Temas Especiales

20 de Jan de 2021

Demetrio Olaciregui Q.

Columnistas

Cómo conocí a monseñor Romero (II)

Romero me recordó que esa tarde oficiaría una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia

Transmitir al exterior la información entregada por Romero me significó el secuestro por agentes de seguridad el 13 de marzo de 1980 y la posterior expulsión del país hacia Honduras, bajo amenazas de muerte. El arzobispo denunció el hecho en su homilía tres días después.

Por presiones de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) regresé a El Salvador y fui recibido por Romero en la catedral el domingo 23 de marzo, un día antes de su asesinato. ‘Está con nosotros el periodista Demetrio Olaciregui, quien por la providencia divina ha regresado a El Salvador', dijo desde el púlpito el arzobispo. Nadie pensó que esa sería su última homilía, luego de sellar su sentencia de muerte por ordenar a las bases del ejército salvadoreño a cesar la represión.

Al día siguiente, a primera hora, llamé a Romero para pedirle una reunión y exponerle mi preocupación acerca del giro que estaban tomando los acontecimientos y mi temor de que se convirtiera en una nueva víctima de los militares. Romero me recordó que esa tarde oficiaría una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia, en ocasión del primer aniversario por la muerte de Sara Meardi de Pinto, madre del director del diario del cual yo era subdirector. Quedamos de hablar después de la misa.

Pinto y yo llegamos alrededor de las seis de la tarde a la capilla del pequeño hospital que atendía a enfermos de cáncer, donde Romero vivió en la más absoluta austeridad durante los tres años de su arzobispado. No nos anticipamos a hablar con Romero, porque planeábamos verlos al final de la ceremonia. Pero no hubo después. En medio de la misa, desde el exterior de la capilla, un francotirador armado con un fusil dotado de mira telescópica, de alta precisión, acertó a encajar un disparo mortal en el pecho el arzobispo.

El retumbo del balazo, la confusión posterior y la impotencia al ver el cuerpo de Romero desangrándose en el piso, son imágenes imborrables. En medio de la confusión recogí los lentes del arzobispo que habían quedado tirados en el piso. Eran de marco grueso, de plástico y en algún momento se habían roto en el medio y habían sido calentados al fuego para pegarlos. Los tuve conmigo como un mes hasta que se los entregué, finalmente, a monseñor Arturo Rivera y Damas, el sucesor de Romero.

Los funerales de Romero resultaron en otra tragedia. Más de 150 000 personas congregadas frente a la Catedral de San Salvador fueron reprimidas a balazos por la policía y el ejército. El saldo: 40 muertos, más de 200 heridos y una montaña de zapatos y sandalias dejada por la multitud que, en forma precipitada, buscó cómo abandonar el escenario de esa nueva masacre.

El asesinato de Romero fue la última gota que hizo estallar la guerra civil. En la plaza frente a la Catedral, dentro de la cual reposan sus restos, se firmaron 12 años después los acuerdos de paz que pusieron fin a la larga y sangrienta guerra civil salvadoreña.

PERIODISTA