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22 de Apr de 2021

Editorial La Estrella de Panamá

Columnistas

Las universidades frente a la encrucijada de su financiamiento

"La universidad reproduce y regenera los hechos, vincula el pasado con el presente y también es capaz de anticiparse al porvenir".

Las universidades son parte del activo más importante de los países para avanzar en la consecución de sus metas hacia el futuro. En un mundo marcado por el efecto del conocimiento en sus economías y la cultura, ningún país ha logrado progreso económico y desarrollo social, de modo sostenido, prescindiendo de sus universidades. 


Estas organizaciones en general responden por la formación de técnicos y profesionales de alto nivel requeridos para que la economía marche, las instituciones funcionen y las organizaciones cumplan su misión. Igualmente, se espera que ellas generen conocimiento básico y aplicado, lo mismo que innoven tecnológicamente para transformar la realidad, aporten al diseño de políticas públicas relevantes y contribuyan a la difusión de los saberes, la cultura y los valores.


Los beneficios de los estudios universitarios adquieren una dimensión individual y social. Por un lado contribuyen a la superación de la persona dotándoles de destrezas, habilidades y actitudes para desempeñarse en la nueva economía y sociedad y, al mismo tiempo, generan las condiciones para construir y reconstruir una cultura de paz, justicia, equidad y participación dentro de una sociedad democrática. Es decir, una sociedad de oportunidades para toda la población, basada en el conocimiento y los canales de participación política. 


Hoy, la universidad vive en una constante tensión, entre la continuidad y el cambio, entre lo que debe conservar y aquello que debe innovar, entre responder directamente a la formación de la mano de obra que demandan las empresas para funcionar y crecer, y crear capital humano y social para el desarrollo humano de la población; entre modernizarse al ritmo del conocimiento y la innovación de sus tiempos, o mantenerse invocando sus logros históricos. La universidad reproduce y regenera los hechos, vincula el pasado con el presente y también es capaz de anticiparse al porvenir. 


La universidad está llamada a constituir un sistema complejo con múltiples servicios destinados al desarrollo del conocimiento, la innovación, así como las competencias, habilidades sociales, destrezas comunicacionales y actitudes de sensibilidad humana y compromiso social, sustentadas en el estudio y el aprendizaje, que son ampliamente valoradas en los ámbitos empresariales y sociales. 


Implican procesos relevantes de investigación, integración social, cualificación en su disciplina de formación, basados en la experimentación en laboratorios modernos, las prácticas universitarias guiadas, los equipos de docentes e investigadores competentes, la reflexión crítica y creativa, la relación regenerativa entre la teoría y la práctica, los modelajes y simulación de escenarios, el servicio social, los debates y juego de roles, las pasantías en distintos escenarios académicos y laborales, son entre otras, modalidades estratégicas y didácticas coherentes con el modelo institucional de la universidad contemporánea. 


Por ello conviene preguntarse: ¿Qué tipo de universidad aspira tener nuestro país? ¿Para qué sociedad? La respuesta a esta pregunta puede llevar a responder si se desea una universidad simplemente reproductora de títulos o una institución formadora de capacidades científicas y humanas para asegurar el progreso nacional y el bienestar de la población. En ese sentido la opción que tomen el Estado y su gobierno debe marcar el rumbo de la política y el financiamiento de sus universidades oficiales, que hasta ahora han recibido en calidad de subsidio oficial, menos de lo que requieren para el cumplimiento de sus misiones fundacionales. 


Esta situación tiende a ser cada vez más crítica en una época en que los problemas sociales y económicos se tornan más complejos y los saberes y las tecnologías se expanden y se renuevan con extraordinaria celeridad. 


Cuando se compara el financiamiento de las universidades oficiales de Panamá con las del sistema de los países de la OCDE, encontramos abrumadoras diferencias. Los países de la OCDE gastan en media 9 860 dólares al año por estudiante desde primaria hasta la universidad: 7 065 por estudiante de primaria, 8 852 por estudiante de secundaria y 18 258 por alumno de educación universitaria (EE. UU., 29 910 y Brasil, 11 610) (2009). En tanto en Panamá, el gasto promedio es de 1 046 dólares: en Preescolar y Primaria, 571, en Premedia y Media, 1 010 y en las universidades 2 401 (2010). En promedio, el gasto por alumno en investigación y desarrollo (I+D) dentro de las universidades de la OCDE, es del 30 % y puede alcanzar a más del 40 % en países como Suiza, Reino Unido y Portugal. En Panamá se estima en menos del 10 %. 


Ante esta realidad, es de suponer que Panamá estará lejos de su inclusión en la lista de los países del primer mundo, si no logra invertir suficiente y eficientemente en sus universidades, para que sean organizaciones de excelencia y capaces de contribuir con eficacia al crecimiento económico y al desarrollo social. Este financiamiento pasa necesariamente por el método que se utiliza. En lugar de hacerlo como hasta ahora, que el gobierno ‘negocia’ con cada institución por separado, sus requerimientos de recursos basados en los aportes de años anteriores, la realidad impone otro método. 


Se recomienda la búsqueda de una fórmula de asignación de partidas presupuestarias progresivas, con base en un porcentaje determinado del PIB o del presupuesto anual del gobierno, según las necesidades derivadas de los proyectos de mejora y expansión de estas instituciones. Esta lógica es la que aplican muchos países del mundo y de la región que han progresado, y logrado que sus universidades cuenten con los márgenes de planificación y ejecución de sus políticas e innovaciones fundadas en un financiamiento suficiente y seguro. 


En la medida en que estas universidades sean adecuadamente financiadas, lograrán elevados estándares de calidad, eficiencia y transparencia y, en consecuencia, aportarán una mayor contribución al desarrollo humano sostenible de la nación. Por lo tanto, invertir en las universidades significa invertir también en el desarrollo nacional. 

JUAN BOSCO BERNAL

DOCENTE UNIVERSITARIO.