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06 de Aug de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Ríos panameños, tercera cara de la moneda

Como en tantas ocasiones, tuve la fortuna de leer un interesante artículo de mi viejo amigo don Juan B. Gómez, en el que comentó dos pla...

Como en tantas ocasiones, tuve la fortuna de leer un interesante artículo de mi viejo amigo don Juan B. Gómez, en el que comentó dos planteamientos contrarios en torno a los ríos y las hidroeléctricas, este hecho me movió a presentar la tercera cara de la moneda en tan interesante tema.

Lo más seguro es que ambos tengan algo de razón en sus apreciaciones, como posiblemente pudiera tener yo algo de razón en lo que presentaré al respecto.

Al llegar a la capital en 1951, alcancé a conocer algunos ríos con sus hermosos balnearios —nunca comparables con los ríos chiricanos. Podría mencionar El Trapichito, el Río Tocumen, el río Juan Díaz, ninguno conserva belleza, caudal ni el halagüeño charco para pasear. No ha sido por las hidroeléctricas, sino por la presencia de industrias, que aunque contribuyen al progreso, ocasionan grandes daños.

El aporte de las hidroeléctricas es indiscutible, imaginemos a Panamá sin hidroeléctricas, saturada de plantas térmicas. ¡Mi madre!, el bolsillo y la contaminación, todo sería desastroso. Volviendo a los ríos, la cantidad de desechos que tiran los moradores en los alrededores de estos, producto del crecimiento poblacional y sus malos hábitos, es otro de los motivos de la desaparición de los ríos. Presentada esta tercera cara de la moneda me pregunto: ¿las hidroeléctricas hacen desaparecer los ríos? No estoy seguro de esta afirmación, pero dejan un bien que favorece en grande, a muchos, por no decir a todos.

Pero, ¿qué bien nos deja la desaparición triste e improductiva que ocasionan los ingredientes negativos a los que me referí? Ninguno. Lo cierto es que las hidroeléctricas al producir la fuerza motriz con las aguas revierten a su caudal original las aguas utilizadas.

El crecimiento poblacional no lo detiene nada ni nadie y la falta de cultura son precisamente los gérmenes que contribuyen a la destrucción de los ríos. En honor a la verdad no soy opuesto a las hidroeléctricas, pero me inclino más por la energía eólica.

Si bien es cierto que estas industrias las debe desarrollar la empresa privada, no es menos cierto que la misión del Estado es la de dictar leyes tendientes a estimular la proliferación de tales industrias, lo que ocurre es que hemos tenido gobiernos abúlicos cuya misión dista mucho de pensar en la necesidad poblacional. Creo que existen dos o tres proyectos en ese sentido, a paso lento —de breve data— y algunos otros en proceso, pero deberíamos tener ya un ejército de legionarios en esa dirección.

Deben existir leyes que contribuyan al desarrollo de esta industria. Estamos atrasados, porque siempre marchamos a la zaga, cuando es tarde, talvez temerosos de ser llamados locos, como en otros momentos históricos llamaron al Dr. Belisario Porras por el Hospital Santo Tomás y al Dr. Eusebio A. Morales por el Instituto Nacional.

Cambiemos el rumbo para así hacer las cosas lejos en la distancia del tiempo, con obras que se realicen antes de que sea tarde. Caso más evidente es que las hidroeléctricas existentes se quedaron cortas, precisamente porque nacieron varias décadas después de su urgente necesidad.

Aprovechemos la era de los nuevos locos. Así son las cosas.

*Empresario.juramor777@hotmail.com