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18 de Jan de 2021

Anayansi Turner

Columnistas

El poder y la degradación personal

Detentar poder produce una satisfacción personal muy especial, más allá de tener dinero

Detentar poder produce una satisfacción personal muy especial, más allá de tener dinero. Con dinero podemos adquirir bienes materiales. Con mucho dinero podemos hacer realidad casi cualquier capricho. Pero con poder podemos disponer de personas y tener reconocimiento social, sobre todo, cuando este poder se ejerce verticalmente y en las más altas esferas políticas y económicas.

Hay espacios de poder de diverso tipo (en el hogar, en el trabajo, en el gremio o partido, en el gobierno, etc.), y no necesariamente están asociados al dinero. Ejercer, por ejemplo, autoridad en el hogar por ser jefe de familia. Lo importante es que el poder se ejerza de manera consensuada y no abusando de los demás.

Sin embargo, el poder político está asociado al poder económico. Dado nuestro sistema electoral, solo las personas con muchos recursos económicos —salvo excepciones contadas— pueden acceder al poder político.

Por lo general, el poder político ejerce mucha atracción sobre las personas narcisistas. Tener acceso a un cargo donde éstas puedan ser centro de atención es una tentación difícil de resistir para estos individuos. Aunque los psicólogos reconocen que cierta dosis de egocentrismo no es mala, pues fortalece la autoestima.

Lo cierto es que también el poder, y cuando es mayor y sin controles, alimenta el egocentrismo de las personas. El poder absoluto trae riesgos de degradación personal y social, que inciden negativamente en la estructura de la sociedad y en la sana convivencia de los individuos.

Los egocéntricos, nos dicen los psicólogos, tienen un trastorno de la personalidad asociado a un ansia de admiración excesiva, a una fantasía de éxito ilimitado, son exageradamente vanidosos y ambiciosos, mentirosos sempiternos, no tienen empatía o compromiso con los demás, falta de remordimiento o indiferencia, no aceptan críticas negativas sobre ellos —solo alabanzas—, tienen un profundo vacío personal y sufren de soledad.

Cuando tienen en sus manos las riendas del poder político, estas características se sobredimensionan, al punto que no solo caen en la degradación personal más absoluta, sino que degradan a quienes están en su entorno y pervierten las instituciones democráticas de un país o de un espacio social. La relación que establecen con sus consejeros y subalternos no es de respeto y reconocimiento mutuo, sino de sometimiento, donde el mandar-obedecer es la dinámica de relacionamiento. Echan mano a un exacerbado maquiavelismo para manipular a los demás y conservarse en el poder. De esta manera, el populismo es uno de sus mecanismos favoritos para lograr sus metas, sobre todo en tiempos electorales. Como sus súbditos solo pueden dirigirles elogios, suelen distorsionar su percepción de la realidad, conduciéndole esta distorsión a grandes descalabros políticos y llevándoles a echar mano permanentemente a la persecución y represión no solo contra sus opositores, sino contra cualquiera que sencillamente emita una opinión distinta.

Como contrapunto a lo anterior, quienes rodean al egocéntrico con poder van desarrollando mecanismos de sobrevivencia para no perder sus ‘privilegios’: desde abrirles la puerta del Despacho; organizar permanentemente eventos de ‘reconocimiento’ u ‘homenajes’ al jefe; demostrar mayor lealtad indisponiendo a sus compañeros o siendo instrumento de persecución o intimidación a los mismos; hasta servir de alfombra para que los pisen. Las personas sumisas van perdiendo su autoestima, el jefe se sacia abusando de ellos, acumulan el resentimiento para hacerlo explotar en su seno familiar, viven en permanente tensión, lo cual le acarrea deterioros graves a su salud.

Hay que recuperar las instituciones democráticas, la participación política de la población en las diversas instancias, los mecanismos de control a quienes ejercen poder y, sobre todo, nuestro propio valor y autoestima, para ser ciudadanos dignos, actores sociales empoderados y no escaleras de estos personajes egocéntricos.

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