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29 de Feb de 2020

Miguel de Zárraga (Q. D. E. P.)

Columnistas

La inauguración del Canal el 15 de agosto de 1914

Una crónica de Miguel de Zárraga, publicada por ‘La Estrella de Panamá’ al día siguiente del magno acontecimiento.

Mares que hoy van a unirse, al conjuro de estos hombres magos, en Panamá la hidalga.

Cuando a vosotros lectores lleguen estas líneas, el Canal de Panamá ya estará a punto de abrirse al comercio y al paso del mundo.

Roto el legendario Istmo por el titánico esfuerzo de estos norteamericanos admirables, para los que nada significan las palabras ‘imposible’ y ‘desaliento’, los dos océanos han mezclado sus aguas.

He aquí, después de cuatro siglos, el camino de las Indias que Colón pretendiera...

Para inaugurarlo prácticamente (pues oficialmente no se inaugurará hasta el 4 de marzo del entrante año 1915) el coronel Goethals, gobernador de la Zona del Canal, hizo en nombre del ministro de la Guerra de los Estados Unidos, las correspondientes invitaciones al acto que se celebró ayer.

No hay, para este acto, más invitados que el Gobierno de la República de Panamá y el Cuerpo Diplomático extranjero.

El buque elegido para esta primera travesía del Canal, del Atlántico al Pacífico, es el norteamericano Ancón.

Ya en el puerto de Colón, donde atracó al muelle número 9 para que a bordo subiesen los invitados, de allí zarpó majestuoso, a las siete de la mañana del día de ayer.

Pero, en casos como éste, ¿quién no desea saber más? ¿Quién no apetece sus detalles? ¿Quién no sueña con la visión lejana?

El periodista que esto escribe algo pudiera quizás ofreceros, aunque muy pálidamente… Algo, porque para algo es periodista. Guardadle el secreto: él ya pasó el Canal...

Y con él podéis pasarlo. ¿Queréis acompañarle? Venid.

Estamos en Colón.

Hagamos con nuestro homenaje de presencia, justicia a los norteamericanos; ellos pueden y saben ser grandes. Con grandeza práctica.

Para hacer el Canal Interoceánico, como no fueron suficientes los trescientos cuarenticinco millones ya gastados, dispónense a llegar tranquilamente hasta trescientos ochenta… Por lo pronto.

Los franceses, a los que se debe una no pequeña parte de la gloria acaparada por los Estados Unidos, hubieran gastado mucho más. Y el Istmo se habría canalizado sobre un inmenso cementerio. Los norteamericanos comenzaron por cerrar el cementerio, declarando la guerra a los mosquitos, que eran los que habían derrotado a los franceses. Y los norteamericanos se gastaron, muy gustosos, veinte millones de dólares en el saneamiento del hasta entonces macabro Istmo. Ya no hay mosquitos, ya no cuesta la vida de un hombre cada travesaño del ferrocarril... Ya está hecho el Canal.

Para verlo subamos al Ancón. Va a partir. El Canal, solemne y mudo, nos aguarda: a escasa marcha lo embocamos...

La entrada se nos impone con una leve emoción.

Cómo nos conmovemos, siquiera un instante por la sola idea de que, sobre las aguas y a muchos metros de su nivel natural, hemos de trasladarnos de un océano a otro.

Sobre el Atlántico nos internamos en el Istmo, casi en las orillas a donde, en su último intento, allá por el año 1502, Colón llegara para encontrar el paso de las Indias Orientales.

Las últimas aguas del Atlántico detiénense ante las enormes esclusas de Gatún, que encontramos a unas ocho millas del océano.

