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07 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Justicia divina

Siempre me fascinó la lectura religiosa. Leer cómo Dios en la antigüedad se comunicaba con su pueblo, cómo hablaba con profetas y santos...

Siempre me fascinó la lectura religiosa. Leer cómo Dios en la antigüedad se comunicaba con su pueblo, cómo hablaba con profetas y santos, cómo se mantenía al tanto de todo lo que ocurría a su pueblo y tarde que temprano hacía justicia. Justicia divina, no la que el hombre dirige ni manipula, justicia en el más estricto sentido de la palabra. El Hombre siempre temió a Dios.

El Hombre moderno, curiosamente, se ha distanciado de Dios. Gracias a su inteligencia, al desarrollo de la ciencia, piensa y cree que entiende todo, que lo antes inexplicable hoy es sencillo. Hoy, el Hombre desafía a Dios, ya no siente su presencia como la registran los libros de historia, ya no parece temerle a un Dios que en la antigüedad castigó a Sodoma y Gomorra, que derrotó a ejércitos y depuso reyes.

Hoy, la justicia divina la vemos a diario, solo que no la entendemos. Así como vemos la grandeza de Dios todas las mañanas al salir el sol, al ponerse los astros, al ver la naturaleza a nuestro alrededor, también vemos la justicia divina cuando el prepotente de ayer es el humillado hoy, cuando al arrogante y arbitrario jefe lo vemos reducido en dimensión e importancia. No dudo la presencia de la mano divina cuando vemos a personas que humillan a sus semejantes, que ostentan y se vanaglorian de poderes temporales, solo para luego verlos caer estrepitosamente a su realidad humana. ¿No será acaso Dios el que con su sentido de justicia se encarga de nivelar las cargas?

Cantos poderosos hemos visto en nuestra era subir y bajar, llegar a lo alto y caer en lo más bajo. Quizás no les habla Dios directamente, pero estoy seguro de que ha sido Dios quien les ha enviado mensajes y señales para que corrijan su actitud, estoy seguro de que como en la antigüedad en sueños y señales Dios siempre se ha comunicado con el Hombre, solo que somos más los que preferimos hacernos de oídos sordos que los que le hacemos caso.

Quizás por eso es que me es fácil aceptar la realidad. Si partimos del hecho de que Dios está cerca de nosotros, que su presencia es permanente en nuestro medio, si lo sentimos cerca siempre, no desesperaremos jamás. No importa la injusticia de que seamos objeto, no importe lo absurdo del gobernante, no importa lo arbitrario e injusto de nuestros adversarios, sabemos que es cuestión de tiempo, tiempo para que opere la Justicia Divina.

En un mundo donde la justicia humana ha caído en su peor desprestigio, donde los intereses políticos y las ambiciones materialistas nos han llevado a un nuevo mundo falto de valores morales y humanos, donde lo importante es tener bienes sin importar cómo se logran, donde se aplaude la riqueza venga de donde venga, donde el derroche y la ostentación es parte de los valores que se admiran, Dios tiene que estar preocupado.

En otras épocas hubiésemos visto las lluvias, terremotos y cataclismos naturales como la respuesta de un Dios indignado por la mala conducta del Hombre. Preferimos hoy ver los cambios producto del cambio climático, producto de los errores del hombre en la conservación del planeta.

Lamento disentir, yo prefiero la teoría antigua, prefiero creer que Dios sigue pendiente del mundo que creó, prefiero verlo y sentirlo molesto por la arrogancia del hombre, por la falta de moral y valores del hombre, por esa prepotencia que nos ha llevado a estados de injusticia y excesos. Sociedades donde impera la maldad, el egoísmo, el odio, el resentimiento, la envidia. Donde se lucha por el poder y se utiliza para enriquecerse, se aprovechan del poder para quitarle a unos lo que es propio y tomarse lo ajeno.

¿Puede Dios existir y no reaccionar frente a esas sociedades? No, Dios siempre ha estado con nosotros. No lo han aceptado solo aquellos que en su supuesta inteligencia fallan en reconocer su presencia. Quizás el Dios del siglo 21 no aparece con la claridad de los siglos antes de Cristo. Quizás el hombre moderno no lo ve con la facilidad que el hombre antiguo lo veía en zarzas, fuego y nubes. Pero, no importe que tú no veas a Dios, créeme que Dios a ti si te ve. Y, aunque tú no le hagas justicia a Dios, Dios si te hará justicia a ti. Quizás, la próxima vez que te pase algo que no te puedas explicar, no te rompas la cabeza, simplemente acepta que, cerca de ti, estuvo ÉL.

*INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.