25 de Feb de 2020

Carlos Jiménez

Columnistas

¿Perdón?, pero...

Ha pasado algún tiempo después de las impactantes declaraciones que hizo el general Manuel A. Noriega

Ha pasado algún tiempo después de las impactantes declaraciones que hizo el general Manuel A. Noriega. Son de hondo contenido humano, pero mueven a reflexiones. Una es que para una parte importante de la población panameña, aquella que superaba en número a las manifestaciones opositoras, aquella que llenaba las calles y plazas respaldando masivamente la gestión del Gobierno cívico-militar —que nos devolvió el orgullo de Nación soberana, el Canal y sus extensas áreas adyacentes—, aquella que no salió a la calle a vitorear al ejército más poderoso del mundo que nos invadió a medianoche en vísperas de Navidad, que masacró a miles de inocentes, destruyó nuestra economía y que es parte importante de la población, también espera justicia. Esas heridas tampoco están cerradas y la verdadera reconciliación entre los panameños pasa por escribir —por verdaderos e imparciales historiadores— la verdadera historia de ese periodo 1968-1989.

Otra reflexión es sobre lo que el general Noriega llama la ‘Era militar', y muchos lo llamamos orgullosamente el ‘Proceso Revolucionario', que aún no ha sido analizado en toda su dimensión; y gran parte de la actual población desconoce sus orígenes, sus logros y, naturalmente, sus fallas. Por este Proceso Revolucionario cívico-militar, general Noriega, tampoco hay que pedir perdón.

El golpe de Estado, de 1968, dado por un grupo de altos mandos militares, de extracción popular, fue el corolario de una época de desorden, violencia callejera, inestabilidad política; por ejemplo se juzgó y condenó al presidente Marco Robles por la Asamblea Nacional; y el entonces comandante de la Guardia Nacional, Bolívar Vallarino, instrumento ciego de la oligarquía, desconoció este mandato de la Asamblea.

Esos eventos, sumados al desastroso estado de la Salud, la Educación, el Agro, de la Economía entera, más el clima de persecución a líderes políticos, sindicales y estudiantiles, hizo que el golpe militar fuera una de las salidas, —efectivamente, revolucionaria— al estado de crisis que se vivía. Por si fuera poco, el sometimiento a los EE.UU. era causa del escaso interés de los Gobiernos, tradicionalmente entreguistas, por revertir el infame Tratado Hay-Buneau Varilla, firmado por el Gobierno panameño en los albores de la Independencia, y que comprometía a perpetuidad nuestra Soberanía (los gringos tenían en la Zona del Canal cedida por Panamá, sus leyes, su bandera, su policía, su ejército, sus comisariatos, sus jueces, sus cárceles, sus bases militares, su canal).

La amalgama de militares consecuentes y de civiles patriotas, que gobernaron de 1968 a 1989, hizo posible la devolución a Panamá del Canal y sus extensas tierras adyacentes, mediante el Tratado firmado entre el general Omar Torrijos y el presidente de EE.UU., Jimmy Carter, en 1977; con el masivo apoyo del pueblo panameño y de la comunidad internacional. ¿Por esto hay que pedir también perdón? Pero no solo eso lograron los Gobiernos de 1968-1989. Entre otras cosas, se implementaron políticas de Salud, que mejoraron dramáticamente la vida de hombres, mujeres y niños; se aprobó un Código de Trabajo, favorable al obrero, vigente hasta hoy; se estableció el Poder Popular, con representantes obreros, campesinos y profesionales; se hizo posible el ingreso de estudiantes de clase popular a la Universidad de Panamá; se construyeron hidroeléctricas; se fundaron asentamientos campesinos; se creó el Centro Bancario, se construyeron acueductos, escuelas, carreteras y centros de salud por todo el país; se desarrolló una política exterior independiente.

Perdón, sí, pero ¿quién pide perdón y justicia por las miles de víctimas inocentes de la cobarde invasión de 1989, propiciada por otros panameños? La verdadera historia debe ser escrita, enseñada y recordada. Incluso la de los que se dejaron impresionar por los aviones, helicópteros, tanques, ametralladoras, caras pintadas y raciones empaquetadas de los soldados invasores. Mientras que el nuevo Gobierno que tomó posesión en una base norteamericana, amparándose en un infame decreto, despedía de sus trabajos a los que defendimos de alguna forma u otra a la Patria, como lo ordena la Constitución, ante un ataque extranjero.

‘El pasado no pasa nunca, es una dimensión del presente', decía W. Faulkner. Perfeccionemos entonces la Democracia, si no queremos explosiones sociales: que haya buen transporte, que bajen los precios de los alimentos, que haya seguridad, que se combata la pobreza, que haya buena educación, que se ayude al agricultor, que se castigue a los que robaron muchos millones que pertenecían al pueblo. Y que se aprenda a votar por los mejores, ¡no por ladrones que hoy huyen o se declaran enfermos! Y que la bandera que, gracias a la Era Militar-Proceso Revolucionario, flamea en el cerro Ancón, nos sirva de guía para alcanzar un mejor destino, ¡en el Campo Feliz de la Unión!

*MÉDICO, EXDIRIGENTE ESTUDIANTIL Y DIRIGENTE POLÍTICO ACTUALMENTE.