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22 de Oct de 2020

Harry Castro Zachrisson

Columnistas

El riesgo de volar

No voy a permitir en mi próximo viaje que me requisen y manoseen y menos soportar el sufrimiento de colas inaguantables

El riesgo de volar
El riesgo de volar

No voy a engañarlos, cada vez que viajo en avión, me preocupo por el mal tiempo, le doy una miradita de reojo a la aeronave para determinar los años de uso; sin preocuparme por el perfil del piloto. Hoy, he decidido solicitar la historia clínica del piloto antes de embarcarme, tal como nos exigen a los pasajeros todo tipo de datos e información antes de despegar; así detectaré cualquier comportamiento extraño en la vida de ellos o meterme a la cabina de mando y clavarle los ojos fijamente a ver si en el iris observo alguna señal de locura y entonces decidir, en mi fuero interno, si abordo la aeronave.

No voy a permitir en mi próximo viaje que me requisen y manoseen y menos soportar el sufrimiento de colas inaguantables, si no compruebo previamente que a la tripulación de vuelo la someten a la misma agonía y humillación. Resulta que son ellos los que se merecen que los empeloten y no nosotros. Porque resulta ser que son ellos los que estrellan últimamente los aviones. Recientemente, Andreas Lubitz, este joven homicida alemán, de escasos 28 años, cándido, agradable y educado que llevaba una vida ‘normalita', contando con 630 horas de vuelo, fue el último copiloto suicida que repitió el grotesco experimento de estrellar un avión, tan seguro como un Airbus 320, donde 150 personas fallecieron en el trágico vuelo GW19525 de Germanwings, suscitando los más amargos resentimientos.

La caja negra del aparato destrozado determinó que piloto y copiloto volaron durante los primeros veinte minutos pasivamente, en forma normal y serena. Y que la luna de miel terminó cuando el capitán se levantó para dirigirse al baño. Al retornar encontró la puerta con cerrojo, pidió abrirla primero tocando y gritando, por último haciendo uso del citófono; sin éxito alguno, lograron disuadir la determinación asesina de Lubitz; mientras, el aparato perdía altura hasta estrellarse contra los Alpes franceses.

No vamos a citar aquí estadísticas; además, porque me parecen aburridísimas, por cierto. Pienso contarles, más bien, recuerdos vagos que tengo de otros desenlaces trágicos aéreos para la humanidad y pensamientos que me desvelan mientras vuelo.

En la historia reciente de la aviación se han dado casos de la acción deliberada de los pilotos de aerolíneas reconocidas que han provocado siniestros similares. Las causas, variadas: rupturas sentimentales, depresión, dificultades financieras y de trabajo. El piloto ruso que estrelló un ANTONOV en el edificio de su exesposa; el Royal Air Maroc que colisionó con una cordillera, luego de que el piloto desconectó el piloto automático; el Boeing 737 camino a Yakarta, donde el comandante desconectó los dos registradores de vuelo y así muchas más.

Consternadas deben estar las grandes compañías de transporte aéreo que dominan los cielos, acorraladas antes estas ofensivas que deben afrontar de pilotos desquiciados.

Como no hay seguridad absoluta en ningún vuelo y me asalta el temor de que algún piloto tome la decisión de ultimarse conmigo a bordo, les reitero mi inclaudicable exigencia de que se me acrediten la profesionalidad de la tripulación, sus antecedentes personales y pruebas de aptitud médica, técnica y perfil psicológico. En vista de que yo sí no tengo una definida vocación aérea, porque seamos honestos, es insufrible volar. Eso de pasarse la existencia trepado en el cielo, como Lindbergh, tropezando tiempos adversos, me parece tenaz. Pasearse por el cosmos transportando gente de un lugar a otro, peor. Con una casa en el aire y no en la tierra, jamás. Al diablo aquello de que ‘al mal tiempo, buena cara'. Al mal tiempo: ¡pavor! Yo sí que no me jactó de no asustarme con tormentitas de rutina; en esos momentos me reconcilio en el whisky de bajo octanaje, que me da un ‘high' y me hace olvidar la fatídica suerte de parar contra las montañas. Todos estos malos ratos los padezco mientras cuento las horas para aterrizar, mal sentado entre sillas apretadas, donde no quepo; en espera de esas viandas incomibles, servidas en bandejas diminutas, con cuchillos con dientes que no cortan y tenedores plásticos que se rompen. Reprocho tener que soportar todas estas cargas al volar.

Por ello, mientras me remiten las pruebas y exámenes exigidos, he optado por quedarme en estas tierras aburridas o quizá viajar en barco, que tampoco es seguro. ¡Bon Voyage!

ABOGADO

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‘Resulta que son ellos (los pilotos) los que se merecen que los empeloten y no nosotros. Porque resulta ser que son ellos los que estrellan... los aviones...'