Las afectaciones, provocadas por lluvias inusuales y fuertes vientos que impactaron principalmente el norte y el centro del país, han dejado daños considerables...
“El conocimiento es un tesoro que no se agota: cuanto más se comparte, más se multiplica”, decía César Milstein. La frase es inspiradora, pero en cáncer también es literal: el conocimiento salva vidas cuando se convierte en diagnóstico oportuno, tratamiento a tiempo y decisiones de política pública basadas en evidencia. Pero para que eso suceda, no alcanza con que la ciencia avance: también hace falta que llegue a tiempo.
En América Latina y el Caribe, esa transformación avanza, aunque a ritmos distintos entre países. Para dimensionarlo: en 2022 la región registró alrededor de 1,55 millones de nuevos casos y 749,000 muertes por cáncer. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia y un equipo de salud tratando de hacer lo imposible con lo posible. Y, esa realidad exige respuestas: convivimos con avances clínicos acelerados, sistemas de salud con una demanda creciente y desafíos logísticos, financieros y de infraestructura que no se resuelven solos.
La pregunta no es solo qué más podemos hacer, sino qué podemos hacer mejor, juntos. El cáncer no se enfrenta con una única “bala de plata”, sino con una cadena de decisiones que, bien coordinada, multiplica la posibilidad de llegar a tiempo. En esa cadena, el tiempo importa. Cada demora tiene consecuencias. Una parte importante de los cánceres puede evitarse reduciendo factores de riesgo y fortaleciendo la prevención y el tamizaje. Esto no es un mensaje individualista. Es salud pública: atención primaria fuerte; vacunación donde corresponde; programas de detección sostenidos y bien articulados; y derivación ágil cuando aparece una alarma. Prevenir es construir condiciones para que sea posible.
Muchos países ya cuentan con lineamientos y equipos comprometidos. La diferencia está en la continuidad, la coordinación entre niveles y la capacidad de llegar a quienes hoy quedan fuera por distancia, información, falta de tiempo o barreras administrativas.
En cáncer, detectar antes no es solo “hacer más pruebas”: es asegurar que el recorrido del paciente sea claro, rápido y sin interrupciones. Porque el diagnóstico temprano no sirve si después el camino se corta. En oncología, “acceso” no significa únicamente que una terapia exista. Significa que la persona pueda entrar al circuito diagnóstico, confirmar su patología, llegar al especialista, iniciar el tratamiento y sostenerlo. En ese recorrido influyen la capacidad instalada, la disponibilidad de servicios, los tiempos de evaluación y compra, y la necesidad de priorizar con criterios transparentes y sostenibles.
Aquí la colaboración se vuelve decisiva. Modelos que integren evidencia, evaluación de tecnologías sanitarias, compras más eficientes, acuerdos basados en resultados cuando correspondan y cooperación regional para compartir aprendizajes pueden sonar técnicos, pero son las herramientas que permiten avanzar en equidad sin comprometer la sostenibilidad del sistema.
América Latina no puede depender únicamente de evidencia generada fuera. No por preferencia, sino por precisión: nuestros contextos clínicos, comorbilidades, tiempos de consulta y capacidades hospitalarias no son idénticos a los de otros entornos. Fortalecer registros, investigación clínica, estudios de práctica real y redes colaborativas permite decidir mejor, adaptar guías y orientar recursos con más impacto.
Al mismo tiempo, sería un error plantear esto como una disyuntiva: la innovación terapéutica salva vidas cuando llega a tiempo. Innovar también es avanzar hacia tratamientos personalizados, junto con el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial para apoyar el diagnóstico y la estimación de factores pronósticos.
Por eso es relevante que existan alianzas que aceleren la disponibilidad de tratamientos de primera línea, acompañadas de evaluación rigurosa, educación médica continua y mecanismos que faciliten su implementación en la práctica. Innovar no es solo incorporar lo nuevo: es garantizar que se pueda usar bien, donde y cuando haga falta. Además, hay una idea que vale defender: invertir en talento joven es construir capacidad sanitaria de largo plazo. Cuando un residente aprende a investigar bien, a preguntar bien y a medir bien, el sistema gana. Y eso también es acceso: a conocimiento, a calidad, a futuro. Por eso es valioso que crezcan iniciativas regionales que impulsen la formación y la investigación en oncología clínica desde etapas tempranas. Un ejemplo es el Desafío Científico Regional de Adium, dirigido a médicos residentes de oncología en distintos países de la región, enfocado en tumores sólidos y con evaluación académica de trabajos en formato abstract y póster. Si tuviera que resumir qué más podemos hacer frente al cáncer en una frase, sería esta: coordinar lo que ya sabemos que funciona y sostenerlo en el tiempo. Prevenir y detectar antes. Tratar con oportunidad y continuidad. Producir evidencia local. Y asegurar cuidados paliativos y control del dolor como estándar de calidad, porque no se trata solo de vivir más, se trata de vivir mejor.
Milstein tenía razón: el conocimiento se multiplica cuando se comparte. Pero en cáncer, esa multiplicación ocurre cuando el conocimiento se convierte en acción coordinada. Y esta se construye con decisiones consistentes, reglas claras, inversión sostenida y colaboración entre sectores. La innovación seguirá avanzando. La pregunta es si la región avanzará con ella, asegurando que ese progreso llegue a más personas, de manera oportuna y sostenible.