Temas Especiales

30 de Nov de 2020

Alberto Luis Tuñón N.

Columnistas

Perfil de un gran ciudadano

"Exponer vivencias con él, reclama libertades de expresión, de redacción y sobre todo libertad para decir la verdad"

Para intentar describir la figura de don Carlos Duque Jaén, se necesita mucho más que la simple narración sistemática de hechos que, en alguna forma, perfilaron la personalidad de quien sin duda fue un extraordinario ser humano. Exponer vivencias con él, reclama libertades de expresión, de redacción y sobre todo libertad para decir la verdad.

Poseedor de un carisma natural, desde joven pudo demostrar su espíritu de entrega y voluntad para servir a los demás. Nació en la ciudad de Panamá, en el seno de la familia Duque Jaén, conjunción perfecta de ciudad y campo. Nunca quiso aceptarnos que de su ascendencia le venía un genuino linaje. Su humildad natural le impedía siquiera pensar en esa posibilidad. Pero ¿cómo no posee prosapia un hombre cuyo apellido está asociado a los mismísimos albores de la República? Más de un Duque llegó a ser presidente de Panamá. En la vida pública varios de ellos se han destacado como vicepresidentes, ministros de Estado, legisladores, diputados, jefes de instituciones, dirigentes de colectivos políticos, diplomáticos, médicos, empresarios y religiosos.

Además, mencionemos solo dos ‘obras cumbre’ que demuestran que la sensibilidad social está unida a ellos. Primera, la creación de una institución que impide a los incendios arrasar con nuestras vidas y bienes materiales. La segunda, aquella donde cientos ganan comprando, otros ganan vendiendo y los más necesitados son tocados por su beneficencia.

Podríamos enlistar otras realizaciones, pero concluyamos recordando la fundación de ese histórico medio de comunicación, La Estrella de Panamá, estrella al fin que en manos de los Duque alumbró tanto felices como críticos momentos políticos de la patria. Pero, volvamos a Carlos Alberto, cuya vida fue especial y en la que durante muchísimos años cultivó grandes amistades. Vivió tiempos de alegría y de tristezas. De triunfos y de fracasos en los que —eso sí— supo siempre hacer gala de su calidad humana y de su enorme sensibilidad social.

Se graduó en el Instituto Nacional, y como buen institutor, halcón fue siempre. Así las cosas, como comerciante o empresario, en la Zona Libre de Colón, en la provincia de Coclé, en tierras chiricanas y acá en el área metropolitana dejó su honda huella al ganarse a punto de acciones buenas el corazón de estudiantes, deportistas y ciudadanos quienes recibieron de su mano desinteresada el apoyo que probablemente cambió sus vidas para siempre.

Amigo fue de Omar desde antes de 1968. Por eso, al iniciar su lucha, el general Torrijos lo reclamó a su lado. No como subalterno ni como funcionario, tampoco como excondiscípulo. Le exige su apoyo por ser su amigo fiel para que con su experiencia contribuyera a alcanzar las metas que se había impuesto en favor de los sagrados intereses nacionales. Y allí estuvo Carlos Duque. En la primera línea de combate del Torrijismo. Resolviendo problemas aquí y allá, ayudando siempre a la gente, opinando, orientando y acudiendo presuroso cada vez que el líder le llamaba para temas tanto locales, como de política exterior.

Luego, cuando se toma la decisión de fundar un organismo que políticamente encausara a los simpatizantes de la causa revolucionaria, Duque no solo es de los principales fundadores, sino que su responsabilidad va más allá y lucha sin descanso concienciando a los núcleos de base, orientando a las asambleas vecinales, apoyando a los dirigentes naturales de los emergentes Frentes de Masas y aceptando cada una de las responsabilidades que el glorioso PRD en su momento le asignó. Desde miembro fundador, delegado, director, hasta presidente del colectivo y candidato a la Presidencia de la República. Antes y después de la Invasión de 1989, recorrió el país asumiendo posiciones valientes y patrióticas. Tan grande fue su militancia y ejemplo, que el PRD decide hacerlo su presidente vitalicio.

Nuestras fuerzas se debilitaron a inicios de 1990 y para lograr el resurgimiento del partido, Carlos trabajó sin descanso. No pocas veces en la clandestinidad, pero siempre convencido de que el ideario torrijista se encuentra alojado muy adentro en el corazón de nuestro pueblo. Duro lucho junto a otros muchos, ¡y como el ave Fénix, el PRD resurgió! Le tocó entonces, por mandato del partido, asumir la responsabilidad de ser diputado del Parlacen, al cual llevó nuestra verdad, defendiendo nuestros ideales y ganándose el respeto de propios y extraños. Ejemplar fue su existencia. Al servicio de su país puso siempre toda la experiencia adquirida desde que egresó del Nido de Águilas y decidió matricularse en la Universidad de la Vida.

Lo escrito aquí es poco, en comparación a lo rica que en diversas experiencias fue su vida. Legítimamente orgullosa debe sentirse hoy su familia y agradecidos con nuestro Padre Dios debemos estar quienes fuimos bendecidos al contar con la amistad y el aprecio de un panameño especial y sencillamente irrepetible. Paz a su Alma.

*EXPRESIDENTE DEL TRIBUNAL DE HONOR Y DISCIPLINA DEL PRD.