Temas Especiales

03 de Jun de 2020

Carlos E. Russell

Columnistas

Ojo... señor presidente electo

‘... nos urge encontrar nuevamente la manera de andar juntos, mano en mano...’.

Es irónico y a la vez triste darnos cuenta de que a los seres humanos, en su caminata por las sendas inexorables de la vida, buscando respuestas para resolver los problemas que agobian y martirizan a sus sociedades, nos es imprescindible llegar a un pináculo cronológico que nos permita objetivamente observar y comprender lo que durante nuestra jornada paulatina hacia aquel pináculo nos era imposible ver y por ende comprender.

Digo irónico y triste, porque en aquellos momentos de lucidez, adquiridos durante nuestra jornada, generalmente, gracias al peso biológico de nuestra edad, carecemos de la energía, fuerza y vigor para aplicar lo aprendido.

En su sabiduría, sociedades antiguas —africanas, Indo-americanas y asiáticas, quienes, reconociendo este fenómeno, establecieron instituciones sociales, compuestas por los ancianos y la juventud para equilibrar aquella falla sociocronológico, por razones obvias —conocimiento histórico, fuerza física y propensión a arriesgarse—, incluyeron en estas construcciones sociales pautas y normas que promulgaban la necesidad de la mutualidad de respeto entre los ancianos y la juventud.

Hoy, lamentablemente, dicha mutualidad, opino, es casi inexistente. Sostengo que las escalas se inclinan a favor de la juventud y las ideas y conceptos emitidos por los ‘viejos’ son muchas veces descartadas, porque, según algunos de los nuevos creadores de opinión, ‘no están al compás y ritmo de lo modernos’.

Opino que el quebrantamiento del equilibrio —ancianos y juventud— ayer deseado por nuestros ancestros, ha retardado o impedido nuestro avance social. Nos es difícil caminar, como sociedad, con pasos consistentes, firmes e iguales. Hoy, con o sin razón, tememos a nuestra juventud y ellos, a su vez, irrespetan o desprecian, en gran parte, a sus progenitores.

Me pregunto, ¿por qué este desenlace? ¿Cuál es su causa raizal? ¿Acaso es algo biológico o natural? o, tal vez, ¿producto de un diseño ‘Maquiaveliano’, ideado por aquellos quienes, deseando un mercado para sus productos, estiman que concentrándose en la juventud tendrán mayor éxito, ya que la juventud está en constante crecimiento numérico y los viejos en decadencia?

Como no he analizado el problema de una manera totalmente científica, no he llegado a una conclusión firme. ¡Lo que sí sé es que coincido con nuestros antepasados! Solo aquellos quienes han caminando por sendas desconocidas y sobrevivieron, pueden contarnos de los peligros que encontraron y enseñarnos estrategias para nuestra sobrevivencia. También reconozco la vitalidad, curiosidad, disposición y deseo de nuestra juventud de trazar y caminar por nuevas sendas. Es lógico, opino, que en nuestra sociedad, nos es menester volver a atar los lazos que una vez nos unieron.

Concluyo estos pensamientos con una anécdota tal vez ‘machista’, y por la cual pido disculpa, para subrayar lo anterior. Se dice que dos toros, uno joven y el otro viejo, atravesaban una montana. El torito divisó una manada de vacas en un valle en la bajada de la montana. Excitado, le dice al viejito: ‘Apúrate viejo, si corremos podemos saciarnos con UNA’. El viejo lo mira de reojo y le dice: ‘Con calma chiquillo... no te apures... Si caminamos y no corremos, podemos saciarnos con TODAS’.

Sugiero a nuestro presidente electo que, para el bienestar de nuestra patria, nos urge encontrar nuevamente la manera de andar juntos, mano en mano, con nuestros ojos enfocados en el mismo horizonte y, en estos momentos de configuración de comitivas y comisiones de su nueva administración, utilicemos la sagacidad del toro viejo y la energía y vitalidad del torito. Con igual convicción, añado que estas comitivas deben ser representativas de las realidades de nuestra sociedad.

ESCRITOR