Temas Especiales

23 de Apr de 2021

Harry Castro Zachrisson

Columnistas

Las dictaduras

La tiranía que floreció en diversas épocas, ha tenido figuras protagónicas en todos los continentes con rasgo...

La tiranía que floreció en diversas épocas, ha tenido figuras protagónicas en todos los continentes con rasgos comunes que las identifica y aisla de otras regiones; antiguas y deshumanas, como la de Atila y Gengis Kan, destructivas como las de el emperador Calígula y Nerón; reyes perversos de la Edad Media, como Eduardo II y Juan Sin Tierra; de corte fascista como la de Hitler y Mussolini. Surgieron también dictadores ibéricos, como los regímenes regeneracionistas de Primo de Rivera en España y Oliveira Salazar en Portugal.

En nuestro hemisferio —del Río Bravo a la Patagonia— al resurgir el militarismo brotaron otras tantas, con una historia plagada de enormes desgracias, desapariciones y muertes sangrientas. La de los dictadores brasileños Medici, Geisel y Figueiredo, la de la personalidad perturbada de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, la de Maximiliano Hernández en El Salvador, la de Jorge Ubico y Ríos Mont, en Guatemala, los desquiciados Somoza en Nicaragua, el sanguinario Trujillo en República Dominicana, la del general Noriega en Panamá, los años de dominio de Stroessner en el Paraguay, la del coronel Ibáñez y el poderoso Augusto Pinochet en Chile, la del general Machado y el asesino Fulgencio Batista y los hermanos Castro en Cuba, la de Ross y las juntas argentinas, como la del criminal Rafael Videla —que al morir le negaron la tierra que él le negó a tantos— la de el dictador socialista de los sesenta, ‘El Chino’ Velasco Alvarado, en el Perú y la de Fujimori, que vino a ser la primera dictadura postmoderna de la historia.

Las han habido civiles y militares con apariencia constitucional, un militarismo de nuevo cuño, como la del autócrata Daniel Ortega en Nicaragua y del héroe épico Hugo Chávez en Venezuela, como las de conductas despiadadas del dictador turco Kemal Ataturk y el iraní Ayatollah Komeini. Aquellas que proliferaron en Europa Oriental en la década del veinte, como las dictaduras de Tzankov en Bulgaria, Ahmed Zogú en Albania, la del general Pángalos en Grecia y la del Mariscal Pilsudski en Polonia.

Las dictaduras africanas, con características triviales primitivas, como las del célebre líder ugandés Idi Amin, la del trastornado mandatario centro africano, Bokassa, la del violento líder libio, Muamar Al Kadhafi, con sus actos y discursos, la del fanático líder iraquí, Saddam Hussein.

Todos ellos en su momento de esplendor se rodearon de brillo y ‘glamour’, de bandera y música, de uniformes esplendorosos y condecoraciones excesivas, ceremonias espectaculares y grandes monumentos diseñados para la posteridad.

Estos dictadores fueron más esclavos de sus pulsiones que de la diplomacia. Megalómanos, narcisistas, egocéntricos y paranoicos. Nunca sintieron culpa, como tampoco que los culparan; maestros en la manipulación e implacables en sus métodos brutales; con gran capacidad para engañar a sus pueblos, creyeron reencarnar los verdaderos intereses de su Nación, se rodearon de subalternos de poca cuantía e impusieron su voluntad por la fuerza y la propaganda. Recurrieron al temor para vencer a sus rivales y exigieron moverse bajo el mandato silencioso del régimen.

No podemos garantizar que en el futuro las multitudes no vayan a aclamar histéricamente a otro dictador loco o político inepto que se presente como salvador de los fracasos nacionales. Las circunstancias históricas le ofrecieron la oportunidad de acumular poder; sin embargo, las explicaciones históricas no alcanzan para comprender los motivos que llevaron a los dictadores a tener tal sed de poder ni por qué abusaron de él una vez que lo alcanzaron.

Es por ello que el electorado debe ser atento y educado, capaz de cuestionar el idealismo falso de ciertos políticos egocéntricos y evitar que esos que no merecen ocupar puestos de gobierno, engañen a los pueblos con los artilugios de su retórica florida.

Hay que luchar contra el regreso al país de la cultura caudillista del siglo XIX, que canalizó la vida pública hasta volverla ridícula y grotesca, convirtiendo la esfera política en un conflicto de mafias y la relación entre sus actores, en un ‘reality show’, sucio y baladí. No podemos caer nuevamente en la política de caudillos; debemos sacudirnos de ese polvo, que representan la perpetuación en el poder; puesto que constituyen reveses para la democracia representativa. Hay que impedir y reemplazar a los autócratas y dictadores del pasado por aquellos que veneran las instituciones como el Parlamento, los Tribunales de Justicia y la Constitución.

ABOGADO