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02 de Apr de 2020

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René Hernández González

Columnistas

Falta vocación de enseñar. ¿Será por esto que estamos como estamos?

¿Qué pasa cuando usted trabaja en lo que le gusta? Le pide al día más horas y, en vez de ser algo tormentoso, lo disfruta, lo vive

¿Qué pasa cuando usted trabaja en lo que le gusta? Le pide al día más horas y, en vez de ser algo tormentoso, lo disfruta, lo vive. Así pasa a la hora de enseñar, orientar. Si ocurre lo contrario, usted estará pendiente del reloj, para salir apenas las manecillas marquen la hora de irse. En la promoción que se graduó de maestros en 1974 solo el 20 % contestó que había estudiado por vocación; el resto expresó que ingresó a la Normal de David por el trabajo asegurado. Éramos 420 normalistas. De esto pueden dar fe mis compañeros Tomáximo García, Rubén Quintero, Anayansi Castillo, Virgilio Fonseca y otros, quienes, juntos, hicimos una encuesta para medir el compromiso de enseñar.

En aquellos años se abrieron escuelas normales en varias provincias, iniciativa que partió de la administración torrijista, con el fin de llevar la educación a todos los rincones del país. Quien se decidiera por esta carrera tendría dos promesas, el apoyo del Gobierno mediante becas y préstamos, sin fiador, para que la culminará y luego el nombramiento seguro. Con este panorama, fueron muchos los que ingresaron, no por la vocación de enseñar sino por la seguridad del trabajo.

Cuando hice mi práctica en el campo, pude comprobar que muchos maestros llegaban los martes y se iban los jueves, dejando en el abandono a sus estudiantes. Cuando les tocaba ejercer, inventaban cualquiera actividad para que el tiempo pasara. Era riguroso la celebración de los cumpleaños de los niños, padres de familia y por cualquier cosa se hacían fiestas, con tal de no enseñar. Para mí, era doloroso observar ese panorama. La buena intención torrijista terminó por minar al sistema educativo con miles de maestros y profesores sin la vocación de enseñar. Para ellos el timbre de salida era el sonido más apreciado, más esperado. Estaban con sus patines puestos, para alejarse de su gran tormento, la escuela o el colegio. No sé si este relato pudiera dar con parte de la respuesta del porqué la educación anda manga por hombro. Cuando se trata de formar seres humanos hay que contar con la entrega, el sacrificio, el desprendimiento, el noble apostolado de vivir y gozar lo que se hace.

Otro de los temas que recuerdo, en los tiempos de normalista, fue convencer a la gran mayoría de graduandos de no estresar a sus padres con la compra del famoso anillo. Y es que me causaba tristeza ver a pobres campesinos empeñarse o pedir prestado para satisfacer una vanidad que se perdería en las manos del enamorado/a, en el mar, lago, río, un robo o en una casa de empeño. El colmo de los colmos fue que la empresa encargada de fabricar los anillos les prometió un premio a los tres estudiantes con el mayor índice académico..., dos de los impulsadores de no comprarlos estaban en la lista de los estudiantes más talentosos.

EDUCADOR Y PERIODISTA.