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21 de Jan de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Agua, guaro, campana y volanteo

Cada cinco años nuestro país altera la tradicional fiesta de Carnaval para convertirla en una fiesta con profundos ribetes políticos y p...

Cada cinco años nuestro país altera la tradicional fiesta de Carnaval para convertirla en una fiesta con profundos ribetes políticos y proselitistas.

A los amantes del jolgorio y la fiesta, los Carnavales en tiempo de elecciones son especiales, les resulta más fácil lograr donaciones, carros cisternas, camisetas y toda la parafernalia propia de las fiestas del Dios Momo, aparentando apoyar al candidato que gustosamente les regala lo necesario.

Nuestros Carnavales son un ejemplo de las contradicciones: por un lado padres de familia y religiosos promueven la diversión sana, decente, casi familiar.

Por otro, televisoras y entidades públicas calladamente permiten la promiscuidad, ofertando preservativos y recomendando a los jóvenes al “sexo protegido”.

Lo cierto es que al final Panamá entra en un período de desenfreno y vacaciones que incluye un paréntesis en los problemas cotidianos y las presiones de la sociedad civil.

Tradicionalmente, los Carnavales se podrían clasificar en dos tipos, el Carnaval de la capital, donde toldos con artistas internacionales y desfiles por la Avenida Central los hacían vistosos y atractivos al capitalino y al turista.

Eran los tiempos donde la competencia entre diversas reinas lucían el Carnaval.

Recordamos las comparsas con las reinas del Club de Yates, la del Hotel El Panamá, la reina de la colonia china, la reina de la Zona del Canal, la reina del Club Unión y, por supuesto, la reina oficial de los Carnavales, escogida en escrutinios donde participaba todo el pueblo.

Tengo que reconocer que el proceso revolucionario transformó, para peor, los Carnavales de la ciudad.

Paulatinamente fuimos cambiando el formato, para caer en un Carnaval donde teníamos reinas por corregimiento.

Poco a poco desaparecieron los toldos y la reina finalmente se escoge casi siempre en medio de controversias y por un jurado invariablemente cuestionado.

Los desfiles de la Central desaparecieron, primero para la vía España luego para la Transístmica.

La clase alta simplemente se refugio en sus “carnavalitos” de medio año, nacidos de la época cuando la mayoría de ellos estudiaba fuera del país y se perdían los Carnavales de febrero, corriendo su fiesta privada a junio.

Por otra parte, estaban los Carnavales del interior, donde los más notorios eran los de Las Tablas y Penonomé, los primeros cuna de nuestro folclor, los segundos curiosamente aprovechan la presencia de las clases medias alta y alta que veranean en las playas. Para ellos, la competencia se reduce a dos reinas, que representan la Calle Arriba y la Calle Abajo.

Con el tiempo, al popularizarse lo típico, los carnavales del interior cobraron fuerza, y hoy se dan con intensidad en casi todas las cabeceras de provincia.

Los Carnavales seguirán siendo la fiesta preferida de los panameños. Con elecciones o sin elecciones, con desfiles vistosos, reinas o no, el panameño celebrará las fiestas en las que adicionalmente a los disfraces habrá propaganda y volantes políticas por doquier; solo que a los jóvenes y adultos, en su alegría, no les importa que el candidato o partido l-os asista, al final son la fiesta de la farsa y la alegría.

* Ingeniero y analista político. marognoni@gmail.com