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27 de Oct de 2020

Winston Spadafora Franco

Columnistas

Prólogo de una invasión

Después del asesinato de mi hermano Hugo, el 13 de septiembre de 1985, nuestra familia llevó a cabo algunas manifestaciones y actividades

Prólogo de una invasión
Prólogo de una invasión

Me llevó mucho tiempo decidirme a compartir y hacer públicas algunas experiencias personales vividas durante la lucha pacífica que llevé a cabo con el objeto de esclarecer el crimen de mi hermano Hugo, las cuales creo deben formar parte de nuestra historia, sobre todo, en un día como hoy en el que se conmemora un año más de la invasión norteamericana.

Después del asesinato de mi hermano Hugo, el 13 de septiembre de 1985, nuestra familia llevó a cabo algunas manifestaciones y actividades, siempre pacíficas, con el objetivo de lograr que se nombrara una comisión especial investigadora de este horrendo crimen, teniendo en cuenta que la última vez que se vio a Hugo con vida fue en manos de agentes de las Fuerzas de Defensa norieguista; hechos éstos muy conocidos en esa época.

A inicios de 1986, y en vista de la renuencia de la dictadura norieguista en nombrar la solicitada comisión especial investigadora, comprendimos que era necesario extender nuestra lucha al extranjero, específicamente a Estados Unidos de América. Por qué ese país?, simplemente porque algunas de sus agencias eran las que sostenían, apoyaban y defendían la dictadura norieguista (especialmente, la C.I.A. bajo la dirección de William Casey), y por ello consideramos trascendental desenmascarar la dictadura ante la opinión pública norteamericana, a través de sus diferentes medios de comunicación, asociaciones de derechos humanos, senadores y representantes ante su congreso.

Para tal fin, hicimos una visita a la capital norteamericana y una vez concluida nuestra apretada agenda en Washington D.C, y justo cuando nos preparábamos para regresar a la ciudad de Panamá a continuar nuestra lucha pacífica por la justicia para Hugo, recibí una llamada del amigo Rogelio Novey, panameño residente en Washington D.C., quien nos propuso que visitáramos al senador Republicano por el Estado de Carolina del Norte, Jesse Helms (q.e.p.d.). Rogelio había sido compañero de cuarto durante sus años universitarios del congresista Bill Richarson y entre los años 1980 y 1990 se desempeñó como asesor y jefe de gabinete del secretario seneral Adjunto de la OEA, por lo que contaba con excelentes contactos en Washington D.C. Al principio, me manifesté contrario a esta idea teniendo en cuenta la posición de Helms en contra de los Tratados Torrijos-Carter. No obstante, luego de sopesarlo, decidimos hacerle una visita en sus oficinas del Capitolio; al fin y al cabo no teníamos nada que perder.

Sin cita previa, nos dirigimos a las oficinas del senador Helms dispuestos a buscar a alguien interesado en escuchar nuestra lucha, desafortunadamente, no se encontraba en Washington; sin embargo, tuvimos la suerte de que, su asistente para América Latina, la señora Débora de Moss, inteligente y muy versada en los temas de América Latina, especialmente de América Central, decidió atendernos. Inmediatamente, nos manifestó que el senador estaba informado sobre el asesinato de Hugo y que le interesaba mucho conversar conmigo. La señora de Moss nos invitó a regresar cuando el senador estuviera en Washington D.C., y quedó en avisarnos.

En efecto, algunas semanas después regresamos para esa esperada entrevista. El senador nos atendió en sus oficinas del Senado. Después de los saludos protocolares, le manifesté que no compartía su posición política y que estaba sorprendido por su interés en el asesinato de mi hermano. De repente se alzó y manoteó su pupitre y manifestó: ‘no me gustan los asesinatos y mucho menos como lo hicieron. He visto las fotos de su cadáver. Yo sé mucho más que ustedes sobre ese crimen y conozco muy bien las relaciones de Noriega con el narcotráfico, con el contrabando de armas, sus relaciones con los cubanos y la KGB. Desde hoy iniciaré una serie de audiencias en la comisión de relaciones exteriores del senado y no terminaré hasta lograr introducir en la agenda presidencial el caso Noriega '.

Eran los tiempos en que Reagan era presidente y el senador Helms cumplió su palabra. Esa noche, estando yo en Miami, me llamó su asistente Débora de Moss, para informarme que el senador Helms, esa misma tarde, había logrado que la Comisión de Relaciones Exteriores revocara una donación de $10 millones originalmente destinados para las Fuerzas de Defensas norieguistas, y que fuesen traspasados como donación a Guatemala, que por esos días había recobrado su democracia con la Presidencia de Marco Vinicio Cerezo Arévalo.

A instancia del senador Helms, se realizaron muchas audiencias en la mencionada Comisión de Relaciones Exteriores del Senado sobre Noriega, su dictadura y el asesinato de Hugo Spadafora Franco. En una de esas audiencias compareció a declarar mi hermana Laura Justice (apellido de casada), la que como ciudadana norteamericana podía declarar en el Senado.

Es importante destacar, a modo de complemento a este relato, que en el mes de junio de 1986, el New York Time abrió fuego contra Noriega, y citó textualmente el artículo en referencia que expresaba: ‘Noriega controla la mayor parte del dinero lavado en Panamá e invierte en algunas compañías involucradas en narcotráfico, dijeron al diario funcionarios federales y de la Casa Blanca. a principios de esta década invirtió en una planta procesadora de opio situada en la frontera de Panamá y Colombia '. Ello, fue, en mi concepto, una de las primeras señales de que un sector del gobierno norteamericano estaba harto de Noriega, y que había decidido utilizar el poderoso medio de comunicación para fijar la agenda en su contra.

Las múltiples actividades contra Noriega del Senador Helms al frente de la poderosa Comisión de Relaciones Exteriores del Senado en los años 1986 y 1987, en algo debieron haber influenciado en la administración Reagan, las cuales sin duda dejaron las bases sentadas en la futura administración Bush.

Para ese entonces, en Panamá se había creado la Cruzada Civilista Nacional, la cual tomó la dirección de la oposición civilista contra Noriega. La representación de la Cruzada en Washington D.C., quedó bajo la dirección de don Gabriel Lewis Galindo (q.e.p.d.), quien se había tenido que exiliar, y quien mantenía unas excelentes relaciones con el Partido Demócrata, a través de la familia Kennedy y del ex presidente Jimmy Carter, partido éste que en ese momento estaba en oposición.

En una visita que hice a su casa en Washington D.C., Gabriel Lewis Galindo me manifestó que no tenía relaciones con líderes del partido Republicano y que le interesaba entablarlas, para lo cual solicitó mi ayuda con el senador Helms. Lógicamente así lo hice, y fue tan fructífera esa nueva relación, que se logró por primera vez, el consenso de ambos partidos políticos a una causa (contra Noriega) en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano. Honrar honra. Debo destacar la extraordinaria labor desplegada por don Gabriel Lewis Galindo en el complicado engranaje gubernamental Norteamericano.

Durante las tres reuniones que sostuve con el senador Helms, conversábamos sobre su estrategia contra Noriega. Siempre fue la misma: aplicarle presiones y sanciones tanto económicas como políticas, a fin de obligarlo a abandonar el poder, más nunca se habló de llevar a cabo una brutal, exagerada y desproporcionada invasión militar únicamente para atrapar a un solo hombre, como la realizada un día como hoy, hace 26 años.

ABOGADO