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26 de Ene de 2023

  • Harry Castro Zachrisson

Columnistas

Un tsunami de corrupción

Este saqueo adquirió proporciones asombrosas, durante el Gobierno de Martinelli

Un tsunami de corrupción
Un tsunami de corrupción

Entre los muchos y graves escándalos de corrupción que han sacudido el país, el saqueo del PAN puede presentarse como el paradigma de la corrupción en Panamá y lo es por las siguientes razones: por el enorme monto que podría alcanzar; por el abierto clientelismo con que se actuó; por los ingeniosos mecanismos utilizados; por las monumentales irregularidades identificadas; por la variedad de los delitos cometidos; por la cantidad y jerarquía de funcionarios y particulares denunciados; por la acción retardada de los organismos de control; por la indolencia con que fueron recibidas las alarmas que mostraban las irregularidades y finalmente, porque fue una denuncia lo que hizo despertar al Gobierno y dio empuje y argumentos a la justicia.

Pero hay más excesos. Por ello es válido preguntar ¿qué hizo posible esta situación infamante? ¿Este gigantesco despojo de los recursos públicos?

El ingente monto de la empresa criminal que se tomó el PAN fue producto de una ingeniosa alianza criminal conformada por directores, empleados, asesores, abogados, banqueros, políticos, empresarios y también producto de la negligencia e irresponsabilidad con que actuaron los encargados de tomar medidas para impedir el robo.

Este saqueo adquirió proporciones asombrosas, durante el Gobierno de Martinelli. Empezó con la designación descuidada de un director, a quien se le confió el cargo, a un hombre sin trayectoria administrativa ni formación técnica y con un opaco pasado. Una sola explicación: el clientelismo; lo que demuestra que el clientelismo es la antesala de la corrupción. Con el agravante de que en este caso pasó del tradicional clientelismo, al del amiguismo y compañeros de campaña electoral.

Lo cierto es que la deshonestidad e ineficiencia del presidente y sus ministros, el caos administrativo, la negligencia de sus directores, la picardía de empresarios y la sinvergüenzura de políticos, produjeron el ambiente adecuado para que en el pasado quinquenio, se sustrajeron sumas impresionantes del patrimonio público y todo por cuenta de administradores corruptos, abogados tramposos, asesores perversos, empresarios rapaces y políticos codiciosos.

El PAN constituye la hipérbola perfecta de las irregularidades y desatinos que pueden cometerse. Estos actos delictivos han ganado audiencia en los medios y en la opinión pública. Está aún por ver si este debate impactante y denuncias formuladas serán investigadas debidamente o se dejará esquilmar al Estado.

Reconforta saber que con la designación del nuevo contralor y la nueva procuradora general de la Nación, se deben iniciar las investigaciones correspondientes y adelantar los procesos contra los responsables de otros graves delitos, a un país habituado al dominio de la impunidad. Reconforta aún más si vemos que se practica la justicia de ‘freír peces gordos’ y que las sanciones no sean únicamente para ‘los peces flacos’.

Concluyo con un pensamiento del escritor colombiano William Ospina, cuando llama a la reflexión de que un país no puede quedar como un sueño a la deriva sin que nadie proponga un proyecto digno de Nación. Proponer un país exige rigor, es algo que requiere esfuerzo colectivo y voluntad. Este es un país que va a la deriva, porque estuvo en mano de poderes que desperdiciaron su momento, porque carecieron de respeto profundo por este pueblo condenado a la dispersión y al silencio. Porque estuvimos bajo el influyo maléfico de una casta que quiso ser dueña de los recursos y las decisiones cuando ya ni siquiera consigue entenderse consigo misma. Porque tuvo su oportunidad y la perdió, por mezquindad y por egoísmo; y el país ha pagado con sangre y lágrimas el fracaso de su dirigencia.

Tenemos que escapar de esta casta oprobiosa que trató siempre al pueblo con indiferencia y no dejar que el debate público se reduzca de tal manera que hoy solo se habla del Código Penal: de quién se va a la cárcel, quién ha delinquido, quién robó más, pero nadie habla de cómo impedir el delito, de cómo impedir que la cárcel sea el único argumento de la justicia.

Estamos frente a un país profanado, una comunidad destituida de su posibilidad de ser protagonista y dueña de su destino, un país hundido en la ilegalidad, donde hay más culpables en las calles que en las cárceles.

¿De dónde sacar una nueva legitimidad que nos convierta en protagonistas de nuestra historia y no en reos de culpas antiguas cometidas por un Estado delincuente?

ABOGADO