Temas Especiales

05 de Jun de 2020

Aristides Royo

Columnistas

Ejemplo a seguir

Hay hechos que se generan, crecen, se reproducen y terminan degenerándose

Hay hechos que se generan, crecen, se reproducen y terminan degenerándose. Cuando esto último ocurre, tiempo es de extirpar tales conductas. Cuando se instauró constitucionalmente el sistema de Representantes de Corregimientos, como quiera que una de sus funciones consistía en procurar mejoras en sus comunidades, los gobiernos decidieron darles apoyo con materiales para la construcción de obras, tales como un centro de salud, aulas adicionales en las escuelas, canchas de baloncesto, parques, acueductos y otras obras.

El sistema de apoyos para obras de beneficio comunitario sufrió un cambio radical, cuando se tomó la decisión de crear las denominadas partidas circuitales que se les entregaba a los diputados de la Asamblea Legislativa. Lo que fue una actividad de apoyo a los corregimientos, se convirtió en la fuente de grandes provisiones millonarias de dinero, que han servido para propósitos políticamente innobles con el pretexto de ayudar a las comunidades. Desde ese momento, nuestros diputados, que representan a la nación, en lugar de dedicarse a las funciones constitucionales de estudiar, analizar, discutir y en su caso aprobar proyectos de leyes, se empeñaron con fruición en conseguir cada vez fondos más cuantiosos, con el argumento de favorecer a los circuitos electorales que los habían elegido.

Las partidas circuitales crecieron y se reprodujeron en todo el país. Era como un círculo en el cual los candidatos a diputados prometían obras con los fondos de las partidas y los potenciales electores daban su voto, confiados en que las comunidades donde viven recibirían beneficios. En consecuencia, el mejor diputado no era el que presentaba los mejores proyectos de leyes, sino el que conseguía las partidas necesarias para techos, casas, caminos, energía eléctrica y un variado y largo etcétera. Con tal de lograr la obtención de fuertes sumas de dinero, muchos diputados eran capaces de todo, desde abstenerse de criticar al régimen siendo de oposición, así como hacerse cómplices de proyectos de leyes perjudiciales para los intereses del país, hasta el cruce del Rubicón, que se producía cuando el diputado traicionaba al partido bajo cuyas banderas había sido elegido y se inscribía en el partido del gobierno.

Es posible que tenga mala memoria, pero no recuerdo diputado alguno que haya hecho transfuguismo al revés y que se haya cambiado del partido del régimen que gobierna hacia un partido de oposición, salvo por rompimiento de una alianza.

Los polos de corrupción se entrecruzaban de diversas maneras, una cuando el gobierno ofrecía altas sumas envueltas en las partidas circuitales, con tal de que el diputado se cambiase al partido del gobierno y otra cuando el diputado descubría, como si fuese la piedra filosofal, que en su partido ya no gozaba ni del apoyo ni de la confianza de sus dirigentes, mientras los del partido oficialista le trataban con gran cariño y sabían reconocer sus cualidades. Como era de esperar, no había otra razón que esa para el cambio y así sus partidas circuitales aumentaban desmesuradamente, era pura coincidencia, como en las películas de ficción.

Ana Matilde Gómez, la candidata más votada en su jurisdicción electoral, ha expresado con valiente rectitud, que su campaña la hizo sin prometer obras y que no desea manejar ninguna partida circuital, pues sus funciones son precisamente las de legislar y supervisar al Órgano Ejecutivo. Este ejemplo debería ser seguido por todos los diputados, pues con ello no solo volverían al trabajo para el que realmente fueron elegidos, sino que adecentarían el uso de los fondos públicos, pues los fondos de esas partidas, no han sido supervisados por la Contraloría General, el manejo de los mismos ha quedado en manos de los diputados y en su distribución por el PAN han primado motivos de adscripción política, más que las necesidades de los electores.

Cuando se hagan las auditorías pertinentes, saldrá a la luz pública la corrupción y por ello hay que terminar con esta práctica. Lo suyo es que sea el Estado el que construya las obras y que lo haga sin discriminaciones y con honradez en la administración de los fondos. Con ello, los diputados panameños serán como los de la inmensa mayoría de los países del mundo, que hacen leyes y cuidan de que los gobiernos actúen en acatamiento a los principios democráticos y a las normas constitucionales y legales que los rigen.

ABOGADO

*EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.