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20 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Alma o cultura de piratas

Las principales calles que concentran al público comprador y aquellos lugares estratégicos, como los cruces bajo los semáforos o fuera d...

Las principales calles que concentran al público comprador y aquellos lugares estratégicos, como los cruces bajo los semáforos o fuera de algunos centros comerciales, son el escenario de un negocio informal de venta de películas en discos compactos o en formato de DVD, que se ha convertido en un próspero mercado citadino.

Próspero, porque quienes venden estos productos adquieren las películas o videos musicales por medios ilícitos, los duplican y generan miles de copias que circulan en esta especie de circuito subterráneo de distribución, tanto en la ciudad capital, como en las principales urbes y poblados de provincia, donde la venta es todavía más abierta.

A este negocio se le ha llamado “piratería”. Si bien el concepto se refiere a “piratas” , palabra que en griego provenía de “peirates” y que significaba “intentar, apropiarse de lo que no era suyo en el mar” ; al parecer cuando estos malhechores marinos del tipo de Morgan saqueaban ciudades, se llevaron los tesoros y dejaron el término en tierra.

Ahora, pirata, es quien se apropia de lo que no es suyo, sobre todo cuando algo funciona o se realiza sin consentimiento legal; por ejemplo, emitir programas sin autorización; editar libros; “prensar” discos; copiar películas o apropiarse de marcas sin contar con la aceptación de sus autores o quien posea los derechos respectivos. Existe una acepción local en el transporte, con “taxis piratas” , que acarrean gente fuera de las rutas.

Pese a que se cuenta con las disposiciones legales que protegen los derechos de autor, al parecer la herencia que tenemos de las acciones de quienes asolaron el istmo, ahora convierten el país en el teatro de actos de piratería que se mueven y extienden tanto como la cabellera de Medusa, aquella Gorgona que convertía en piedra al que la miraba.

Ahora no es piedra, es dinero —quizás fama y fortuna— de quienes participan en un negocio paralelo, sin autorización, sin licencias, sin rendir impuestos por las entradas y, por tanto, con evasión al Fisco.

Son piratas también aquellos que utilizan documentos u obras ajenas para presentarlas como suyas. Este fenómeno existe en la literatura, en el periodismo, en la medicina, la industria, el diseño y la arquitectura. A veces uno se extraña de ver edificios en el país que son semejantes a inmuebles en Miami y en megápolis de otros confines del planeta.

El campo académico no está exento de estas apropiaciones ilegales. Folletos, apuntes y trabajos son copiados y presentados a la comunidad docente. Y ni hablar de muchos estudiantes que ahora bajan de Internet tareas (lo menos pecaminoso) y hasta trabajos finales y tesis para someterlos a calificación como propios.

Algunos cuestionan el papel de las autoridades administrativas y penales que atienden las políticas de derecho de autor por la poca eficacia en frenar este tipo de males culturales, que se agrava por la naturaleza tan escurridiza de los delitos y los laberínticos tecnicismos legales.

Los seguidores de Alí Babá en Panamá no son una banda de 40, sino que es un ejército que se diversifica en múltiples sectores. Estos aventureros de las calles que venden películas, son solamente una punta popular y esmirriada de un iceberg sobre el que descansa la conciencia de muchos.

*Periodista, escritor y docente universitario.modestun@yahoo.es