación.

–Está la parte que te dice no lo hagas, no lo puedes hacer, y luego la otra que te dice, sí, puedo hacerlo, me siento cómodo. Pero desde el momento en que finalmente te decides a confiar en ti mismo y en tus propia capacidad, se siente algo maravilloso el lograrlo: la adrenalina, el romper esa barrera mental que te dice que las cosas no se pueden hacer cuando en realidad sí se pueden... Sólo hay que tener ganas –explica Luis.

–¿Es instintivo?

–Si tú observas un parque, lo que están haciendo los niños es parkour. El parkour siempre ha existido. El cuerpo de nosotros está hecho para eso. Cualquier niño siempre busca saltar a un lugar, o meterse por lugares más complicados. Eso ya es algo instintivo al cuerpo, desplazarse es algo propio del ser humano, el hombre no es sedentario. Pero a medida que avanza la edad vamos perdiendo estas capacidades porque la sociedad nos dice que eso no se debe hacer. Nos inculcan un miedo a nuestro cuerpo y a nuestras capacidades. Y entonces la sociedad nos dice no es que es por aquí que se debe ir. Corremos, y alguien te dice que no debes correr, entonces caminamos. De niño siempre nos dicen ‘no te subas al árbol porque te vas a caer’, pero ¿por qué te vas a caer? Cuando yo tenga mi hijo, en lugar de decirle ‘no te subas al árbol porque te vas a caer’, yo pienso enseñarle cómo hacer para que no se caiga.

–Naturaleza perdida...

–Exactamente. El ser humano es increíble, es totalmente adaptable. Vivimos en todas partes del mundo, pero tanto sedentarismo hace que las cosas sean cada vez más difíciles de hacer. El parkour busca regresar a esa parte de la naturaleza del humano, que es buscar el movimiento.

–¿Pero cómo haces esto sin lastimarte?

–¿Cómo? ¿Tú no lo puedes hacer? Tienes la misma capacidad que yo, solo que yo la estoy usando y tú no.

–¿No tienes miedo?

–Al contrario, hay gente que dice que esto te ayuda a superar los miedos. Yo pienso que no es no tener miedo, el miedo es importante porque te ayuda a cuidarte de los peligros. Muchos de los accidentes ocurren cuando dices que no tienes miedo y subestimas algo. Muchas veces me ha ocurrido que me decido y corro, y después freno. Me molesta, porque eso significa que te ha ganado la mente. Muchas veces ves un salto y dices ‘yo lo hago, está sencillo’, y luego cuando lo intentas la mente te frena, y ya no lo haces, y puede ser que ya lo has hecho antes en otras circunstancias más seguras... Es frustrante cuando te gana la desconfianza, pero es algo que tienes que aprender en esta disciplina. También hay que comprender que no haber hecho un salto o no haber confiado, no significa que hayas fracasado, simplemente significa que te falta más preparación.

EFICIENCIA Y ERGONOMÍA

‘Pablo, hazte un tres-sesenta’. Pablo obedece, va directo hacia el muro y ex tiende las manos, como si lo fuera a tirar abajo. De pronto pega un salto y da un giro de 360 grados y queda en la misma posición, mirando al muro al que acaba de derribar. Nada es un obstáculo, todo es una aventura. Una rama, el tronco de un árbol, caído, la barandilla de unas escaleras.

Si fuera un animal, Álvaro Martín querría ser un gato. Los movimientos adquieren nombres de animales, ge neralmente los que tienen más agilidad: gato, mono, tigre. ‘El tigre es un salto en el que la persona se extiende en el aire y rompe caída directamente, sin aterrizar en los pies. Es muy intuitivo’, me explica. ¿Cómo empezaste? ‘Yo lo he hecho siempre. A lo natural. Sólo que no sabía que eso se llamaba parkour.

Hay dos maneras de hacerlo: aquella que se concentra en la eficiencia, mo vimientos rápidos y sencillos en línea recta, y otra artística, más acrobática y centrada en la estética del movimiento. En parkour se busca lo ergonómico, que incluya ambos, eficiencia y acrobacia. Me habla desde la cima de un muro, después de mostrarme un movimiento.

–¿Y ahora cómo bajas?

–De muchas maneras. Yo subí el muro e inmediatamente me lancé –me dice ya desde abajo–; pero hubiera sido más efectivo que me girara hacia atrás, hiciera una acrobacia, como mortal hacia delante y mortal de lado, y de ahí me lanzara –se corrige.

–¿Deporte, arte...?

–Es una disciplina, un deporte y un arte –responde–. Disciplina porque no buscas competir, entrenas tu cuerpo, y por lo mismo, un deporte. Un arte, porque el simple hecho de caminar lo vuelves algo digno de ver, es como poesía, muestras lo bonito que es tu cuerpo al estirarse, al saber cómo mover la energía y generarla.

–Entonces es también una filosofía de vida.

–Si te pones a analizar, al tratar de moverte en otras direcciones ves tu entorno desde otro punto de vista. El parkour te provoca eso; ves tu vida desde otro ángulo. Es una competencia interna, una exhibición.

El cuerpo es la herramienta, no buscan estar fuertes, necesitan agilidad para poder entrar en cualquier lugar, saltar de esquina en esquina, caer en un borde y seguir caminando como si nada de eso hubiera pasado. Parkour es entrenar para estar en un estado constante de alerta, dispuesto a adaptarse rápido a cualquier lugar. A escapar.