El buque, sin detener su marcha, suspende su fuerza motriz, mientras dos especiales locomotoras, ‘dos mulas eléctricas’, le tienden, desde ambas orillas del Canal, sendos cables para su remolque. Avanzan las locomotoras hacia la esclusa primera, y el barco en ella entra lento. En esta primera esclusa que pasamos, hay cuarentinueve pies de agua. Se cierra al paso nuestro la compuerta de entrada, y principia la para nosotros casi maravillosa operación de elevarnos de nivel. El agua en que flota el buque empieza a burbujear… En doce minutos, y sin que nuestros ojos logren ver cómo el agua entró, subimos treinta pies. Se abre la compuerta que tenemos a proa, remólcanos las locomotoras, y nos encontramos en la segunda esclusa. Repítese la operación... y ascendemos treinta pies más. Pasamos la tercera esclusa, y unos minutos después entra el buque en el inmenso lago de Gatún.

Y en este momento, al que precedieron tantos otros de muda admirativa angustia, la sirena del vapor, los pitos de las locomotoras y los de las dragas que en las esclusas gemelas, pues todas ellas son dobles, funcionan infatigables, atruenan el espacio en alegre contraste con el silencio augusto que pasó, cuando, sin oírse ni un grito ni una palabra siquiera, el barco, desde el fondo casi en la primera esclusa, se elevaba, como por un fenómeno, hasta las aguas de Gatún, a un centenar de pies; las esclusas, manejadas como un simple juguete, se aprestan asombrosas, a la sola voluntad de un solo hombre, al geológico milagro de levantar a un océano para llevar sus buques a través del Istmo roto.

Obra de los hombres sabios este inmenso lago de Gatún, del que aún asoman esqueléticos los árboles como en protesta por las audacias del hombre... Pueblos enteros han sido para esto inundados. Veintitrés millas recorremos sobre este lago fantástico, entre islas de ensueño.

Llegamos al ciclópeo corte de la Culebra, los Andes, la espina dorsal de América, han sido cerrados del que se extrajeron las tierras por muchos millones de metros cúbicos… Nueve millas de largo por trescientos pies de ancho tiene esta acuática trinchera.

Estamos en la esclusa de Pedro Miguel, a treinta pies de nivel sobre el inmediato lago de Miraflores.

Repítense, a la inversa, las operaciones de Gatún. El buque desciende.

Nos encontramos en el lago de Miraflores, estupendo cristal, que ni parece que se rasga al paso nuestro. Es un lago sin orillas. Las montañas que lo circundan son tan verdes y tan exuberantes, que se las cree, más que nacidas del lago, en el lago reflejadas desde el cielo.

Del lago pasamos a las dos esclusas de su nombre, que han de descendernos hasta el nivel del Pacífico...

A nuestra izquierda, como en línea de batalla, avanzan tres abruptos islotes, convertidos en fuertes inexpugnables, entre sí unidos y enlazados a la tierra firme por un rompeolas, sedante de los vientos... Al otro lado del rompeolas se alza Panamá la nueva.

El Pacífico nos evoca un recuerdo: Vasco Núñez de Balboa. Si grandiosa es hoy la travesía del Istmo, ¿no fue acaso tan grandiosa, por lo menos, la de Vasco al descubrir el Mar del Sur?

Maravillábase un historiador de las hazañas de los conquistadores, y nos decía, preguntándose.

Hambrientos, vestidos de hierro, rodeados de enemigos, fatigados bajo el mortal abrazo del sol, sin agua, sin brújula… ¿cómo no sucumbieron?

En verdad que es necesario haber recorrido América para comprender bien el heroísmo legendario de aquellos hombres oscuros, y sentir que, a su lado, los dioses de Homero no valen gran cosa.

Vasco murió decapitado cuatro años después de haber pasado el Istmo: este mismo Istmo que, al intentar romperlo, enloqueció a Lesseps.

Pero el Istmo ya está roto. El camino de las Indias ya está abierto. El hombre, al romper en dos el Continente, enmendó una vez más la Obra Divina.

Y aquí, como un ejemplo prodigioso de la infatigablemente humana perseverancia, quedará para siempre este canal de ensueño, mudo testigo de la grandeza de estos audaces hombres de un siglo en el que, reencarnando Balboa, ya no es moreno ni barbudo; es rubio y rasurado, y cambió de nombre, aunque no de energía; se llama Goethals...

CRONISTA