Mi compañero saca el celular para grabar los increíbles saltos y Evert Guerra y Pablo González, de 18 y 16 años, le animan: ‘Grábanos esto’. De una esquina a otra comienzan a aparecer en el plano de la cámara con saltos imposibles, el primero superado por el siguiente. Se colocan obstáculos, los saltan al mismo tiempo, de distintas formas, con movimientos cambiantes.

Les ha tomado más de un año adquirir la técnica, pero Evert confiesa que le ha ayudado a ganar seguridad en sí mismo. Ambos repiten historias en las que deben escapar de un robo, una pelea, o una catástrofe natural.

El problema es que cuando hacen parkour en la calle, la policía les persigue. ‘Como dice el dicho: si ven a un blanquito corriendo piensan que está haciendo ejercicio, pero si ven un moreno corriendo, está robando’. Héctor Carrasco es el más veterano del grupo. Ha rodado comerciales, ha ayudado a la creación de videojuegos y ahora imparte sus propias clases de parkour en la Santa Familia del Casco Antiguo. Se queja de que las autoridades y la gente les temen. Temen que estén haciendo algo malo, que vayan a romper el mobiliario urbano, y en última instancia, que se hagan daño.

‘Muchas personas que nos ven piensan que estamos haciendo algo mal porque estamos corriendo. Pero, de hecho, una de las reglas del parkour es no hacerle daño al entorno’. Una vez, Héctor había trepado el muro de una casa hasta llegar casi al primer balcón en un edificio de Vía Argentina. Alguien le vio y la policía le detuvo. ‘Me esposaron y me patearon y de todo. Después les expliqué y me pusieron varias veces a repetir el movimiento para ver si es verdad que yo entreno haciendo eso, porque yo subí y bajé, y ellos pensaron que yo venía bajando de unos balcones, que había robado’, cuenta enfadado.

LA ADRENALINA DEL RIESGO

Pero el riesgo policial no es el único. Trepar muros, saltar por los árboles como en una película de artes marciales o hacer giros mortales como los de un videojuego conlleva riesgos. Aunque Héctor asegura que eso es un mito. ‘Es un riesgo controlado’.

Moretones, golpes, lo más una torcedura de muñeca; ‘nada que no me pueda pasar haciendo algún otro deporte o bajando algunas escaleras. Realmente el peligro es mental’.

–Entonces, ¿cuál es el placer de hacerlo a 30 metros de altura?

–La adrenalina que se siente, el nerviosismo. Porque a pesar de que estás preparado, siempre hay un porcentaje de error, nadie es perfecto y puede pasar un accidente. Pero para el momento en que uno se decide hacerlo a esa altura, es poco el margen de error. Conforme vas practicando, llega el punto en el que te sientes totalmente cómodo saltando esa distancia sin importar si son cinco metros en el suelo, o son cinco metros de distancia en un vacío, porque uno logra controlar no ver ese vacío sino la distancia.

–¿Cuál es tu salto más difícil?

–El salto mas difícil que he hecho es el que acabo de hacer, porque uno nunca está todos los días con la misma mentalidad. Vives el hoy, lo que hiciste ayer, ya está, y el de mañana no lo sabes.

–¿Y el tuyo, Luis?

–Fue en un puente. Tenía unos cuatro metros en caída vertical. Lo vi, lo calculé –nunca se mide, se entrena el ojo–, y quise hacerlo. Todo me decía que lo haría, pero el miedo me ganaba, y todos los días pasaba por ahí, y lo intentaba ver y me decía que podía, pero no me atrevía y no lo hacía, hasta que un buen día simplemente dije ‘estoy preparado’.

–¿Y cómo fue?

–Tardé como tres semanas en las que lo veía y no me animaba. Había días que me despertaba con todos los ánimos y me quedaba como 15 minutos viendo el salto y no lo hacía, era un bloqueo. Entonces decidí relajarme, dejar que pasara el tiempo y habituarme a verlo, hasta que un día me desperté más tranquilo, no estaba tan animado como pensaba, fue más frío, más tranquilo. Lo vi y no sentí el nervio, aunque sí emoción. En ese momento lo hice con calma. Me puse en posición, salté y wowww, es como intentar estar sereno en una tormenta. Tu cuerpo te dice ‘no lo hagas, no lo hagas’, tu mente quiere estar calmada y te dice ‘tranquilo, relájate, no pasa nada’. Es una constante batalla contra tu instinto.

–¿Ya tienes nueva meta?

–Hay una evolución. La gente siempre pregunta cuánto es lo más alto que has saltado, pero llegas a madurar que parkour no sólo es acrobacia. Quieres hacer saltos altos y largos, pero llega un momento en que buscas otro tipo de evolución, como la fluidez. Qué tan fluido me muevo, que tan fluido cambio de un lugar a otro, y la creación: qué tan creativo soy al cruzar un camino, qué tan práctico es mi movimiento, qué tan reales son en el momento de una persecución o de una huida.

–¿Cuál es el secreto?

–Saber cómo desviar la energía; saber cómo utilizarla para lo que buscas. Todo es saber cómo manejar la energía. En general es por inercia, es como un dínamo, tratas de aprovechar lo que tienes.